jueves, 14 de junio de 2018

RELATO: LA ESCENA.






La mujer cogió el dinero. Eran doscientos euros por una semana de trabajo con posibilidad de prorroga; no es que fuera mucho, pero lo que tenía que hacer no requería grandes esfuerzos: una mínima caracterización, unos minutos y un personaje sin palabras. Antonio vio en sus ojos que aquello le parecía una idea estrafalaria, pero también que ella estaba dispuesta a aceptar cualquier cosa. Y él, había llegado a un punto en su vida, que todo lo que pensaran cerebros ajenos le daba completamente igual.

Ella guardo los billetes en su bolso sin contarlos. “No son buenos tiempos para los actores y actrices de teatro” dijo luego sin venir a cuento. Repasaron de nuevo la escena, que de tan sencilla resultaba grotesca. “Bien, bien” dijo Antonio al final, “y por favor…, la coleta, no se olvide de la coleta”. Aquello se lo había repetido tres veces; repetirle lo que venía a continuación le resultaba más violento “Y…él, tampoco se olvide de él” comentó señalando una cuna vacía. Ella le miró inquieta. “Oh, disculpe” añadió Antonio y acto seguido cogió un rebujo de mantas que había en la cama y lo depositó en la cuna. De aquella madeja sobresalía tímidamente una cabecita calva de plástico duro y tono rosado.

Antonio cogió al perro y dejó a la mujer sola en casa. Estuvo dando vueltas por el vecindario, quería darle tiempo a prepararse. Intentó no pensar demasiado e intentar dejarse llevar por las sensaciones, últimamente le había dado buen resultado. Las ensoñaciones habían desplazado a la realidad y habían encontrado un hueco que rellenar, haciendo la vida un poco más asimilable. De ahí que aquella idea hubiera brotado como una rama de árbol a la que asirse. Miró el reloj, había pasado media hora, le pareció suficiente.

Se sentó en el banco que daba a la fachada de su casa, como tantas veces había hecho, y esperó. Su piso era el tercero y allí situó la mirada. A los cinco minutos empezó a impacientarse, pero de pronto se encendió la luz del salón. Un recuerdo en forma de aguja se le clavó en el corazón. La sombra de la silueta de una mujer con coleta se proyectó en la cortina. Antonio contuvo la respiración, tenía algo entre sus brazos…, era el bebé. Ella empezó a acunarle suavemente; después, con más viveza, le alzó hacia arriba mientras le hacía arrumacos y gestos con la boca. Volvió a bajarle y le dio un beso en la frente. Y otra vez el vaivén en su regazo. Así pasaron unos minutos.

Después la sombra desapareció de su panorámica y Antonio cerró los ojos. Justo cuando el reloj del parque marcaba las diez en punto, la luz se apagó.


domingo, 10 de junio de 2018

LIBROS: LA MUJER EN LA VENTANA-MAR BLANCO-YA NO EXISTEN JUNGLAS ADONDE REGRESAR







LA MUJER EN LA VENTANA (2018)

A.J. Finn (Nueva York)


Al leer esta novela he tenido la sensación una vez más (una entre muchas) de déjà vu. Cuando una historia ha tenido éxito y se ha convertido en un best seller (término que no es malo en sí mismo), se suceden una serie de novelas que quieren contener la misma esencia, repiten los mismos perfiles protagonistas, el mismo ritmo narrativo. Desde que leí a la genial y retorcida Gillian Flynn en Heridas abiertas y sobre todo en la maravillosa Perdida, he tenido la ocasión de tener entre mis manos dos o tres novelas que siguen en mayor o menor medida este patrón de manera vaga pero identificable. Me pasó con la entretenida sin más La chica del tren y me acaba de pasar con La mujer en la ventana. En concreto, en estas dos últimas novelas, quitamos un poco de allí y ponemos un poco de acá, y tenemos a una mujer protagonista cuyo pasado fue más o menos agradable con algún que otro problema, y su presente es caótico y se haya a la deriva. Todas sus circunstancias las ahoga en alcohol (mucho alcohol), y llega un momento en que es testigo de un hecho espeluznante pero inverosímil para los que la rodean.

