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miércoles, 27 de junio de 2018

MICRORRELATOS: ANTES DE LA BATALLA-RELATIVIDAD-DESHUMANIZACIÓN



ANTES DE LA BATALLA





Ahora que ha llegado el momento. Ahora que el jefe supremo del ejército cartaginés ha conseguido reunir cuarenta mil hombres, entre los que me incluyo, y casi cuarenta elefantes. Ahora que podrá realizar su gran expedición a través de los Pirineos y los Alpes, y saciar su odio aprendido y acumulado contra los romanos. Ahora, mi querida compañera, es cuando las fuerzas me fallan. Es cuando luchar se ha convertido en zozobra. Soy un hombre atormentado.

Es incomprensible cualquier guerra, cuando mi único amor no está en la tierra por la que lucharé, no está en conquistar el mundo, sino en una vivienda humilde, pero acogedora. En la piel suave de una mujer, no en la rudeza de las contiendas.

Cuando el frío y el desfallecimiento se apoderen de mí, miraré hacia atrás y creeré vislumbrar una ciudad. Sentiré estar en tu lecho, mientras unos brazos me acunen y unos labios me susurren: "Has vuelto a Qart Hadasht*". Y entonces, convertido en una nueva apariencia, soñaré pisar el suelo junto a ti, cartagenera, mientras el viento traiga el murmullo de una antigua batalla y el grito de un general que no sabrá mantener su victoria.



*Quart hadasht: Antigua Cartagena en época de Anibal, el jefe de Cartago que partió hacia Italia con sus elefantes en la famosa expedición en 218 a.C. Anibal cayó, y con él Quart hadasht, a manos de Roma.

  

RELATIVIDAD

(CARTA DE TU ASESINA)



No me gusta el presente. Así que he decidido vivirlo en el futuro. Voy a hacer un viaje interespacial. Sí, esos que están tan de moda ahora. El tiempo es relativo y me han asegurado que un día ahí arriba equivale a un año aquí abajo. Me iré dos meses. Cuando vuelva me habré ahorrado sesenta años. Muchos habrán muerto, y sé que sufriré, pero me queda el consuelo de que entre ellos estarás tú. Es una forma de "asesinato" bastante peculiar, lo reconozco, pero no me queda otra. O tú o yo. 
Cuando vuelva a la tierra observaré el cielo nocturno, escogeré un grupo de estrellas y les pondré nombre. El tuyo no estará entre ellos. Ellas me guiarán. Cuando haya disfrutado el tiempo justo sin ti, cuando mi pelo esté lo suficientemente alborotado, y mi cuerpo convenientemente relajado, entonces sí, es cuando pensaré en bajar al infierno, ese que no es tan diferente del que diseñaste para mí y allí, ya sin miedo, podré observar tu cara de zopenco y sonreír tranquila. 


DESHUMANIZACIÓN





Empezamos con la presentación. Uno a uno nos levantábamos, hacíamos un breve resumen de nuestra vida, y nos volvíamos a sentar. Enseguida noté algo en ese chico. Pequeño, narigudo y asimétrico. Brazos extremadamente largos, piernas excesivamente cortas. "Mi nombre terrícola es Manuel. Vengo de una galaxia que está a cien años luz de esta. Mi misión es equilibrar el sistema. Un desorden en un planeta podría poner en riesgo el universo entero". Yo nunca me había encontrado con una fase tan avanzada de locura, y  parece que el psicólogo tampoco, ya que se movía agitado en su silla mientras él seguía con su perorata. Cuando terminó aplaudimos sin saber por qué. El psicólogo, falto de recursos, fue en busca de algo o de alguien. Manuel se puso a andar sin incitarnos a nada. Le seguimos. Una vez fuera nos habló: "Bien, hay que revertir el proceso de humanización. Empíricamente ha sido un fracaso. Los primeros serán ustedes, los inadaptados, los menos intoxicados, nuestros valientes."


jueves, 14 de junio de 2018

RELATO: LA ESCENA.






La mujer cogió el dinero. Eran doscientos euros por una semana de trabajo con posibilidad de prorroga; no es que fuera mucho, pero lo que tenía que hacer no requería grandes esfuerzos: una mínima caracterización, unos minutos y un personaje sin palabras. Antonio vio en sus ojos que aquello le parecía una idea estrafalaria, pero también que ella estaba dispuesta a aceptar cualquier cosa. Y él, había llegado a un punto en su vida, que todo lo que pensaran cerebros ajenos le daba completamente igual.

Ella guardo los billetes en su bolso sin contarlos. “No son buenos tiempos para los actores y actrices de teatro” dijo luego sin venir a cuento. Repasaron de nuevo la escena, que de tan sencilla resultaba grotesca. “Bien, bien” dijo Antonio al final, “y por favor…, la coleta, no se olvide de la coleta”. Aquello se lo había repetido tres veces; repetirle lo que venía a continuación le resultaba más violento “Y…él, tampoco se olvide de él” comentó señalando una cuna vacía. Ella le miró inquieta. “Oh, disculpe” añadió Antonio y acto seguido cogió un rebujo de mantas que había en la cama y lo depositó en la cuna. De aquella madeja sobresalía tímidamente una cabecita calva de plástico duro y tono rosado.

Antonio cogió al perro y dejó a la mujer sola en casa. Estuvo dando vueltas por el vecindario, quería darle tiempo a prepararse. Intentó no pensar demasiado e intentar dejarse llevar por las sensaciones, últimamente le había dado buen resultado. Las ensoñaciones habían desplazado a la realidad y habían encontrado un hueco que rellenar, haciendo la vida un poco más asimilable. De ahí que aquella idea hubiera brotado como una rama de árbol a la que asirse. Miró el reloj, había pasado media hora, le pareció suficiente.

Se sentó en el banco que daba a la fachada de su casa, como tantas veces había hecho, y esperó. Su piso era el tercero y allí situó la mirada. A los cinco minutos empezó a impacientarse, pero de pronto se encendió la luz del salón. Un recuerdo en forma de aguja se le clavó en el corazón. La sombra de la silueta de una mujer con coleta se proyectó en la cortina. Antonio contuvo la respiración, tenía algo entre sus brazos…, era el bebé. Ella empezó a acunarle suavemente; después, con más viveza, le alzó hacia arriba mientras le hacía arrumacos y gestos con la boca. Volvió a bajarle y le dio un beso en la frente. Y otra vez el vaivén en su regazo. Así pasaron unos minutos.

Después la sombra desapareció de su panorámica y Antonio cerró los ojos. Justo cuando el reloj del parque marcaba las diez en punto, la luz se apagó.


domingo, 3 de junio de 2018

RELATO: SIETE MUNDOS Y UN FINAL.






Perro semihundido de Goya
(Pinturas negras)

Decidí mudarme a otro mundo de nuevo, craso error. Aquí las cosas tampoco van bien, está claro, y mi cuerpo lo sufre cada día más; mi biorritmo parece haber cambiado. Cada vez me acuesto más temprano y me despierto más cansada. Cada vez me topo con más personas y con menos caras amigables. O se han muerto, o se han ido a otro mundo; esto último es una equivocación como he podido constatar, volverán. Casi espero que se hayan muerto.

