miércoles, 26 de abril de 2017

LIBRO: EL TÚNEL DE ERNESTO SÁBATO.



EL TÚNEL (1948)

Ernesto Sábato (Argentina, 1911-2011)




Una vez leído el libro y buscando datos sobre la biografía de Ernesto Sábato para realizar este comentario, fue curioso constatar que a pesar del siglo de vida de este escritor argentino, su narrativa solo lo compongan tres novelas: El túnel, Abaddón el exterminador y Sobre héroes y tumbas. Eso sí, también fue ensayista, investigador científico y pintor, lo cual nos da una idea de la capacidad intelectual y artística que tenía este hombre.

El túnel es uno de esos libros que aparecen en todas las listas tipo: Los cien libros que hay que leer antes de morir y tal. Como clásico indiscutible (esto lo digo una vez leído), era un libro que tenía en mente leer hace tiempo, pero que por dejarlo siempre al final de la lista de lecturas pendientes, nunca lo había hecho. Ahora me arrepiento de haber tardado tanto.


Se encuadra dentro del existencialismo (hablamos del significado de la vida, el ser humano y sus emociones, las tramas psicológicas y personajes perdidos), una corriente filosófica muy en auge en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. También ha sido calificada como drama psicológico o de intriga, e incluso policiaco (esto último yo no lo veo tanto).

Al margen de estas etiquetas, la novela es la historia de una obsesión detrás de la cual pueden existir varias interpretaciones. Cuenta en primera persona la pesadilla que supone la vida para Juan Pablo Castel, un pintor que se encuentra encarcelado por el asesinato de María Iribarne. El protagonista rememora los días en que conoció a la que fuera su amante, objeto primero de sus dichas y finalmente de sus desdichas. En su recuerdo, hace un examen exhaustivo de su romance.

Vemos que es un hombre absolutamente atormentado; vive en perpetua introspección. Un ser humano con una psicología obsesiva y de búsqueda constante de “alguien” que le saque de su angustiosa e insuperable soledad. Una persona que se siente extraña en un mundo que no reconoce ni asume.

Castel pone en María toda su esperanza cuando observa en una exposición que es la única persona que se ha dado cuenta de un pequeño detalle en un cuadro suyo: una mujer que observa el mar desde una pequeña ventana y que para él es lo más importante de la pintura; supone la representación de la soledad más absoluta. A partir de ese instante hará cualquier cosa por conocer a María a la que considera por “encima del resto del mundo”.

En su compleja personalidad, el protagonista pasará del amor al odio en cuestión de días al constatar, todo bajo su peculiar prisma, que María no es ese ser sublime que él había admirado una vez. Desde ese instante, su mente atribulada no hará más que desvariar por los infiernos más tortuosos hasta que decide asesinarla.

A lo largo de la novela asistimos a la convulsión interna del protagonista que llega a ser desquiciante y roza y llega a la locura y psicopatía. Pretende obtener respuestas a preguntas imposibles, sus pensamientos están en constante ebullición, su inquisitiva e insaciable personalidad no nos dan tregua en ningún momento.

La conclusión que él mismo extrae al final, es un reflejo desolador y claustrofóbico de como se siente y como ha sido siempre su vida:



En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esa muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles…



Es una de esas lecturas que te dejan huella y en estado de perplejidad e inquietud por la identificación-en parte, claro está-con el personaje.


sábado, 22 de abril de 2017

RELATO: BAILANDO EN LA OSCURIDAD






 Chica mala. Ella es lo que se llama en estos tiempos una chica mala. No porque se porte mal ni mucho menos, sino porque no sigue el estándar de la época. No le gusta que la adoren como a una virgen, quiere que la escuchen porque cree que tiene algo que contar. Por eso es tan silenciosa, no se fía mucho de  la gente. Puede que tenga sus motivos.

Va hacia él con andar desgarbado. Se ha puesto su nueva vaquera con forro de borreguito que está decorada con pines fosforitos en el bolsillo del pecho izquierdo. Balancea la carpeta arriba y abajo a medida que se acerca al chico.