En principio no sabemos muy bien que ha pasado con Anna Fox, pero el caso es que actualmente vive sola en un apartamento de Nueva York con una incapacitante agorafobia. Una situación provocada por un pasado reciente que cuando asoma la patita resulta previsible de tan mascado. Se dedica a espiar a sus vecinos, y esto un día le lleva a observar un suceso escalofriante (la referencia a La ventana indiscreta de Hitchcock es tan evidente, que hasta el escritor se lo hace reconocer a la protagonista). Es cuando se desata la tormenta y el escritor nos lleva por un juego de realidad y alucinación que al final se desentrañará.

El ritmo es ágil y trepidante, es lo que se suele decir en estos casos. Se lee en un pis pas a pesar de ser un tochaco, pero realmente te llegas a plantear en muchos casos si realmente está pasando algo o estás perdiendo el tiempo. Eso lo decidirá el lector cuando acabe la novela. Lo que más me ha gustado es que la protagonista es una adicta al cine clásico de suspense y novela negra. En este sentido, las constantes referencias al tema hacen la novela más agradable en algunos momentos. Un thriller psicológico (je, je) de manual, con una campaña de publicidad increíble (los calificativos a la excelencia de la novela tanto en la portada como en la contraportada, solapa y contrasolapa son incontables) que tiene cosas buenas, cojea en otras, y poco más, la verdad.



MAR BLANCO (2018)

Claudio Giunta (Turín, 1971)



Tres jóvenes florentinos desaparecen en las islas Solovskí, una zona climatológicamente hostil al norte de Rusia, cerca del Mar Blanco. Habían acudido allí a colaborar en la restauración de un monasterio, proyecto financiado por la UNESCO. El lugar también fue en su día, el escenario para el establecimiento de los escalofriantes gulags del antiguo régimen soviético.

Dadas las condiciones del lugar y a falta de información, tanto la policía italiana como la rusa están a punto de cerrar el caso y considerarlo muerte accidental. Pero el periodista freelance Alexander Capace, viendo algún hilo por donde tirar, decide hacer una investigación por su cuenta desplazándose al inhóspito enclave.

Se ha hablado mucho de que esta novela tiene reminiscencias de El nombre de la rosa y he de decir que nada que ver, salvo que la narración tiene un monasterio como coprotagonista. Creo que la brillantez y la complejidad de un clásico como es El nombre de la rosa, es difícil no ya de superar, sino de igualar.

Esta novela es una historia bastante original e interesante que se debate entre el misterio de la desaparición de los jóvenes y la crisis existencial que está viviendo el protagonista. Él es un treintañero, que no acaba de despuntar en su trabajo, que está a punto de divorciarse, y que no sabe cómo redirigir su vida. Es de esos libros donde el suspense tiene un protagonismo a veces secundario, sobre todo cuando se para a dibujar la sociedad (en muchos casos de la clase alta florentina) o realizar retratos psicológicos, como el que hace de la madre de Enrico, uno de los desaparecidos, que me ha parecido de lo mejorcito de la novela. También la evolución del protagonista principal, muy alejado al principio de los chicos desaparecidos, y que comienza a sentir un acercamiento e identificación hacia ellos, sobre todo a raíz de la lectura del diario  de Enrico. Descubrirá una personalidad no tan alejada de él mismo y que le hará obsesionarse aún más con la historia.

Un relato donde pasado y presente se entremezclan, en una ambientación poco habitual en la novela negra y que hace aún más inquietante el desarrollo y desenlace del enigma. Pero sobre todo es una búsqueda del propio ser a través de acontecimientos que se van sucediendo y que son a veces como puzzles que van forjando la identidad del protagonista.