Solo salgo una hora al día de casa para comprar alimentos y gestionar lo indispensable. Llevo dos meses comiendo todos los días un plato de gambas al ajillo y un bollo de mantequilla. El perro—dieciséis años— siempre está tumbado y ya no quiere salir a hacer sus necesidades, se mea encima y solo se levanta para cagar en el balcón y comer algo del pienso revenido. A veces nos quedamos mirándonos como si fuéramos uno el reflejo del otro. Nos podemos tirar así horas e incluso días, hasta que el estómago comienza a rugir y entonces caliento las gambas precocinadas en el microondas.   

Han pasado semanas y todo sigue igual. Aunque hoy he tenido un pequeño contratiempo. En el supermercado no tenían gambas y me he puesto a llorar allí del disgusto; creo que ha sido por el cansancio. Los clientes me miraban incrédulos y la dependienta, intentando salvar la situación, me ha querido colar unos langostinos cocidos, pero no es lo mismo y se lo he intentado explicar, en vano. Estaba avergonzada por mí y miraba nerviosa de un lado al otro intentado encontrar al encargado. Pero saben que siempre compro lo mismo, podían tener la decencia de tener al menor stock en el almacén, tampoco pido mucho, creo. Al final el encargado, no sé como lo ha hecho, ha salido del supermercado y en diez minutos me ha traído el paquete de gambas. He suspirado tranquila. Podría sustituir el bollo por un croissant, pero las gambas, Dios las gambas, no.

Otra de las cosas que he dejado de hacer es leer, ya no me entretenía, siempre la misma basura previsible. Como se me averió la conexión a Internet y paso de llamar al técnico, ya no puedo mirar a mi gusto, así que me fío del bibliotecario; me fiaba, ya no le soporto. Me mira raro, con condescendencia, será porque debo de ser la única visitante. Su inútil cerebro me ha calificado como “una vieja solterona amargada a la que le van las noveluchas pseudoeróticas sin muchas ínfulas”. Adiós, muy buenas, pequeño millennial o lo que sea, a mí todo aquel que tiene menos de cincuenta me parece joven.

Y cada vez me acuesto más temprano y me despierto más cansada.

El otro día puse la tele. En el telediario una presentadora de aspecto encantador daba la siguiente noticia: un chico de doce años había leído en algún sitio que Lo importante está en el interior. Aquella noche había desarmado su Iphone de última generación. Las imágenes  mostraban a los padres entrevistados por una reportera, sonrientes y orgullosos de la ocurrencia de su retoño. Supongo que debe de ser muy satisfactorio tener un zoquete como hijo. Apagué la televisión.

Lo cierto es que he cambiado de mundo varias veces en los últimos meses. He tomado—hemos, mi perro y yo— siete pastillas de diferentes colores que nos han llevado a diferentes escenarios. Pero es una estafa, todos son el mismo: al principio un atisbo de felicidad, un átomo de esperanza, y luego, otra vez igual. Están ideados y diseñados por esos ingenieros contemporáneos del bibliotecario. No hay posibilidad de cambio para las personas como yo. Al final siempre me encuentro en la misma casa, en las mismas calles y a los mismos imbéciles. Todo es una ilusión ilusoria.

Recuerdo que todo fue a peor cuando quitaron la noche de los martes y los jueves. Dijeron que así se rendiría más y la gente tendría más tiempo libre. Al principio no me lo creía. ¿Era en serio? ¿De verdad iba en serio? ¿Quién controlaba los atardeceres?

Yo, que no rindo y tengo todo el tiempo del mundo…

Se podía ver a los chicos correr a las cinco de la mañana y los supermercados abiertos las veinticuatro horas al día. El barullo era constante, era insoportable. Pero realmente, cuando comenzó a agravarse mi insomnio fue cuando aquello se descontroló y las noches desaparecieron de forma aleatoria, sin seguir un orden establecido. Dijeron que era un fallo del sistema, el típico “fallo informático”. Al final todo fue un día constante. En estas condiciones, la gente mayor sufrimos mucho; la edad pesa, y eso se nota. El cuerpo se entumece y los nervios se disparan. Cada vez estoy de peor humor. A los animales les pasa lo mismo, lo he podido constatar. ¿Habrá ansiolíticos para perros?

Y me queda una última pastilla. Esa que te promete un viaje alucinante. La que no tiene marcha atrás, porque todo lo que ha podido vivirse ya se ha vivido y no hay octavas oportunidades. Pero aseguran que han dejado lo mejor para el final. Un contexto en el que soy la protagonista principal en la más absoluta soledad. Sin nadie a mi alrededor y con el control total de la sucesión de de las diferentes fases. Podría ser interesante. Y si no me gusta iré al Ponte Vecchio…

El perro me mira con una ternura que fundiría al hombre de acero. No te preocupes, amigo, vendrás conmigo. Tú también tendrás tu final. Mi perro, yo, y nadie más. ¿Qué más puedo pedir a estas alturas?


martes, 8 de mayo de 2018

RELATO: DESASTRE.







Tengo un compañero en mi cama. Acabo de descubrirlo al abrir los ojos. Está de espaldas y cuando estoy intentando recordar se da la vuelta: Ya, el de ayer del bar. Suena el teléfono fijo, damos un bote los dos al unísono. Con los ojos muy abiertos, que qué hora es, me pregunta. Revuelvo la ropa, no encuentro el móvil, no lo sé, le digo, pero tengo que ir a trabajar. El teléfono deja de sonar. Yo también, dice, tampoco encuentra su móvil. Removemos las sábanas hasta que no son más que un rebujo en el centro de la cama. Bueno yo me visto de momento. Él hace lo propio. No hay tiempo para duchas.

Su móvil ha aparecido sin batería, pero eso le relaja. Del mío no hay ni rastro, ni tampoco de las llaves de casa, tendré que abandonarla así, casi desnuda. Pero cuando vamos a abrir la puerta, resulta que no podemos, está cerrada con llave por dentro. Pero, ¿qué es esto?, masculla, ¿por qué cerraste la puerta? y tal. Yo creo que no fui yo, si no recordaría la ubicación de las llaves. Y para qué la cerraría yo, argumenta él, no es mi casa, ni sé donde están tus llaves. Hay que llamar a un cerrajero, dice, ni lo sueñes, le comento, me va a costar un pastón. Ya lo pago yo, vale, pues que lo pague él. No tiene batería en el móvil, no puede mirar en internet el número de alguno, pues yo no tengo páginas amarillas, siempre las tiro, ya no sirven para nada. Sí, ya veo. Se me ocurre aporrear la puerta: ¿hay alguien ahí, por favor? ¡Amelia, socorro! Pero ¿qué haces? Para por lo que más quieras, que se van a pensar otra cosa, a ver si llaman a la policía, joder. Pues que vengan, ya les explicamos. ¡Qué no hay tiempo, que hay que salir de aquí! En eso tiene razón, ni cerrajero ni hostias. Bien, le digo, vamos a intentar encontrar las llaves con tranquilidad, sin entrar en histerismos.