Él es más bien delgado; le quedan bien los pantalones ajustados. Tiene cara de bueno, da la sensación de que tiene mucho que aprender, aunque nunca se sabe. Se saludan sin decirse nada, con un simple movimiento de mentón.

Alberto entorna los ojos intentando atisbar con qué grupo ha forrado la carpeta:

—¿Europe? —Trata de parecer natural, pero enseguida se percata de que ha tartamudeado un poco.

—AC/DC. —Ana le fulmina con la mirada, le parece incomprensible que haya podido cometer tal error.

—AC..., ¿no es demasiado para una... ? —No sigue. Corre el riesgo de quemarse con los ojos de fuego de la chica. Agacha la cabeza cual animal herido, pero ella no parece conmoverse. A todo esto le sigue un tenso silencio, que en un momento dado, parece difícil de resolver. El chico pone la mente en blanco y consigue rehacerse poco a poco:

—He traído la Rieju de mi hermano. Yo…tengo una Motoretta —dice un tanto apesadumbrado—, pero he pensado que podíamos ir a la playa. También le he birlado esto. —Coge del suelo un "loro" versión Titanic. Ella no se inmuta pero algo en sus ojos parece brillar.

—Guay —sonríe. Alberto acaba de darse cuenta de algo en su sonrisa que le había pasado desapercibido hasta ese momento. A pesar de tener una dentadura perfecta, tiene un colmillo que le sobresale un poco de la encía. Como si de un rayo se tratara, algo eléctrico le ha recorrido el cuerpo de la cabeza a los pies, dando paso a un temblor difícil de disimular.

En el viaje, el radiocasete está en medio de los dos. Ella se aferra a su chupa con seguridad, pero sin rodearle la cintura del todo. Sin embargo eso para él ya es el delirio. Inconscientemente en su mente se ha instalado Thunderstruck.



 Ana se baja de la moto y persistiendo en su silencio monotemático se dirige a la cornisa del acantilado. Ha sido idea suya pararse allí; Alberto la observa atónito. La imagen es poética y escalofriante a partes iguales: una persona al borde de la vida. Le recuerda un cuadro que ha visto recientemente en un libro… El viajero contemplando… algo.

Pocos minutos después llegan a la playa. Están de pie mirando el mar. A ambos les ha quedado claro que a ninguno se le da bien las palabras. Ana le da al play del radiocasete, tiene curiosidad por saber que música habrá traído él para la ocasión, Mecano quizás…

Al principio se queda quieta sin comprender. Luego sonríe y le mira con dulzura. Comienza a mover ligeramente las caderas. Mientras Bruce canta “No puedes comenzar un fuego sin una chispa. Yo estoy dispuesto a quemarme aunque solo estemos bailando en la oscuridad”, Alberto no deja de pensar en ese colmillo sobre sus labios.


miércoles, 19 de abril de 2017

CINE: MATAR A UN RUISEÑOR.


MATAR A UN RUISEÑOR (1962)

Robert Mulligan (Nueva York 1925, Connecticut 2008)





Si hay algo en lo que todo el mundo está de acuerdo al visionar esta película, es en la sensación de haber presenciado una historia sin igual con uno de los protagonistas más inolvidables del Cine con mayúsculas; ese ser humano excepcional que interpreta Gregory Peck, y que independientemente de circunstancias personales mejores o peores, encarna al padre perfecto que a todos nos hubiera gustado tener.

Matar a un ruiseñor es la espléndida adaptación en película de una novela ya de por sí maravillosa como era la escrita por Harper Lee (Premio Pulitzer en 1961), su primer y único libro editado hasta 2015 el año en el que, de forma inesperada, se publicó una especie de secuela que suponía Ve y pon un centinela y que, curiosamente, Lee habría escrito con anterioridad (yo no la he leído, prefiero quedarme con la historia tal y como acaba en la primera parte).