YA NO QUEDAN JUNGLAS ADONDE REGRESAR (2017)

Carlos Augusto Casas (Madrid, 1971)


Esta es una de las novelas que más me ha sorprendido de las últimas que he leído. No estoy muy familiarizada con ciertas etiquetas que se le dan al género, pero en el prólogo se la califica como una hard boiled. Desde luego, después de leer la novela, encaja perfectamente en este estilo: sexo y violencia a cascoporro  como hilo conductor. Y todo sin remilgos, ni delicadeza, ni filtros. A bocajarro. Con lenguaje obsceno y provocador. En este sentido, me recuerda mucho a un libro que leí hace poco, que me encantó y que recomiendo (dentro de este contexto, eso sí) que es Sesenta kilos de Ramón Palomar.

Tengo que reconocer que me sorprendo a mí misma muchas veces en mis gustos y más teniendo en cuenta que el otro día hice un test en Internet (¿por qué, Dios mio?), y me salió que era una PAS (persona altamente sensible), y por lo tanto no proclive a estas lecturas y tal… Bueno será que la incoherencia y la contradicción son otros de los rasgos de mi personalidad.

Volviendo al lío, la narración es una historia de venganza, casi épica. La de un anciano Teo, el gentleman, que decide ajustar cuentas con los asesinos de Olga, una prostituta con la que le gustaba charlar y pasar la tarde. Con poco que perder y este objetivo anclado en su cabeza, iniciará un recorrido de destrucción y muerte al más puro estilo Tarantino. La novela tiene unos secundarios sorprendentes, como es ese sicario que tras su trabajo vuelve al hogar con su familia feliz de clase media, o esa inspectora nada estereotipada que deja mensajes de voz en el móvil de un marido que no acaba de regresar a casa.

Violencia, soledad, humor y excesos cohabitan en esta novela corta que se lee en un suspiro y tiene vocación de minoritaria, lo cual me lleva a la conclusión de siempre con la que todo el mundo no estará de acuerdo: me encuentro más a gusto en ese mundo peculiar y con personalidad que no busca gustar a todo el colectivo o masa en general. Y también me lleva a una reflexión al margen de estas novelas y que cada vez tengo más clara, y es que el entretenimiento también es calidad (lo que mi cabeza asume como calidad). Últimamente no concibo el uno sin la otra y la otra sin el uno.


domingo, 3 de junio de 2018

RELATO: SIETE MUNDOS Y UN FINAL.






Perro semihundido de Goya
(Pinturas negras)

Decidí mudarme a otro mundo de nuevo, craso error. Aquí las cosas tampoco van bien, está claro, y mi cuerpo lo sufre cada día más; mi biorritmo parece haber cambiado. Cada vez me acuesto más temprano y me despierto más cansada. Cada vez me topo con más personas y con menos caras amigables. O se han muerto, o se han ido a otro mundo; esto último es una equivocación como he podido constatar, volverán. Casi espero que se hayan muerto.

Solo salgo una hora al día de casa para comprar alimentos y gestionar lo indispensable. Llevo dos meses comiendo todos los días un plato de gambas al ajillo y un bollo de mantequilla. El perro—dieciséis años— siempre está tumbado y ya no quiere salir a hacer sus necesidades, se mea encima y solo se levanta para cagar en el balcón y comer algo del pienso revenido. A veces nos quedamos mirándonos como si fuéramos uno el reflejo del otro. Nos podemos tirar así horas e incluso días, hasta que el estómago comienza a rugir y entonces caliento las gambas precocinadas en el microondas.   

Han pasado semanas y todo sigue igual. Aunque hoy he tenido un pequeño contratiempo. En el supermercado no tenían gambas y me he puesto a llorar allí del disgusto; creo que ha sido por el cansancio. Los clientes me miraban incrédulos y la dependienta, intentando salvar la situación, me ha querido colar unos langostinos cocidos, pero no es lo mismo y se lo he intentado explicar, en vano. Estaba avergonzada por mí y miraba nerviosa de un lado al otro intentado encontrar al encargado. Pero saben que siempre compro lo mismo, podían tener la decencia de tener al menor stock en el almacén, tampoco pido mucho, creo. Al final el encargado, no sé como lo ha hecho, ha salido del supermercado y en diez minutos me ha traído el paquete de gambas. He suspirado tranquila. Podría sustituir el bollo por un croissant, pero las gambas, Dios las gambas, no.