Al final aparecen debajo de la cama, vete tú a saber cómo aterrizaron allí. Salimos y apretamos el paso. En el portal nos despedimos con dos besos; bueno hasta luego, sí hasta otra.

Llego al trabajo sin respiración. Y eso que el trayecto es en coche, pero es por los nervios, son las once de la mañana nada más y nada menos. Eli me mira con cara de no entender primero y con picardía después: Tú hueles a… No lo digas por favor, le advierto, no soporto esa frase. Sí, pues a ver si soportas esto, el jefe quiere hablar contigo, me suelta. Dos minutos después de respirar hondo y atusarme el pelo, doy dos toquecitos a la puerta de su despacho. Ah, buenas, dice ¿tenías médico? No, le respondo, un incidente doméstico, pero nada importante. Pues tienes mala cara. La realidad es que no me ha dado tiempo a maquillarme, pienso. Esta es mi cara real, quiero gritar, pero va a ser que no.

Está bien, te quería ver por lo del ascenso, lo que te comenté el otro día, ¿qué me dices? He tenido varias reuniones con los de arriba, y al final se ha decidido que se quiere apostar por una mujer, una mujer joven, ya sabes hoy en día... Ah…, eso. La verdad es que de momento no me interesa, tengo muchos líos fuera del trabajo, no puedo permitirme un trabajo con horas extra y más responsabilidades (es mentira, simplemente no me interesa). ¿Cómo?, ¿de momento? Pero tú no sabes lo que he peleado por ti, que eras la mejor opción, eficiente y con buena presencia. Otros querían a alguien mayor, yo he aludido a tu juventud, a la imagen que se puede ofrecer al exterior. Lo cierto, continúo yo, es que preferiría quedarme en mi puesto, me da tranquilidad, me gusta lo que hago (es mentira otra vez, quiero salir de allí pitando). Me parece increíble, sigue él, que tú como mujer… Ya no le escucho.

No sé cómo, pero al final he conseguido salir de su despacho; tampoco sé como saldré de esta, supongo que suena muy chungo lo de no ambicionar más en el trabajo. Pero ahora no tengo tiempo de pensar, tengo que ir a recoger a la niña, esta semana me toca a mí, y solo faltaría que la tendría esperándome sola a las puertas del colegio. Llego justa pero bien, todavía hay un grupito de niños y padres. Reconozco a mi hija de lejos y sonrío, está hablando con un chico de su edad. Pero de repente algo se tuerce y le pega un empujón. El crío se cae de espaldas y se queda sentado en el suelo. Empieza a hacer pucheritos. Voy corriendo hacía ellos. Pero, ¿qué pasa, cielo?, ¿qué te ha hecho este niño? A mí nada, mama; es a ti, te ha llamado promiscua. Uy, promiscua, ¿cómo ha añadido un niño de ocho años esa palabra a su vocabulario? Todavía está sentado, así que le cojo de la capucha de la sudadera y le zarandeo suavemente mientras le elevo hasta que encuentra su centro de gravedad. Al girar la cabeza, me encuentro con una mujer que me mira con severidad. Su hijo se ha caído, le digo, debería tenerlo más vigilado. Me aparta la mirada y sin decir una sola palabra, coge de la mano al crió y se lo lleva.

Yo hago lo propio con la mía que no deja de mirarme. Te va a dar tortícolis, le aviso. ¿Es promiscua un insulto?, me temía la cuestión. Dudo en la respuesta, ni siquiera lo sé. Dependerá del contexto, supongo, pero eso va a ser difícil de explicárselo a una niña.  ¿A ti que te ha parecido?, le pregunto. A mi me ha parecido que sí, me contesta, por eso le he empujado. Pues entonces has hecho bien, cariño. Dios, espero que no le cuente a su padre estas conversaciones.

¿Te apetece una pizza, cariño? Sí, pero a papá no le gusta que coma esas cosas. Joder con Don Perfecto. Solo hoy, hija, tampoco hace falta que le cuentes todo a papá ¿sabes?

Cuando voy a arrancar el coche me llega un mensaje al móvil. ¿Te miro lo que te ha llegado, mama? ¡¡Noo cariño! Yo, yo lo hago… Es de Pedro, ¿quién es Pedro? Será el de ayer, lo deduzco por el texto: ¿Quieres tomar una copa esta noche? Después podríamos seguir perdiendo cosas… Luego le contesto, aunque tendrá que ser mañana, hoy no puedo. Voy conduciendo y tengo una sonrisa boba en la cara. La niña me lo nota, es más lista de lo que creo. De repente suelta una carcajada: Mamá, acabas de pasarte la pizzería. Vaya día, en que estaré pensando. ¿Quieres que ponga una ensalada para la cena?, me dice ella a mi, sé cocinar, te lo juro. ¿No te importaría?, la miro con ternura, estoy muy muy cansada, cariño…



jueves, 26 de abril de 2018

RELATO: 1, 2, 3...




Ha contado ovejas blancas, ovejas negras y hasta ovejas eléctricas, nada funciona. No hay manera de dormirse, los nervios han dado paso al insomnio y a la desesperación. A su lado, su mujer respira con lentitud; cinco segundos para inhalar, casi diez para exhalar, lo ha cronometrado. Ahora ha empezado a roncar. Esto más que molestarle le entristece, la placidez del durmiente. Es entonces cuando se imagina una escena: se levanta, coge el paquete de pitillos y sale al balcón a fumar uno. En un balcón de la casa de enfrente, apoyada en la barandilla, hay una mujer que también fuma un pitillo. No la había visto nunca.

La mujer sonríe mientras exhala el humo seductora. Femme fatale de novela negra, es lo primero que le viene a la mente. Las más problemáticas, pero también las mejores. Todo esto lo piensa en un segundo. Un cliché demodé, como diría su mujer, y también machista, como diría su hija. Quizás estén en lo cierto, pero a él le gusta. Es una mujer inteligente, se le nota a la legua. Puede entrever su figura curvilínea a pesar del camisón de seda y de los metros que les separan. Van acompasados, meten el pitillo en la boca, sostienen el humo unos segundos y lo expulsan a la vez. Es una sincronía perfecta. Una fantasía maravillosa.

Mira por última vez el reloj. Son las cuatro y veinte. Cada vez está más somnoliento.

Que les den a las ovejas, ya ha encontrado la cuenta perfecta.

Coge el paquete de pitillos y sale al balcón a fumar uno. En un balcón de la casa de enfrente, apoyada en la barandilla, hay una mujer que también fuma un pitillo. No la había visto nunca.

Coge otro paquete de pitillos y sale al balcón a fumar otro. En un balcón de la casa de enfrente, apoyada en la barandilla, hay otra mujer que también fuma un pitillo. No la había visto nunca.

Coge otro paquete de pitillos…


domingo, 15 de abril de 2018

RELATO: VÍRGENES Y DEMONIOS.