La película recoge la esencia de lo que es la novela. Narra la vida de dos niños en la Alabama de los años de la depresión norteamericana, en el momento en que su padre, el abogado viudo Atticus Finch, decide defender a un hombre negro acusado injustamente de violación. Época en la que los prejuicios racistas estaban a la orden del día y en la que apenas se podían ofrecer unas mínimas garantías ni un juicio riguroso a la población negra que vivía totalmente excluida. Este abogado tendrá que hacer frente a la multitud recelosa y a sus vecinos, que son incapaces de entender su postura.


Finch protegerá desde una posición nada cómoda la integridad de este hombre. Mientras, sus hijos, asistirán a lecciones de vida que su padre les dará, no siempre con sus palabras y muchas veces con sus actos. Sentirán admiración por él. Atticus no es muy hablador pero sus palabras serán autenticas enseñanzas. Cada vez que Gregory Peck sale en pantalla nos ofrece todo un alarde de como se hace una gran interpretación, y llenará tanto la pantalla, que su sola presencia bastará para que solo atendamos todos y cada uno de sus gestos.



La vida es observada a través de los ojos de un niño, luego hechos cotidianos sin importancia, estarán en perfecta simbiosis con los trascendentales temas sobre los que versa la película: la intolerancia hacia lo diferente, el racismo, la valentía de defender lo que se considera justo, el coraje de mantener los principios de cada uno… Todo nos llevará a un desenlace cuyo clímax será el juicio final que se desarrolla en una abarrotada y tensa sala.



Es una película tierna y sensible. Un alegato a favor de la honradez del ser humano, de la sencillez, del autocontrol a pesar de la rabia. Nos deja un poso agridulce, pero de creencia en la nobleza de hombres y mujeres que se arriesgan, de que -a pesar de todo- se ha hecho lo correcto, que no es poco (la escena en la que la comunidad negra se pone de pie en la sala ante la salida de Atticus y alguien dice “Pónganse de pie niños, que está pasando su padre”, es de poner los pelos de punta).

A parte de Gregory Peck, la película está interpretada con mucha naturalidad por los niños Mary Badham (Scout Finch), Phillip Alford (Jem Finch) ,y el curioso amigo de los hermanos,  John Megna (Dill). También supondría la primera película de Robert Duvall (ay, ese Boo Bradley) 




 “Atticus había dicho una vez que nunca se conoce realmente a un hombre hasta que uno se ha calzado sus zapatos y caminado con ellos"

Después de ver esta película ya no seremos los mismos, es más, muchos querrán ser como Atticus, pero ¡ay compañeros!, eso hay que ganárselo.



sábado, 15 de abril de 2017

RELATO: DESPROPORCIÓN








En este juego que iniciamos hace unos meses, había algo que no me cuadraba, un desequilibrio. Si bien es cierto que todo fue de mutuo acuerdo y que incluso redactamos un simbólico contrato en el que aceptábamos cláusulas delirantes y una libertad de acción que incluía de todo excepto el dolor, también es verdad que las cosas tienen un límite, un freno. Un cerco que tú y yo traspasamos hace tiempo. Sobre todo tú.



Tú y la maldita rutina.

Nos conocimos hace diez años en ese mundo idílico que representa la cafetería de la universidad. Cero responsabilidades, cero control, todo pasote y carpe diem. Eras la viva imagen de la felicidad: con tu pelo largo y brillante, tu disfraz de hippie un poco trasnochada y tu aire de me-importa-todo-una-mierda-mientras-tenga-algo-para-fumar.

Me enamoré de tu dejadez, de tu desgana, de ese postureo de autodestrucción que no se creía nadie, de tu atolondrada ingenuidad. Lo que tú viste en mí fue un enigma; aunque más tarde he ido atando cabos. No podías mantener una vida tan anárquica sin alguien que representara lo opuesto: yo, el empollón, el de familia pudiente, el que iba para abogado de prestigio. Lo disfrazaste de amor fatal, de algo que no podías evitar, me querías sin quererlo.

Luego nos casamos. Dejaste los estudios, decías que aquello era demasiado rígido para ti, demasiado académico (no se te ocurrió pensar que estabas en la universidad), que tus sueños estaban en otra parte, que te ayudara a encontrarlos. Dos lustros después los seguíamos buscando. Fuiste a clases de pintura; empezaste a escribir novelas eróticas; estuviste en un centro de meditación; volviste a escribir, esta vez poesía; aprendiste a bailar la danza del vientre…, realmente estabas perdida.