Otra de las cosas que he dejado de hacer es leer, ya no me entretenía, siempre la misma basura previsible. Como se me averió la conexión a Internet y paso de llamar al técnico, ya no puedo mirar a mi gusto, así que me fío del bibliotecario; me fiaba, ya no le soporto. Me mira raro, con condescendencia, será porque debo de ser la única visitante. Su inútil cerebro me ha calificado como “una vieja solterona amargada a la que le van las noveluchas pseudoeróticas sin muchas ínfulas”. Adiós, muy buenas, pequeño millennial o lo que sea, a mí todo aquel que tiene menos de cincuenta me parece joven.

Y cada vez me acuesto más temprano y me despierto más cansada.

El otro día puse la tele. En el telediario una presentadora de aspecto encantador daba la siguiente noticia: un chico de doce años había leído en algún sitio que Lo importante está en el interior. Aquella noche había desarmado su Iphone de última generación. Las imágenes  mostraban a los padres entrevistados por una reportera, sonrientes y orgullosos de la ocurrencia de su retoño. Supongo que debe de ser muy satisfactorio tener un zoquete como hijo. Apagué la televisión.

Lo cierto es que he cambiado de mundo varias veces en los últimos meses. He tomado—hemos, mi perro y yo— siete pastillas de diferentes colores que nos han llevado a diferentes escenarios. Pero es una estafa, todos son el mismo: al principio un atisbo de felicidad, un átomo de esperanza, y luego, otra vez igual. Están ideados y diseñados por esos ingenieros contemporáneos del bibliotecario. No hay posibilidad de cambio para las personas como yo. Al final siempre me encuentro en la misma casa, en las mismas calles y a los mismos imbéciles. Todo es una ilusión ilusoria.

Recuerdo que todo fue a peor cuando quitaron la noche de los martes y los jueves. Dijeron que así se rendiría más y la gente tendría más tiempo libre. Al principio no me lo creía. ¿Era en serio? ¿De verdad iba en serio? ¿Quién controlaba los atardeceres?

Yo, que no rindo y tengo todo el tiempo del mundo…

Se podía ver a los chicos correr a las cinco de la mañana y los supermercados abiertos las veinticuatro horas al día. El barullo era constante, era insoportable. Pero realmente, cuando comenzó a agravarse mi insomnio fue cuando aquello se descontroló y las noches desaparecieron de forma aleatoria, sin seguir un orden establecido. Dijeron que era un fallo del sistema, el típico “fallo informático”. Al final todo fue un día constante. En estas condiciones, la gente mayor sufrimos mucho; la edad pesa, y eso se nota. El cuerpo se entumece y los nervios se disparan. Cada vez estoy de peor humor. A los animales les pasa lo mismo, lo he podido constatar. ¿Habrá ansiolíticos para perros?

Y me queda una última pastilla. Esa que te promete un viaje alucinante. La que no tiene marcha atrás, porque todo lo que ha podido vivirse ya se ha vivido y no hay octavas oportunidades. Pero aseguran que han dejado lo mejor para el final. Un contexto en el que soy la protagonista principal en la más absoluta soledad. Sin nadie a mi alrededor y con el control total de la sucesión de de las diferentes fases. Podría ser interesante. Y si no me gusta iré al Ponte Vecchio

El perro me mira con una ternura que fundiría al hombre de acero. No te preocupes, amigo, vendrás conmigo. Tú también tendrás tu final. Mi perro, yo, y nadie más. ¿Qué más puedo pedir a estas alturas?


domingo, 27 de mayo de 2018

CINE: APOCALYPSE NOW


APOCALYPSE NOW (1979)

Francis Ford Coppola (Detroit, 1939)


 

En 1979, y tras tres tumultuosos años desde el comienzo del rodaje, se estrenó en Cannes la que sería la película icónica de la guerra de Vietnam y obra maestra indiscutible de Francis Ford Coppola junto a la trilogía de El Padrino (bueno aquí si hay discusión, mucha gente la tercera entrega no la ve al mismo nivel que las dos primeras, yo tampoco).