Cuando a mi hermana le volvieron las convulsiones, mi madre me miró atónita:

—Dios mío, este cura es un farsante. Quién le habrá dado la autorización para realizar…, pienso mandarle una carta al obispo denunciándole por mala praxis. ¡Y tú qué haces ahí parada! Vete a buscarle…, ¡vamos!

En el momento en que salía de la casa, mi madre sujetaba a Mercedes la cabeza para evitar que se golpeara contra el suelo. Contorsionaba la espalda formando una C perfecta e imposible. Babeaba.

—Es absurdo. —me dijo Don Pedro, el cura, mientras se tomaba una manzanilla salpicada con anís del Mono.— Dos posesiones en menos de un mes no es factible. Ni el innombrable tiene tanto tiempo libre.

—Los síntomas son los mismos padre, por favor, salve a mi hermanita.

Yo por aquel entonces era una sinsorga de mucho cuidado.

—Está bien… Espérame en tu casa. Voy a vestirme y a buscar los utensilios. Pero si es como dices, dile a tu mamá que esto puede deberse a que algo pecaminoso ocurre en esa casa. Las indulgencias ya sabe que se pagan. Una vez extraído el mal, estaría bien que hiciera una donación. Pero bueno, ve anda, ya hablaré yo con ella.

Volví a recorrer el mismo camino pero en sentido inverso. Mi madre había conseguido llevar a Mercedes a la cama y le pasaba un paño húmedo por la cara.

—¿Dónde está el cuervo? —me preguntó.

—Ya viene…, no debería llamarle así madre, usted misma abre la puerta a posibles peligros. Ahora quiere que le pague.

Ella me miró de tal manera que empecé a pensar que el maligno había entrado en su alma pecadora también. Don Pedro la sacó de sus pensamientos impuros cuando entró en casa a regañadientes.

—Adela, a ver, vamos a tranquilizarnos…

—¿Qué es esa historia de que le tengo que pagar?

—No se preocupe de eso en estos momentos. No es un pago, son donaciones, pero ya habrá tiempo para hablar. Comencemos con el procedimiento.

Mi madre le observaba de refilón con mala saña cuando inició por segunda vez el proceso: In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti… Repetimos con él varias frases en latín. “Ahora empezará con el dichoso nombre” me susurró mi madre. “Shh, qué le va a oir, y va a salir otra vez mal, ya verá”. Ella suspiró.

—¡Dime tu nomb…! Esperen necesito el crucifijo. —El cura se puso a rebuscar dentro de la bolsa negra que había traído. Se volvieron a escuchar susurros maternales. Mercedes parecía estar en estado de duermevela en ese momento.

—¡Joder! Perdón…, no encuentro mi crucifico señora Adela, tendremos que construir uno. Si tuviera a bien facilitarme unos cubiertos.

Se fueron los dos a la cocina. Me quedé a solas con Mercedes. Sentía un terror indescriptible. Aún así, saqué fuerzas para mirarla una vez más. Tenía los ojos cerrados. Giró la cabeza hacia donde yo estaba y los abrió de par en par, yo di un bote en la silla y me puse de pie. Fue entonces cuando me guiño un ojo y dentro de mí la estupefacción cobró protagonismo.

El cura apareció por la puerta con dos cuchillos que, atados con una cuerda, formaban una cruz; aquello me resultó del todo siniestro. Mi madre venía tras él arrastrada por la desidia.

—¡Dime tu nombre, demonio! —le gritó Don Pedro a mi hermana mientras alargaba el brazo, cruz en mano. Mercedes se irguió y le escupió en la cara.



Horas después, la misma Mercedes sonreía en la cama mientras me contaba sus propósitos:

—He tenido que inventarme algo. Mamá quería mandarme a ese internado para chicas pobres y no pienso ir, lo tengo muy claro.

Yo la observaba con una mezcla de incredulidad y admiración. Pero también con tristeza por mi inocencia, por tener tan poca malicia para la vida.

—¿De dónde has sacado ese nombre, Barrabás? Al cura le ha parecido raro.

—El otro día la maestra nos leyó un pasaje de la Biblia. Barrabás fue un hombre muy malo, por el mataron a Jesucristo, nuestro señor.

—Ahh…

Yo me quedé pensativa. Mi hermana contemplaba el techo henchida de gozo, orgullosa de sus ocurrencias, con la satisfacción de ser ganadora.

—Tengo miedo Mercedes. —le comenté entonces— Si no te manda a ti al internado, me mandará a mí. ¡No quiero, hermanita!

Se sentó en la cama y me miró con perspicacia.

—No te preocupes, renacuaja, ya ingeniáramos algo.

—Sí, haz algo por favor.



Adela cocinaba unas tristes acelgas para la cena. Eran tres en casa, tres mujeres menudas, una adulta y dos niñas que a pesar de esto, comían como bellacas. No pasaban por una buena racha. Y ahora, teniendo a su hija mayor enferma de malignidad, ya no podía enviarla al colegio interno para niñas sin recursos

No sabía cómo iba a salir adelante. La habían echado del bar donde trabaja como cocinera por haber hablado mal a un cliente que se había propasado. A veces pensaba que todo lo malo que les pasaba era culpa suya, por descarada, por no saber comportarse. Y pensó en la pequeña, aquella criatura timorata e inocente. Sería demasiado para ella mandarla fuera, pero llegado el caso…

Notó que algo se interponía en la luz que se reflejaba en la pared; una sombra había cruzado la puerta en dirección al baño. Fue al  pasillo y miró a la izquierda. Su hija pequeña se encontraba frente al espejo del pasillo, inmóvil, sin expresión alguna en los ojos.

—Hija, ¿qué haces?

No obtuvo respuesta.

—¡Niña!

Nada.

Adela no era propensa a miedos sin fundamento, pero en ese momento sintió un escalofrío. Aun así, se dirigió con paso firme hacia el sitio donde se encontraba su hija. La zarandeó.

—¡Despierta nena! Ahora eres sonámbula o que coño...

La niña pareció reaccionar, giró la cabeza y miró a su madre con expresión beata.

—¡Madre querida! La más bella y dulce de todas. ¡Mi santa madre! He sido testigo de algo excepcional, algo reservado a los espíritus más limpios, más puros.

—Pero…

—Se me ha aparecido… ¡La Virgen Santísima! A mí, a una simple niña pobre e ignorante. Y yo me he postrado ante ella. Y me ha hablado, y han sido las palabras más hermosas que han escuchado estos oídos.

—No puede ser.

—Tenemos que permanecer juntas, mamá. Solo así podremos vencer al maligno. Por eso ha venido, a advertirnos. Aunque no tengamos donde vivir, aunque no tengamos un mísero garbanzo que llevarnos a la boca, aunque la vida quiera jugar con nosotras, tenemos que ser fuertes y valientes. La unión es la única manera de derribar las adversidades. Eso ha dicho.

—Hij…

—Ahora he de volver a la cama, mami. Reflexiona sobre estas palabras. Anda, dame un abrazo.