Pero yo te quería. Nunca he tenido una gran vida interior, mi mente no iba más allá, con estar contigo me bastaba.

Para ti no era suficiente. Te empezaste a quejar, querías más vida, nuevas ilusiones, nuevos riesgos. La monotonía podía contigo.

Intentaba coger vacaciones si el trabajo me lo permitía. Durante quince días estabas entusiasmada. Pero después, cuando volvíamos de algún sitio exótico, según el moreno iba desapareciendo, volvías a las andadas.

Entonces comenzaste a maquinar la historia. Lo llamaste “jugarretas”.

La mecánica del juego era muy sencilla. Me la explicaste un día que habíamos tomado dos copas de vino, y al principio no me lo tomé muy en serio (enseguida vi que lo era y mucho). Se trataba de darnos pequeñas sorpresas que no fueran muy agradables, de dar un poco de marcha a la vida, de dejar las tonterías a un lado. Dijiste que de lo contrario la desidia se convertiría en aburrimiento, y el día a día en una decadencia insoportable. Querías volver a “sentir”. Nada de joyas ni viajes con encanto. Eso se había acabado.

La cosa empezó con pequeñas tonterías escatológicas sin importancia. Un día pisé una caca de perro que habías dejado en la cocina, y yo me vengué tirando una bomba fétida en el baño mientras te duchabas. Te partías de risa con una toalla alrededor de tu cuerpo, y hacías arcadas impostadas. A mí me gustaba verte feliz.

Otra vez desperté con unas esposas atado a la cama y con muchas lagunas en mi cabeza. Me confesaste que habías disuelto tres ansiolíticos en mi bebida de la cena. Después, celebrando nuestro aniversario en uno de los mejores restaurantes de la ciudad, te dije que me dieras un beso; al acercarte abrí mi mano y te soplé en plena cara dos sobres enteros de polvos pica pica. Se te puso la cara roja, no dejabas de estornudar. Pero lo peor es que tuviste una extraña reacción y empezaste a tener problemas para respirar. Acabamos en urgencias. Me asusté seriamente y quise dar el tema por zanjado. Estabas intubada pero aún así me obsequiaste con una sonrisa de lo más irónica. Tenías claro que querías tener la última palabra. 

Un día llegué a casa y no estabas, me pareció raro. Sabes que tengo la curiosa costumbre de desnudarme cada vez que voy al baño, es una especie de manía. Estaba sentado en el váter con un libro, cuando escuché un extraño siseo, un ruido sibilino proveniente de la bañera. Al descorrer la cortina ahí estaba: una culebra de medio metro. Tiré el libro y salí de allí pitando; te recuerdo que estaba desnudo…, tuve que suplicar a la vecina que me abriera la puerta, pensaba que me había vuelto loco. Desde su casa, muerto de la vergüenza, llamé a la protectora de animales. Dos horas después y el vecindario ya calmado, llegaste a casa como quien viene de trabajar, agotada y sin ganas de hablar. Todavía me pregunto de dónde la sacaste…, y lo más inquietante, ¿por qué una víbora? ¿Aquello no excedía las cláusulas del contrato?

Esta situación tan espeluznante, hizo que renaciera en mí la rabia que creía se había esfumado y pasé al contraataque. Pero mis bromas tenían la característica de que, a pesar de ser más “inocentes”, acababan siendo peligrosas. Simplemente sustituí el contenido de tus cremas hidratantes para el cuerpo por cola para madera. Pensé que con una simple ducha se te iría. Saliste del baño con las piernas blancas y la cara de espanto. Tuve que rebuscar en la basura para encontrar el bote…, me había equivocado al comprarla: era cola de contacto. Intentamos de todo; estropajo, quitaesmalte, alcohol… y algo más. Al final logramos quitarla, pero te salieron unas ampollas espantosas como consecuencia de las quemaduras de segundo grado que te provocaron los productos que utilizamos. Otra vez acabamos en el hospital. Esta vez no me mirabas de soslayo, estabas ensimismada con la mirada furiosa centrada en el techo de la habitación de la UCI.