Un complejo y tortuoso rodaje que le dio fama mundial al director pero que estuvo plagado de contratiempos y que casi le arruinó. “Mi película no trata sobre Vietnam. Es Vietnam”, diría el director en la rueda de prensa de la presentación de la película. 


Apocalypse Now está basada, de manera muy independiente y adaptada a este escenario bélico en concreto, en la novela de Joseph Conrad El corazón de las tinieblas en la que el escritor describe el tiempo que pasó en el Congo colonizado por Bélgica. También se cuenta que otra de las inspiraciones del director es La odisea de Homero, toma ya. Años antes, Orson Welles había intentado la adaptación de El corazón de las tinieblas sin éxito por falta de presupuesto.

En 2001 Coppola presentó (de nuevo en Cannes), la nueva versión Apocalypse Now: Redux, con material inédito y cincuenta y tres minutos mas de metraje que sería la versión definitiva de la cinta y que, según él, aportaba un nuevo enfoque: “…, es más sexy, mas divertida, más extraña, más romántica, y más intrigante desde el punto de vista político”.

“This is the end, my only friend, the end” (“Este es el fin, mi único amigo, el fin”). Suena esta canción de The Doors, mientras observamos a un devastado, descontrolado y obsesivo Willard (Martin Sheen) peleándose con sus fantasmas en una habitación de hotel de Saigón. Está viviendo en un estado de aislamiento, en una insoportable soledad, los estragos de la guerra, que le hacen llorar, beber y alucinar.



El capitán Willard es arrancado de este estado de semiinconsciencia para encomendarle una terrible misión secreta de inteligencia: tiene que encontrar y matar al coronel Kurtz en Camboya, un militar con un expediente brillante que parece haberse vuelto un loco, y que se ha convertido en un asesino despiadado al mando de un ejercito irregular (es decir mata “sin cumplir órdenes”, aquí ya observamos la doble moral en la guerra).

Willard deberá navegar río arriba en una odisea interminable, en busca de este hombre y acompañado de una tripulación que “son unos críos roqueros con un pie en la tumba”. Mientras en su travesía lee el expediente del hombre al que tiene que liquidar (y que comienza a admirar), nos encontraremos con escenarios que tan solo la guerra y sus horrorosos vericuetos puede albergar: un ejemplo es el destacamento del Teniente Coronel Kilgore, un tarado, surrealista y caprichoso personaje que es capaz de ordenar el bombardeo de un pueblo al son de La cabalgata de las Valkirias de Wagner por el simple hecho de querer hacer surf en su playa. “Me encanta el olor del napalm por la mañana”, dice este indescriptible personaje interpretado por un, impresionante sería poco, Robert Duvall. En esta parte de la película es donde más se pone de manifiesto lo absurdo de la guerra. 



A medida que remontan el río, la inestabilidad emocional de los personajes se hace cada vez más patente, tan solo la coraza de Willard parece indestructible. La película se hace cada vez más sombría. La locura cobra protagonismo.

Llegarán al campamento donde se encuentra el coronel Kurtz, rodeado de cadáveres y fieles acólitos, y su aura de misterio no hace más que aumentar la sensación de zozobra. Kurtz finalmente se mostrará como un hombre atormentado que desea la muerte.

Martin Sheen protagonizó de manera impecable un personaje complejo que en principio no estaba destinado para él: Al Pacino, Robert Redford o Jack Nicholson se negaron a protagonizar la cinta viendo las condiciones de rodaje. El desconocido Sheen se haría cargo de interpretarlo en un momento complicado de su vida, tanto es así, que sufrió un ataque al corazón durante el rodaje y casi muere. Por su parte, Marlon Brando, que interpretó al coronel Kurtz, fue incapaz de aprenderse sus diálogos y en su mayoría están improvisados por él mismo. Se cuenta que hizo casi insoportable a Coppola el tiempo que duró su intervención en la película. (Recordemos que solo sale al final, durante 20-30 minutos aproximadamente). Como anécdota: aparecen unos jovencísimos Harrison Ford y Laurence Fishburne (este último casi irreconocible). 