Observó a la niña mientras se dirigía con porte sereno a su habitación y cerraba la puerta tras de sí. Le pareció escuchar unas risas; pero no, sería el desconcierto que la agitaba por dentro.

Adela se fue a la cocina y se sentó; lloraba, no sabía si de emoción o de desesperación.


miércoles, 4 de abril de 2018

RELATO: LOCURA






Dejé de fingir. Escuché los latidos inquietos de mi corazón negro. Comencé a andar a trompicones, con la cabeza gacha, marcando chepa. Esto es lo que quería: no dormir hasta que el sufrimiento combustionara en locura y las ojeras fueran signos de un nuevo nacimiento en la ciudad, o lo que es lo mismo, otro morir sobre el asfalto duro y rasposo. Los ropajes largos, grises, rudos como síntoma de decadencia. El hablar cáustico, aguardentoso. Las uñas largas continentes de tierras. Las axilas sin limpiar, expendedoras de olores rancios que invitan a no querer saber más. Todo ello en un solo cuerpo y en un solo alma, porque ya solo había uno, no varios adaptados a los tiempos.

¿Qué has hecho de mí, miserable dios de la avaricia y la maldad? ¿Qué nuevo invento ingeniarás en esta nada habitada por espectros?

Recuerdo que una vez amé… hasta tengo desgastada de llantos una foto en tonos grises que representa a una mujer que fue bondadosa. Fue un espejismo en el desierto, un aleteo efímero de mariposa atolondrada que se choca de forma abrupta con un muro invisible pero implacable. En color, no recuerdo nada más. Después todo fue una bruma en sepia.

A veces me sentía poderoso, cuando perseguía a los chiquillos que se sienten inmortales. Les decía las cosas que se esperaban de mí, palabras feas y soeces. Corrían como cosacos, chillaban, reían, sabían que todo saldría bien, porque siempre había sido así. Porque yo existo pero no existo. Para los progenitores era el hombre-ogro pero tontorrón que atosigaba a sus hijos. Para todo lo demás no era. Así han transcurrido años, lustros, me han parecido siglos.

Y mi alma negra es un alma hechicera. Me habla como si fuera un hermano gemelo. Me hace concluir lo que yo comienzo, me da fuerzas cuando flaqueo, me da esa contaminación necesaria para seguir enfermando… de indignidad. Sin embargo, la oscuridad en la que habito no tiene gradiente, no hay oscuro claro y oscuro oscuro. Hay oscuro infierno, y su intensidad depende de la llama que queme mis entrañas. Es como un infiernillo que se regula con una ruedita, pero en mi caso, tengo la sensación de que hace tiempo que esa ruedita se ha pasado de rosca.

Este descontrol vigilado por fuerzas que no percibo es consecuencia de ese bagaje que me autoimpuse. Y me convierte en esto que soy actualmente. Nunca llegué a pensar que llegaría a no sentir, o mejor dicho, que sintiera placer doloroso en mis propios tormentos. A mi me gusta llamarlo anomalía, o desvío de lo convencional. Otros entendidos, o más bien creídos en la materia, lo llamarían trastorno paranoide y autodesctructivo con tendencias antisociales. O algo así.

Los espectros siguen su camino como autómatas, mientras yo voy en dirección contraria. Ellos tienen el ánima repleto de residuos electrónicos y yo de sentimientos incurables. No hay posibilidad de conexión con los espectros. Ni siquiera una suerte de cortocircuito que haga saltar chispas. No hay vida y no hay esperanza, solo una nada que lo agita todo. Y que me vuelve loco.


sábado, 24 de marzo de 2018

RELATO: LOBOS







Siendo una niña, me dijeron que las telas de colores no estaban hechas para mí.

Cuando tenía seis años y a raíz de la muerte de mi padre, a alguien se le ocurrió teñir de negro unas sabanas viejas y roídas. Paca, la costurera del pueblo, me hizo un vestido rígido y sin formas hasta el tobillo con ellas. Era curioso, porque cada vez que lo lavaba, el tinte se iba yendo y con el tiempo acabó siendo una cosa color mierda grisácea que me hacía parecer más una pordiosera que una niña de luto perpetuo. Mi padre se había muerto cayéndose borracho de un manzano, y ante muerte tan estúpida, en mi familia se decidió tácitamente que había que llevar esa vergüenza con la más absurda y estricta de las penitencias. A mi hermana, que era bastante más fea que yo y no la auguraban un buen matrimonio, la metieron monja en un convento. Mas adelante, mi madre, con sus dos padres viejitos y ocupada todo el tiempo en cuidarles, me mandó interna a una casa a ayudar a la señora. Tenía trece años y ya había heredado todo el ropaje oscuro y tenebroso de mi pobre hermana. Al menos, era comprado y tenía algo más de calidad que mis andrajos mal cosidos a mano.

Llegué a aquella casa con el hatillo al hombro que mi madre me había encasquetado con los escasos enseres que poseía: muda de repuesto, otro vestido igual al que llevaba puesto y un peine (“por si no te dejan usar el de la casa” ). La señora con su semblante de máscara mortuoria, se formó una imagen en la cabeza de lo que yo era o podría llegar a ser, y me hizo la cruz. Su primer castigo ante futuribles, fue hacerme dormir en la bodega, acompañada por botellas de vino reserva y unas simpáticas mascotas de rabo largo y mirada inquisitiva que hubieran hecho las delicias de cualquier niña poco acostumbrada a la oscuridad.

Por arte de birlibirloque sus fantasías funestas se hicieron realidad y en cuanto fui radiografiada por su marido, un engendro de metro y medio con semblante resabiado y dientes de conejo, tuve la ingrata sensación de que mi estancia allí iba a ser más dura de lo que mi ingenua imaginación había previsto.

El destino parecía querer jugar un morboso juego conmigo, pero no estaba dispuesta a perder la partida. El señor picoteaba por la cocina haciéndose el distraído o con la excusa de aleccionarme en la ardua tarea de ser una chica decente: “No te fíes del mozo de la cuadra que tanto te mira ni en los chicos de tu edad, todos buscan lo mismo”. Pobre chico deslomado…, bastante tenía con realizar sus quehaceres y poder llevarse algo a la boca a lo largo del día. Ni siquiera llegué a entablar conversación con él.

La vida cotidiana de estos dos señores de la casa eran un misterio para mí; ella siempre estaba sentada bordando algo y mirando por la ventana, y él tenía un despacho donde gestionaba asuntos supuestamente trascendentales del que salía cada cinco minutos para posarse en cualquier esquina de la casa y fisgonear sin ser percibido. A pesar de ser los amos de la casa, el cotilleo no estaba bien visto en nadie.

Un día estaba en la cocina haciendo un pastel de manzana. Aunque mis labores supuestamente se limitaban a la limpieza de la casa, también me encasquetaron el puesto de auxiliar de cocina y repostera, ya que trabajar la masa no le gustaba a nadie.