Siempre te ha gustado mucho el cine. Más bien las historias escabrosas.

Buried era tu película favorita.



Rememoro nuestra vida ahora que estoy en completo silencio y en la oscuridad más absoluta. Sé que has vuelto a echar algo a la bebida, ya que me he despertado metido en una especie de caja de madera. Creo que estoy en el sótano, espero que no se te haya ocurrido enterrarme bajo tierra… Aún así me tienes desconcertado, has necesitado ayuda, pero ¿quien se habrá prestado a algo así?  Por otra parte, sé que tarde o temprano vendrás a sacarme, pero aunque no soy consciente del tiempo, debo de llevar horas metido aquí. Empiezo a tener una sed terrible. Al principio, cuando desperté, pensé en mi próxima venganza, y estuve dando vueltas a la cabeza acerca de las últimas películas que habíamos visto…, pero después del tiempo que llevo aquí… DEFINITIVAMENTE se nos ha ido de las manos, voy a tener una seria charla contigo, esto no puede seguir así.

La sed se está volviendo insoportable, no se te ha ocurrido dejarme algo de beber o de comer. Tendré que esperar un poco más.

Pero sé que vendrás, siempre ha sido así, siempre has vuelto…, estoy seguro que tarde o temprano escucharé ruidos, después  unos pasos y como abres la tapa de la caja mientras te carcajeas. ¿Cómo será? ¿Será el ruido de una llave abriendo un candado, o tendrás que hacer palanca para desencajarla? Y otra vez, ¿quién habrá sido tu cómplice?

Pero estoy seguro de que volverás, sinceramente creo que lo harás.

domingo, 9 de abril de 2017

RELATO: SALIX BABYLONICA





       

Te estoy observando desde mi ventana. Como cada día, susurro esas palabras que el viento te llevará. No las escucharás, pero te harán crujir de arriba abajo una vez más; o eso me imagino yo.

Me viene el pasado en recuerdos aislados; sin conexión unos con otros. La memoria de los niños es fragmentaria, y cuando nos hacemos mayores solo nos queda un reducto de aquello que fue. Sin embargo tengo una imagen vívida de tu juventud: fino y esbelto pero bien arraigado a tu tierra. Yo siempre he sido regordeta, por eso tenía fijación por ti. ¿Cómo serías al alcanzar la madurez? No me equivoqué…, fuerte y robusto, sí señor. Podía sentarme a tu lado sin temor a hacerte daño. Así pasábamos horas enteras.

Mientras sigo mirándote desde aquí, rememoro aquel hogar que construí entre tus brazos. Allí me sentía plena, sosegada. Era mi refugio, mi abrigo contra la intemperie, contra la destemplanza del exterior. Tú nunca has tenido la capacidad para burlarte de nadie, y aquello me gustaba. Mi sistema vital alcanzaba cotas inusuales, impensables en otras circunstancias. Mi cuerpo se caldeaba, el desvarío se atenuaba y el miedo desaparecía. Me asomaba al exterior y contemplaba a nuestros vecinos: “Buenos días, parece que se ha quedado buena tarde, ¿no le parece?”

Te hice un jersey de lana, de vivos colores, se lo vi a otro como tú. Te lo llevé cuando todo estaba oscuro, para que nadie me viera. Te lo puse y no te quejaste, qué va. Pensé que te iría bien las noches de frío intenso, de heladas implacables, a veces pienso que se me iba un poco la cabeza..., era un simple adorno. Un día te lo quitaron y lo desgarraron.  Apareciste con el torso herido y desnudo.  Pero aquello no hizo más que hacerte poderoso y renaciste con una fortaleza renovada. Te hiciste más y más fuerte. Fue en primavera.