La película se rodó en su mayoría en la ciudad filipina de Pagsanjan. También en este sentido la película tuvo sus contratiempos, ya que al poco de iniciarse el rodaje comenzó la temporada de lluvias y un tifón acabó con gran parte de los decorados.

Apocalypse Now es un gran filme que nos habla de los efectos desastrosos de la guerra  sobre todo a nivel psicológico, algo que muchas películas ambientadas en Vietnam también intentaron retratar después, con mayor o menor acierto.

Temas como la locura, el deterioro y degeneración del ser humano en estas circunstancias, donde los vínculos emocionales entre las personas parecen no tener cabida, afloran como maldiciones en la historia. Como consecuencia de ello, la soledad en que acaban sumidos sus protagonistas y que se hace evidente en el capitán Willard, que no quiere volver a su país porque allí nadie le espera.

La película es un viaje hipnótico y de pesadilla, de disparate y de demencia. Contradictorio y sin remilgos. Ahonda en las profundidades del alma y más allá, donde pocos suelen llegar. Esa parte oscura y tenebrosa de la que luego es muy difícil salir.

Y al final solo queda el horror, el horror…

TRAILER de la película:


domingo, 20 de mayo de 2018

LAS AVENTURAS DE MARTINA


 Martina es un personaje muy especial, con una vida peculiar. Con estas primeras vivencias de su vida os lo doy a conocer. Aparecerá de vez en cuando, cuando así lo reclame, de manera discontinua en el blog.