Las rodajas de manzana me estaban saliendo demasiado gordas; siempre me decían “más finas, muchacha, más finas”, así que llevaba vendajes en casi todos los dedos por intentar adelgazar los trozos casa vez más con cuchillos mal afilados. Estaba harta, se comerían el postre medio crudo y lleno de grumos. Esa vena de orgullo que me salía de vez en cuando me había traído más de un disgusto en forma de toñejas varias, pero a veces compensaba. 

Una mano surcada por venas abultadas y violáceas se posó en mi hombro y comencé a escuchar un respirar ronco y entrecortado cada vez más cerca de mi oreja. El hedor a sudor rancio mezclado con tabaco de mascar era nauseabundo. El desayuno se me subió hasta la glotis. Poco después sentí unos dedos temblorosos subir desde la rodilla hasta el muslo derecho. Me quedé quieta mirando el tarro de azúcar. Escuchaba las exhalaciones de aire cada vez más cerca y eran cada vez más ruidosas. Fue entonces cuando reaccioné. Volví a coger el cuchillo con el que había estado cortando las manzanas y con un golpe seco se lo clavé justo en el centro a la mano que tenía en el hombro izquierdo. Un aullido me perforó el tímpano y el viejo comenzó a arrebujarse en el suelo por el dolor. Todo sucedió muy rápido: pasos cortos y acelerados por toda la casa, varios gritos femeninos y “¡Rápido, llama al médico!...

Me quité el delantal (no sé por qué, era un gesto mecánico supongo) y salí al jardín. Allí todo estaba un poco más sereno, el aire estaba limpio y hasta el perro me miraba con dulzura. Otra vez me había quedado en un estado de ensimismamiento. Tuve que escuchar un “esa zorra” a lo lejos para percatarme de nuevo de la situación. Comencé a correr hacia el bosque.

Corría rápido pero de forma mecánica, como por inercia. A mi espalda me llegaban ruidos y algarabías que se fueron alejando primero y acercando después. Me dirigí hacia el bosque sin pensarlo muy bien. Cuando me daban alguna hora libre muy de vez en cuando, siempre acudía allí a tumbarme sobre la hierba a dormir un poco. Justo cuando iba a entrar en la espesura que formaban los árboles escuché un disparo, noté el impacto en la espalda y caí de morros al suelo.



Me levanto con una ligereza inaudita y dejo mi cuerpo allí tirado. Mi intención de ir hacia el bosque sigue intacta. Un lobo me recibe a la entrada y me hace un movimiento de cabeza para que le siga. El silencio se rompe por el zumbido del aire al chocar contra las ramas. Llego a una especie de asamblea. Unos animales adultos están discutiendo sobre cosas importantes, intuyo por el semblante de sus caras. Una lechuza me mira (¿no debería estar durmiendo por el día?) y me señala con el pico a un grupo de cachorros, gazapos, lobeznos y demás pequeños que están jugando a morderse las orejas. Cuando sean mayores estos juegos serán más serios, supongo. No sé si me van a acoger de buen agrado así de entrada y prefiero ir a jugar sola. Empiezo a trepar por un roble que debe ser centenario por el grosor de su tronco. Llego a las ramas más altas y allí me acomodo, puedo observar todo lo que me rodea con tranquilidad. Es curioso, ya no hay casas ni restos de civilización, solo un tapiz verde salpicado por árboles y matojos.

Miro a la loba que me ha traído hasta aquí (ahora sé que es hembra) y me hace un gesto de reprobación, pero yo sonrío como nunca lo había hecho. Hace tiempo que quería subirme a un árbol sin miedo, sintiéndome inmortal. Al fin y al cabo ese tipo de cosas son las que hacen los niños, ¿no?


viernes, 9 de marzo de 2018

RELATO: "BELLAS" ARTES.






Pero, acérquense, acérquense sin miedo…

El señor descansa en la cama fría de hospital. Pero no está en un hospital. Tiene la cara roja, acalorada, y eso que el ambiente no sobrepasa los veintidós grados expresamente establecidos como máximo para una mejor conservación de las obras. Las sábanas son de un blanco nuclear, se las cambian todos los días por la noche, cuando todo está en calma. Por las mañanas le asean, le perfuman y le peinan. Ya solo le quedan cuatro pelos, pero le hacen una exquisita raya al lado. Le han comentado que a poder ser, se mantenga boca arriba con las manos (entrelazadas o no) sobre el regazo. Tiene prohibido hacer movimientos bruscos o aspavientos.

Por favor, hagamos un círculo alrededor…

Al principio le daban un poco de color en el rostro, pero aquello no tenía sentido o no era el sentido qué buscaban. Así que dejaron de hacerlo, e incluso alguien sugirió que le podían marcar un poco más las ojeras. Pero se desestimó. Buscaban naturalidad, esa naturalidad que solo puede ofrecer la evolución sin retoques de la vida. Este hombre, que ahora cuenta con ochenta y cinco años y observa el revuelo que se produce a su alrededor, recuerda su juventud anodina y casi le provoca una carcajada. Pero se reprime, no vaya a ser que le caiga una reprimenda.

Bien, vamos a pasar a la explicación, un poco de silencio…

El hombre intenta no prestar atención a lo que ocurre a continuación. Se sabe de memoria la perorata. Mira al techo y se percata de que está desconchado, ¡qué ironía! Bueno, quizás no; tal vez esté hecho ad hoc. Los espectadores han hecho ya un semicírculo alrededor de él y le contemplan escrupulosamente con sus gafas académicas, unas barbas muy acordes con el momento y sus trajes estilo casual. Unos portes muy estudiados. Bohemio chic se dice así mismo el anciano. Algunos incluso tienen unas lustrosas agendas donde toman apuntes. En estos casos todavía se estila escribir a mano (estamos hablando de arte), y esos rectángulos electrónicos se dejan para historias más mecánicas o frías.

 —Bien, aquí tienen la nueva obra adquirida por el museo. Cómo saben, ha estado viajando por los mejores museos de arte moderno del mundo, desde el MoMA de Nueva York hasta el centro Pompidou de París. Por fin lo tenemos entre nosotros Decadencia del artista cuyo nombre todavía no ha salido a la luz, pero su obra conceptual está teniendo el éxito que todos esperábamos desde que expuso su primera creación en el Centro de Investigación de Nuevas Vanguardias en la Cultura Contemporánea.

Decadencia o la sublimación de lo tácito, la experiencia del sentir a través de la visualización de algo a lo que estamos acostumbrados pero que no nos paramos a interiorizar. El cuerpo como cáscara que nos envuelve y su decrepitud. El alma que se desboca al contemplar a un contemporáneo en el final de sus días. Esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿Es el ser humano el centro del universo? ¿Hasta que punto controlamos nuestro entorno, nuestro hábitat?...

 Se ha dormido; pero acto seguido se ha despertado sobresaltado con su propio ronquido. Ahora respira de forma ruidosa hasta que consigue calmarse. La gente le mira incrédula y algo horrorizada. El guía se mueve algo inquieto.