Los años pasaron y con ellos la juventud. Todos los chicos de mi edad se fueron del pueblo. Mis padres murieron y mis hermanos vendieron la casa familiar. Un individuo veinte años mayor que yo la compró. Era viudo y quería compañía. Me casé con él; era la única forma de quedarme allí. Y también de estar a tu lado. Nunca tuvimos hijos. ¡Cómo pasa el tiempo! Hace ya cinco años que murió. Lo sentí, de verdad, era un buen hombre.

Ya no puedo visitarte como antes. Se me han anquilosado las articulaciones y tardo diez minutos en dar cinco pasos. Estoy bastante sorda y apenas duermo cuatro horas, pero hay un sentido que el tiempo me ha respetado moderadamente: la vista. Aunque sí que es cierto que la presbicia hizo acto de presencia hace muchos años, de lejos veo como un halcón. Para mí es una distracción ver la vida pasar.

Fue así como me percaté de tu enfermedad. Era un día soleado, lo que me permitió observarte mejor. Te vi disminuido, sin la envergadura de otras épocas y con falta de vigor. Aquello empezó a preocuparme seriamente. Sobre todo porque nadie alrededor parecía darse cuenta, y yo sola no sabía que hacer. Aquel color, aquellas manchas…

Fui a ver a mi amigo Severino. Siempre ha sido un sabio para estas cosas. Le dije que no se andará con tapujos, quería la verdad. Y me la soltó a bocajarro, sin filtros: estabas condenado, no había nada que hacer. No había cura para tu enfermedad. Tu final se acercaba inexorablemente, era cuestión de tiempo.

Pasaba casi todo el tiempo en la ventana. Cuando ya no podía más acercaba una silla. Sabía  que tarde o temprano te llevarían, que te arrancarían de tu tierra, a la que otrora estabas tan aclimatado, esa que solo has conocido. Suponía que traerían un sustituto joven y dispuesto a echar raíces.

Pero poco después el destino quiso darnos una tregua. Sucedió un día de una luz extraordinaria; era verano. Los rayos de luz que atravesaban la ventana me invitaron a salir a tu lado. Con mucho esfuerzo y las muletas de mi madre, que había empezado a usar, comencé el recorrido que separaba nuestros mundos. Al llegar a tu lado, me senté en el banco, e intenté observarte sin sentir esa amargura que últimamente me desgarraba el alma. Fue cuando mire al suelo. Un pequeño retoño intentaba valientemente crecer a tus pies aferrándose a la vida, como tú una vez también hiciste y lograste. Un pequeño árbol semejante a ti, un hermoso sauce llorón. Tímido aún, pero en el que se intuía una gallardía como la tuya.

Ya sé lo que vamos a hacer, he hablado con Severino. Le transplantaremos a la colina que hay a las afueras del pueblo, allí podrá crecer libre y fuerte. No podré visitarle tanto como a ti, pero sé que estará bien vigilado.

Seguiré aquí contigo, querido amigo. Mientras las fuerzas me lo permitan no dejaré de velarte. Soy vieja, sí, pero tengo algo, un bien, un tesoro que nadie puede comprar. Y es que, ¿quién puede presumir de un amigo tan fiel como tú?


viernes, 7 de abril de 2017

LIBRO: BETTÝ de ARNALDUR INDRIDASON


BETTÝ (2003)

Arnaldur Indridason (Reikiavik, 1961)




Mucha gente se pregunta como siendo los países nórdicos una región con una tasa de criminalidad tan baja, han tenido tanto auge en los últimos tiempos los libros de temática negra provenientes de allí. Y es que el tema es curioso, para que lo vamos a negar.

La primera vez que leí un libro de estas características, fue Los hombres que no amaban a las mujeres del sueco Stieg Larsson que suponía la primera entrega de lo que más tarde sería su famosísima trilogía (el pobre no pudo saborear las mieles del éxito ya que murió prematuramente). Me leí estas tres entregas con avidez (salvo la última parte de la tercera); reconozco que estaban muy bien escritas y perfilaban un interesante personaje femenino como era el de Lisbeth Salander.

Aunque siendo fieles a la verdad, antes de este boom ya existía un gran escritor de género negro, Henning Mankell, creador del inspector Kurt Wallander, que a mí me cautivó por su humanidad y sensibilidad. Después, me encantó la serie producida por la BBC que adaptaba sus casos y en la que Kenneth Branagh interpretaba admirablemente a Wallander.