Dicen que cuando nací expulsé una llamarada de fuego por la boca antes de comenzar a berrear. Una especie de luz infernal que chamuscó ligeramente los cuatro pelos de la matrona que tuvo a bien asistir a mi madre en el parto.
Ya sé que suena a fantasía barata salida de la boca de una vieja con pocas luces, pero he de decir que aquello me marcó la existencia durante bastantes años. La dragoncita endemoniada me decían de niña.
Esta leyenda, por llamarla de alguna manera, difícil de creer si hubiera tenido lugar en el seno de otro tipo de familia, en la mía fue acogida como la maldición que todos esperaban que recayera sobre mi madre, mujer liberada y libertina, envidiada y deseada en secreto por mujeres y hombres o viceversa, bella hasta decir basta, y perversa a su manera. Ya de pequeña apuntaba maneras; enemiga de la moderación y por tanto tendente a los excesos, era una seguidora acérrima y precoz de Epicuro de Samos a pesar de que sus oídos nunca escucharon nada acerca de escuelas filosóficas atenienses. Su búsqueda, sin pausas, de la vida feliz por medio de los placeres terrenales hacían de ella un ser especial, o cuanto menos, inaudito. Por poner un ejemplo: Un domingo, con tan solo cuatro años de edad, se escapó de la iglesia harta y aburrida de los sermones del cura. Se organizaron batidas para encontrarla durante todo el día. Cuando mis abuelos ya la dieron por perdida y se temía lo peor—incluso hubo varios señalados y un acusado, casi sentenciado y juzgado en el transcurso de dos horas— la encontraron ya al atardecer, sentada sobre las bragas y comiendo moras silvestres en el bosque contiguo al pueblo. Mi abuela, que ya intuía algo, la llevó a que confesara sus pecados, pero ella quiso dejar claro que su único error había sido comer demasiado y empacharse, que en lo sucesivo se guardaría de ser tan glotona. Imagínense a mi pobre abuela santiguándose, apurada y de rodillas junto a su pequeño diablo. El cura, don Alfonso, abochornado e intentando salvar la situación aludió a que, dentro del desastre, mi madre era conocedora de los siete pecados capitales, y que la gula no volvería a ser un problema para ella; qué equivocado estaba.
Apostando por la buena fe, la internaron en un colegio de monjas, que en aquel pueblo eran pequeños correccionales para mujercitas que se desviaban del camino correcto. Aunque, todo hay que decirlo, muchas de las que entraron supuestamente derechas, se torcieron en el transcurso de su estancia entre esas cuatro paredes, monjas incluidas. No en vano, mi madre aprendió a maquillarse gracias a una de las hermanas más jóvenes y con menos prejuicios, la famosa sor Clemencia. Y digo famosa, porque fue etiquetada en la familia como la precursora de todos los dislates de mi madre.
—Anda Martina, vete a comprarme la crema hidratante y la base de maquillaje. Si sobra, te compras un pintalabios, pero algo discreto por favor te lo pido, no vayamos a despertar rumores.
—Pero, ¿usted cree que Dios nos castigará por pintarnos la cara, hermana Clemencia? —Mi madre siempre fue muy directa para todo.
—Que quieres que te diga, hija. En el Antiguo Testamento, que es el que yo he leído, no se dice nada de eso, pero bueno, aquí hay unas normas y tenemos que respetarlas. Por lo menos tenemos que tratar de no transgredirlas demasiado, por si acaso.
Está de sobra decir que Clemencia no duró ni dos años en el convento. Y no porque la echasen, que motivos no faltaban según la mentalidad de la institución (“neocristiana”, según Clemencia) sino porque en una visita de unos familiares a una alumna, se quedó prendada del hermano de la misma. Una mirada furtiva y acto seguido estallaron fuegos artificiales. No es que el muchacho fuera un bellezón, ni tampoco la familia era de posibles, pero la lívido de la pobre monja, con veinte años y unas curvas imposibles de disimular debajo del hábito y que amenazaban con bambolearse en cualquier momento, estaba en la estratosfera. Se quitó el hábito en cinco minutos y en veinte ya había cruzado la frontera de la mano de su babeante y estupefacto enamorado con dirección a París.
Fue un escándalo en su momento y mi madre lloró lo indecible ante la mancha repentina de su maestra y mentora. Es cuando sus padres, mis abuelos, se percataron de la especial relación que tenían ambas. Después de aquello, mentar a Clemencia en mi familia era como invocar al mismísimo demonio. Eso sí, era un buen asidero al que agarrarse en los momentos más difíciles de la educación de Martina. “Si no hubiese sido por aquella monja del infierno que se  cruzó en su camino…”
La pobre Martina se quedó sola en el convento con once años de edad y la pubertad a punto de florecer.  Aparte de la peculiar amistad que la unió durante un tiempo a Clemencia, no tenía más amigas dentro, nunca gustó a las niñas ni a sus madres, que prevenían a sus hijas de los males que podría atraer y sobre todo de la reputación que podría acarrear semejante amistad. Se replegó sobre si misma, se volvió una niña triste y poco habladora. Incluso hubo algún momento que se llegó a pensar que había sido iluminada por la fe y que su alma estaba aquejada de las dudas típicas que se afrontan al dejar aparte el mundo terrenal para embarcarse en el espiritual. Pero aquello duró poco tiempo; mi madre no había venido a este mundo para que su cerebro cavilase o divagara en exceso. Ni tampoco para sufrir o pasar  grandes calamidades, y lo quiso dejar patente en todos y cada uno de sus actos. En pocos meses volvió a estallar el escándalo.