 —El ruido… es una parte importante en la obra de nuestro artista. Él es un vanguardista. Ha pasado largos años experimentando con la intención de innovar un arte que le aburría porque no conectaba con el ser humano. Con Decadencia la estética, lo visual pasa a plano preferente con el objetivo de provocarnos sentimientos. Es la primera figura en movimiento que nos encontramos en el arte, un ser humano, un sujeto con su vida a punto de agotarse y de cuya muerte podemos ser ¡testigos únicos en cualquier momento! Aunque el objeto de la obras está bien definido, el artista ha querido dejar a la subjetividad del espectador sus diferentes interpretaciones. Ahora quiero que dediquen unos minutos a una minuciosa observación y, por favor, déjense llevar por…

 El hombre suspira una vez más. Recuerda cuando le encontraron durmiendo en entre unos cartones en un cajero automático. Al principio pensaba que eran unos gamberros que le quería dar una paliza, pero no…, era algo más rebuscado. En el contrato firmó que, a cambio de comida, ropa y cama, formaría parte de la colección del Artista hasta el final… Pero ¿y si ahora se levantara y se marchara por la puerta a dar un paseito por la avenida principal?, ¿qué podría pasarle?

Sonríe para sus adentros, no le apetece salir a la calle a buscarse la vida. Que le miren, que le observen y le escruten los muy idiotas…, él está muy calentito en la cama.


viernes, 23 de febrero de 2018

MICRORRELATOS: PIANISTA BAJO LA LUNA, SER O NO SER, UN CUADRO


PIANISTA BAJO LA LUNA

                                     



Cada vez que ejecutaba una pieza con su teclado de segunda mano se le encogía el corazón. No por la ternura que le producía, sino por la falta de magia, de sonoridad, por la rudeza de las teclas.

Sopesó. Se compró con sus ahorros un piano de cola, clásico.

Midió la estrechez de la calle, y aunque justo, el piano entraba sin sufrir daños.

El transportista le dejó el bello instrumento en la acera. "A partir de aquí es todo suyo". Un amigo y él lo llevaron hasta la puerta, pero ¡ay, imperdonable error de medida!, la angosta entrada de la casa fue infranqueable.

Desesperado ató el piano con un candado a la puerta. Ese día, llorando en la calle, tocó el Canon de Pachelbel más hermoso jamás escuchado. Al día siguiente, los muchachos del barrio lo habían hecho trizas. Era el día de San Juan.





SER O NO SER




Soy existencia incorpórea, bella sin rostro, virtuosa sin proceder. Así le espero y le añoro sin conocerle. No hay día en el que no ruegue al creador que me perfile con trazos reconocibles en una maraña de aventuras confusas. Para que después él, pertrechado con sus característicos atavíos, torpón y enamorado, me lleve a ese inconfundible lugar sin nombre. Al final, nadie dudará del caballero andante, nadie osará llamarle loco, nadie se burlará de sus ideas. Llevo siglos implorando.





UN CUADRO





Siempre asomada a la ventana, como en un cuadro. Salíamos y entrábamos, pero daba igual la hora. Ella seguía ahí,  impertérrita, con sus ojeras añejas, su pelo encrespado, la bata roída y un gato que nunca ronroneaba. Al saludar, sonreía y su cara se desencajaba ante tal desvarío. Parecía soñar. Con otro mundo: pasado, efímero o imaginario. La realidad: una enfermedad devastadora, una ventana sin pintar, unos ojos suplicantes pero un corazón poco dado a implorar. Y la soledad, que por fin había llegado firme y sin piedad.




lunes, 19 de febrero de 2018

RELATO INSPIRADO EN HECHOS REALES.


De mis angustias febriles y del porqué (en parte) del alargamiento de mi ausencia del mundo blogosferil.




UNA MALA ENFERMA





Hace un mes y medio me levanté con un pequeño picor en la garganta, un carraspeo ligeramente incómodo pero llevadero, algo que podía presagiar alguna enfermedad leve, pero en todo caso soportable. Y sin embargo, después de todo este tiempo, estoy en condiciones de afirmar que fue el inicio de una horrorosa pesadilla.

Dicen que las personas sensibles o tendentes al estrés (como es mi caso) tienen el umbral del dolor muy bajo y que asumen pésimamente los malestares físicos que la vida les puede “ofrecer”. Creo que alguien dijo una vez: “Dios mío líbrame de los males físicos, que de los psicológicos ya me encargo yo”. ¡Cuántas veces he pensado en esta frase durante estos interminables días!

El mal, mi mal particular, empezó a extenderse el día después de aquel picor gargantil, taponándome las fosas nasales, impidiendo respirar con normalidad, provocando a partir de ese día mareos, dolores de cabeza y favoreciendo mis migrañas crónicas e insoportables. Migraña: esa bola de fuego instalada en mi cabeza. Vivo con la esperanza de poder lanzarla algún día al espacio sideral. (Últimamente he leído en un foro a un psicólogo que decía: la migraña no es un daño real, hay que empezar a enfrentarse a ella con naturalidad, los medicamentos solo van a perpetuar la sensación de dolor; si fuera posible le regalaría a este señor este daño irreal y sus consecuencias imaginarias de mentes fantasiosas y luego le mandaría a hacer meditación, a ver que tal le va. Sí, señores, he probado todo). Dicho esto, creo que la meditación es un buen remedio en ciertas situaciones, lo creo de verdad.

La fiebre nunca pasó de ser alta, pero en mí, que tiendo a temperaturas “bajas”, causaba unos estragos que solo había experimentado de niña, lo prometo. La febrícula comenzaba con un frío de huesos extremo que las infinitas capas de ropas no lograban mitigar. Dos horas después me levantaba de la cama empapada en sudor.

A pesar de mi alergia congénita a las batas blancas, acudí al médico. “Es que llevo ya como tres semanas…” no hacía más que repetirle. “Habrás encadenado uno tras otro. Hay contagios y recontagios, yo te lo doy y tú me lo devuelves. El invierno viene muy mal, todo el mundo está igual”. Bueno, pues intentando evitar cualquier contacto humano, salvo el necesario para sobrevivir y el obligatorio para malvivir, decidí no salir de casa, cual topo en su madriguera. Dejé de comer apenas por falta de apetito, vomitaba con frecuencia y llegué adelgazar unos tres kilos (teniendo en cuente mi estatura y mi peso, es mucho).

Empecé a pensar que todo aquello era una “anomalía”, síntomas que no tenían que ver unos con otros, un totum revolutum sin ningún sentido, una especie de fallo multiorgánico a pequeña escala. Mi mente empezó a jugarme malas pasadas. Sabía que de eso no me iba a morir, pero ¿y si se hacía crónico de por vida? No hacía nada, no podía concentrarme, ni leer, ni escribir, ni lo mínimo que requiriera estar con la mirada fija en un sitio. ¿Alguien ha tenido la sensación desesperante de no poder hacer nada observando cómo las horas pasan y tu única compañía es un conejo mudo (y sordo, creo) y un zumbido de oídos que atestiguan que las flemas y la congestión siguen ahí? Y lo peor, el dolor. Y no hay nada peor para la mente que los tiempos muertos no buscados, los incapacitantes.