También me gustaron varias novelas que leí de la pareja formada por Maj Sjöwall y Per Wahlöö, conocida allá por los años sesenta y setenta cuyo protagonista era el inspector Martin Beck.

Hoy en día hay el escritor que más me interesa y al que suelo acudir de vez en cuando, es el noruego Jo Nesbo que ha construido un detective atormentado y sombrío, Harry Hole, y cuyas novelas, además de estar escritas de una manera espléndida, tienen historias complejas y muy bien ambientadas.


Arnaldur Indridason es un escritor islandés del que no había leído nada hasta ahora. A pesar de que sus libros parece que se venden como churros, nunca me había adentrado en el universo del inspector Erlendur Sveinsson y eso que muchos lo ponen a la altura del mismísimo Mankell.

Como me daba un poco de pereza engancharme a otra saga policial (sigo ya unas cuantas, corro el riesgo de convertirme en una experta en criminología), escogí una historia cortita, en el que Indridason deja de lado al protagonista que le dio la fama y nos introduce en un mundo de avaricia y juegos perversos.

Es difícil decir algo de este libro sin desvelar su contenido. El escritor juega a hacer trampas con nosotros (sobre todo con nuestros prejuicios) y hacia la mitad hay una sorpresa que a muchos les pillará desprevenidos.

De lectura fácil, es una novela intensa, con diálogos rápidos y con una temática sencilla pero elaborada. Sus protagonistas principales son una mujer fatal (no hay más que ver la portada del mismo), la ambición y la manipulación y sus secundarios, el amor y la obsesión. Su novela más “americana” según desvela el mismo autor, pero ambientada en Islandia, lo cual no es fácil de conjugar.



Desde mi celda, pienso en ella, en Bettý, tan bella, tan libre…

Debería haber entendido las señales de peligro.

Debería haber entendido mucho antes lo que pasaba.

Debería, debería, debería…

Recuerdo toda nuestra historia desde la primera mirada y descubro lentamente cómo mi culpabilidad parece indiscutible, pero sé que no soy culpable.



Tiene 231 páginas y se puede leer en un día o dos como mucho. No voy a decir eso de que es “una novela ligera y sin pretensiones” porque creo que es algo más que eso, y porque cada vez me gusta menos esa frase. Entretener es una pretensión más que legítima, y con el tiempo entiendo menos la diferenciación entre literatura seria y literatura “para vacaciones”; igual que tampoco me gusta la diferencia entre la literatura escrita por mujeres y la escrita por hombres hoy en día.  Pero bueno, eso es otra historia.

martes, 4 de abril de 2017

MICRO: DESTINO




DESTINO



Cuando no me queden sitios a los que acudir

y un suspiro apague la vela del último refugio,

soñaré las vidas que se descolgaron hacia la mitad,

encenderé las llamas que apagaron la muerte y la penumbra,

cogeré todos los trenes que salgan al atardecer,

y al romper el día,

entre las grietas de la muralla,

esperaré.





Finalista en el Concurso de Microrrelatos (ligeramente modificado) organizado por la Fundación Agustín Serrate de Huesca en el mes de julio de 2016.




domingo, 2 de abril de 2017

EUROPA: PRIMERA PARTE.


 Hace unos meses tuve la suerte de ganar el IV Concurso de Relatos de Románico Digital organizado por la Fundación Santa María La Real de Aguilar de Campoo. El tema tenía que estar ambientado de alguna manera en la Edad Media y no sobrepasar las seiscientas palabras. He de decir que soy una apasionada de la Historia.
Mi relato se sitúa a finales de siglo VIII. Carlomagno será coronado emperador de un imperio prematuro y breve, el Carolingio, que abarcará buena parte de la Europa actual. Antes, habrá sometido y evangelizado a varios de los pueblos paganos que ocupaban estar tierras.
Una de esas tribus fue la de los sajones que, caracterizados por su ferocidad, no se dejarán abatir fácilmente.
El premio eran 400 euros a canjear en productos y servicios de la Fundación. Esto me ha permitido pasar unos días en Palencia y conocer gran parte del arte Románico que está situado en esta provincia. También hacerme con una enciclopedia impresionante sobre este arte en el País Vasco.
Sin más os dejo con el relato, espero que os guste.