Muchas personas habrán vivido situaciones parecidas este invierno, e incluso más graves, pero para mí este proceso ha sido totalmente desesperante. Y ahí va la sorpresa: ¡Sigo igual! O parecida. Tengo picos, días mejores y peores, pero el alien sigue conmigo. Solo me queda esperar a la primavera y a la subida de temperaturas que espero mitiguen todas estas angustias de mala enferma, y no solo por mí, sino también por los seres que me rodean y cuya salud mental corre serio peligro como esto se perpetúe demasiado.

  

jueves, 16 de noviembre de 2017

RELATO: REMINISCENCIAS






Mi vida dio un giro radical cuando empecé a hablar con los muertos. Fue un día gris y lluvioso en el que no tenía grandes cosas que hacer. Recuerdo que estaba sentado en el sofá sin ningún plan preestablecido, ni pendiente de llamadas inesperadas, ni mucho menos visitas por sorpresa. El primero que se me apareció fue un animal, en concreto mi perro Sócrates. No Pluto, ni Roy, ni Aníbal. No entiendo por qué, tampoco había sido el último en morir, ni había sido un perro especial en nada. Pero fue él el que entró por la puerta de la sala con su andar cansino de bulldog inglés, para sentarse después y posar su mirada de párpados caídos en mi careto. Como conclusión pensé que la aparición de muertos es más bien aleatoria o sujeta al azar. Sus primeras palabras no fueron nada consoladoras:

—No esperes nada en el otro lado, todo acaba aquí.

 Yo le pregunté sorprendido:

—Y entonces, ¿por qué has venido? ¿Por qué te has hecho visible si ya no eres nada?

—Yo no he venido, tú eres el que me ves, no te confundas.

El perro se fue por el sitio por donde había venido, no sin antes darse la vuelta y añadir con pesimismo:

—Solo sé que no sé nada.

Aquello me dejó de piedra. ¿Se me habría ido la pinza?

Afortunadamente aquella deducción que saqué inicialmente era errónea. Las manifestaciones de los difuntos comenzaron a ser más gratas y agradecidas. Con lo cual rechacé la teoría del azar para inclinarme por algo más bien preestablecido por las fuerzas que se sitúan en el más allá. Un día estaba llorando en la cocina y mi abuela se sentó junto a mí:

—¿Por qué lloras hijo?

—Tengo miedo abuela, ¿la muerte duele?

—Qué va hijo. Simplemente dejas de sentir, y pasas a ser lo mismo que eras cuando no habías nacido: algo así como una estrella en el cielo.

—¿Y eso del túnel con la luz al final?

—Tonterías. Inventos de algún vivo sin imaginación.

Puse mi cabeza sobre su pecho y me dejé acunar, al igual que cuando era un niño e iba a comer a su casa cuando mi madre tenía que trabajar. Siempre he sido muy familiar. Mi abuela tarareó una canción horas y horas…

Mi padre tenía un carácter muy reservado, grave, de esas personas que te miran de refilón al pasar porque intuyen que has hecho algo malo. Cuando le intuía cerca siempre pensaba que me iba a llevar alguna colleja o algo, pero incomprensiblemente, a pesar de su dureza y rigidez, nunca me pegó.

A él me lo encontré sentado en el sofá mirando la televisión apagada. La muerte no parecía haberle cambiado su expresión, que seguía siendo ruda y taciturna:

—Papá me alegro de verte; nunca tuvimos una conversación de más de cuatro palabras.

—Bueno, tampoco es que yo haya cambiado mucho.

—Ya veo.

—¿Qué tal tu madre?

—Igual. Igual de mal ¿no la ves?

—No, solo te veo a ti. Mejor dicho: tú me ves a mí. —Otra vez las mismas palabras, igual que el perro.

Pasó un tiempo; pudieron ser minutos u horas. Luego habló de nuevo:

—Algo me dice que esa conversación va a tener que esperar. No me salen las palabras. Quizás en otro momento.

—Solo una cosa papá, ¿se sufre ahí… dónde estás?

Y entonces me miró con un especial cariño por primera vez en su vida, quiero decir… en su muerte.

—El sufrimiento es solo una percepción de nuestra mente, hijo, de nuestra consciencia. La muerte es la última etapa de la vida, cuando todo deja de ocurrir…

Lo cierto es que nunca me había encontrado mejor en toda mi larga existencia. Yo, que soy un ser solitario, me sentía muy acompañado con estas conversaciones que nunca acababan en un punto y final. Mi madre estaba muriéndose por aquel entonces y con su partida no me quedaba nadie cercano. No me había casado, ni había tenido hijos. Mi mejor amigo, Manuel, había  muerto también de forma prematura en un accidente de tráfico. La muerte, que me había acompañado a lo largo de mi vida en su versión más cruel, ahora parecía resarcirme de todo el dolor sufrido.

Fue toda una alegría cuando encontré a Manuel jugando solo al fútbol en un terreno abandonado del pueblo.

—¡Manuel! Qué gusto me da verte…—Intenté abrazarle, pero algo me lo impidió.

—¡Eusebio! Quién me lo iba a decir.

Estuvimos jugando toda la tarde, fue uno de los días más felices de mi vida. Al anochecer, cuando Manuel se despidió, me di la vuelta casi sin resuello por el ejercicio. Estaba tan excitado que no me percaté de la escena hasta que levanté la cabeza y vi a un grupito de gente compuesto por niños y adultos que me miraban estupefactos.

—¿Estás bien, Eusebio? Los niños nos han avisado de que andabas gritando solo con un balón…

—Oh, no os preocupéis, estaba haciendo un poco de deporte.

Aquel revuelo que se montó por mi causa me molestó, más que preocuparme. Nunca se habían interesado en mi vida y cuando parecía que me había trastornado venían los muy morbosos… A partir de aquel día tuve más cuidado con los vivos a la hora de hablar con mis muertos. Tendría que encontrar el espacio y el momento adecuados. 

Cuando murió mi madre, casi fue un consuelo. Llevaba en coma mucho tiempo, y tenía ganas de verla otra vez en su plenitud. Al principio tuve miedo, ¿y si no se me aparecía? En el cementerio me quedé solo observando su nicho, mientras dos ancianas chismorreaban detrás de mí. A esas alturas ya se había corrido el rumor de que estaba zumbado. Cuando vieron que todo permanecía inalterable, se fueron cogidas del brazo.

Me marché a la playa, el zumbido del viento golpeaba mis oídos, las olas se acercaban y removían la arena, yo también lo hacía con mi zapato intentado destapar algún recuerdo: quizás el de una mujer que se acerca a la orilla con un vestido corto de verano; lleva un niño de la mano. Juegan a querer y no querer tocar el agua…, está muy fría. Sonríen nerviosos. Corren, tropiezan y caen en la arena rotos de la risa…

Una figura femenina se acercó a mí. Era inconfundible: el pelo rubio suelto, andar desgarbado, arrugas incipientes, sonrisa confortante. Por fin, un suspiro infinito.

Volví a llorar de nuevo, pero esta vez era de emoción, de gratitud.