   

EUROPA: PRIMERA PARTE

Podrán matarme, pero nunca podrán hacer que crea.

         Esperamos resignados. Han sido treinta años de combates sin tregua.          Derramando sangre y mordiendo tierra. Treinta años de locura.

         Vinieron aquellos "hombres de paz", empeñados en que abrazáramos su religión. Esa que solo reconoce un dios, el señor Jesucristo, al que hay que temer y por el que hay que luchar. Nos metían la cabeza en el río Elba mientras pronunciaban discursos incomprensibles. Le dicen bautismo. Nos llamaban infieles y adoradores del diablo; ellos sabrán qué quieren decir con eso. Y pronunciamos el juramento, pero no cumplimos con la palabra, nunca nos rendimos. Su intención era usar todas esas artimañas para someternos. Para que ese que llaman Magno, rey de los francos, nos pusiera de rodillas bajo su dominio. Pero nosotros no somos como los demás. Somos sajones, salvajes y feroces,  un pueblo libre. Somos implacables, recios, no les tememos. ¿Acaso no nos llaman bárbaros? ¿Acaso no les hemos hecho sufrir a ellos también? La muerte vendrá pero antes nos habremos enfrentado mil veces, habremos perseverado tiñendo de rojo cada una de las batallas. Con su sangre y con la nuestra. Sus espíritus vagarán por nuestras tierras sin el descanso eterno que esperan. No lo tendrán después de haber destruido el santuario de Irminsul, nuestro roble sagrado. ¡Cuántas veces acudí a venerarlo en busca de la fortaleza necesaria para afrontar las contiendas!

         Escucho gritos a lo lejos..., pero sé que no es debilidad, es ira, es furia contra el enemigo. Ojalá tuviera una espada en la mano, esa que me ha sido arrebatada. Por lo menos tengo el consuelo de haberla usado hasta el final.

         Han llegado a mis oídos todo tipo de murmuraciones. Se habla de concesiones, e incluso de rendición del que ha sido nuestro jefe, Widukind. No puedo creerlo, no quiero creérmelo. Él, que siempre ha alentado cada una de nuestros enfrentamientos. A hierro y fuego. A sangre y odio. No puedo imaginármelo clavando las rodillas en el suelo, claudicando, honrando a su dios.

         Me tiemblan las piernas, debe de ser el frío... Los aullidos se escuchan cada vez más cerca. Me han atado las manos con cuerdas a la espalda. Están entumecidas, apenas las siento. Creo que tengo los ojos hinchados por los golpes. He escupido dientes. Intento pensar en algo que me lleve a otro lugar, pero no lo consigo. Sufrir y berrear como los cerdos. No nos queda otra.

         La voluntad me abandona, no he de dejarla marchar. Después se irán la honra, la dignidad y el orgullo. Observo a mi vecino, es su hora...., está llorando como un niño. Intento gritarle para que no se abandone, pero no me sale la voz. Después un golpe seco y el silencio.

         Están frente a mí. Cuento las piernas, son dos. Estoy sentado e intento enderezarme. Me empujan y vuelvo a caer. Escucho carcajadas. Levanto la mirada. El sudor surca mis ojos y no consigo ver. O quizás son las lágrimas de rabia que estoy intentando retener las que me lo impiden. No debo mostrar flaqueza..., no puedo, mis ojos expulsan el agua y me atraviesan la cara como pequeños arroyos, llegan a mi boca, noto su sabor salado y el escozor por el contacto con las heridas... Me cogen del pelo e intentan bajarme para poner el cuello en bandeja al verdugo. Me resisto, su mano se queda con un mechón de pelo. Me pegan, me escupen, me insultan. Me matarán a patadas, pero jamás, jamás verán mi cabeza rodar por la tierra que me vio nacer.