Gertru era una niña de una beatitud extraordinaria, un dechado de virtudes digno de mención en los discursos de las hermanas sobre comportamiento ejemplar y buenas maneras. Patrón a seguir por todas las discípulas, su fotografía lucía destacada en los anuarios que había en cada una de las clases. Gertru era inteligente, pero poco agraciada; estirada, pero ligeramente asimétrica; repipi y por lo tanto, insulsa. Todas estas características no le pasaron desapercibidas a Martina que, siempre sumida en un mundo paralelo al de los demás, no entendía muy bien esa predilección de las monjas por tal espécimen. Tuvieron que pasar muchos años para que mi madre entendiera bien muchas de las cosas que pasan en la vida. Solo en ese momento, asumió como era la realidad y supo como actuar: la metió en un baúl junto con los malos recuerdos y lo tiró todo al mar del olvido. Solo así pudo seguir viviendo a su manera.
Es curioso como ciertas mujeres pueden convertirse en enemigas por el asunto más insustancial. Algunos “expertos” argumentan que la naturaleza nos ha dotado en grado mayor que a los hombres de un rasgo mortífero, dañino y poco útil: la envidia. Esta cualidad, que muchas veces la calificamos como “sana” para limpiar nuestras conciencias, nunca es así, ya que siempre conlleva la necesidad de hacer daño, o por lo menos de deseos poco satisfactorios para el ser envidiado. Se preguntarán quién fue la envidiada en esta historia: Gertru o Martina. Han acertado.
No es que mi madre fuera tonta, ni por asomo, simplemente no tenía la capacidad para desarrollar su potencial en un mundo que al principio de su vida no comprendía. No fue educada para ello. Y sin embargo era rebelde y no aceptaba las cosas porque sí. Si juntábamos todo obteníamos un totum revolutum bastante curioso cuyo resultado era Martina.
Un día lluvioso de invierno, un grupo de jóvenes peregrinos tocó a las puertas del convento. Se habían extraviado en su viaje a Santiago y estaban hambrientos y empapados. Las monjas fueron reacias a acogerles en un primer momento ya que, al fin y al cabo, se trataba de hombres y aquella era una institución femenina que debía evitar ese tipo de amalgamas para evitar incidentes y sobre todo para guardar las formas. Pero alguna alumna lumbrera y alborotada que ya se había hecho una idea del panorama, aludió a los Evangelios (Mateo 25:35, Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis) y las pobres hermanas, mirándose unas a otras, no tuvieron elección e invitaron a los zagales a pernoctar en el corral junto a los animales.
En el comedor fueron cenando a turnos, primero los hombres y después las mujeres. Pero cuando el último grupo de chicos estaba por salir para ir al sitio de hacer noche, alguna hermana se despistó, y un terremoto encabezado por Martina y compuesto por diez mujercitas entró por la puerta. La hermosura de mi madre no pasó desapercibida entre las hormonas revoltosas y apremiantes y hubo silbidos, aplausos e incluso vítores a su paso. Mi madre tuvo a bien sonreír y muy altanera pasó de largo por el paseíllo que le habían hecho los mozos, y se sentó en su lugar de siempre. El resto de chicas fueron pasando, ya con menos fortuna y caras más serias, e incluso algún que otro enfurruñamiento y mirada insidiosa hacia mi madre. Pero el verdadero cataclismo llegó cuando le llegó el turno a Gertru que, pestañeando sin parar y con cara de haba, hizo el recorrido como las otras. Se hizo un tenso silencio que fue seguido de alguna risa burlona. Entonces un chico, un poco envalentonado por la situación dijo algo así como:
—Joder vaya bicho, de dónde ha salido…
Su frase fue fulminada por una ristra de carcajadas, que comenzaron los compañeros del valiente, poco después se les unió Martina, y ya más tímidamente, algunas alumnas.
Gertru que no sabía donde meterse y roja de la vergüenza, comenzó a llorar mientras todo esto sucedía. Las monjas intentaron poner paz a aquel escándalo y tuvieron que amenazar a los chicos con echarles si no paraban con aquel circo que estaban montando. Las compañeras de la ofendida, a las que no se les escapaba ni una, tuvieron a tiro el vengarse del palmeo que mi madre y no ellas había recibido poniéndola al frente de la conjura:
—La culpa la ha tenido Martina —dijo Mercedes, una de las veteranas y por lo tanto con más recursos para hacer daño.
—¿Yo? —contestó mi madre mirándola de refilón.
—Sí tú, has mirado a ese gañan —dijo señalando a un muchacho con ojos de besugo y cara de poco espabilado. —Cuando has pasado por su lado le has guiñado un ojo, soliviantando al gallinero.
—A ese mequetrefe, ¿por quién me tomas? —observó mi madre intentado arreglar la situación.
—¡Bueno, basta de insultos! —intercedió sor Clarisa. —Ahora mismo que estos jóvenes cojan sus cosas y a la corraliza.
Los jóvenes pensando que aquello les podía acarrear una noche a la intemperie, recogieron sus hatillos y petates y sin hacer el más mínimo ruido salieron del comedor.
—Bueno y ahora, me vais a decir que es lo que está pasando aquí. —La voz de sor Clarisa sonaba grave, ceremoniosa y retumbaba en la estancia como un eco premonitorio.
—No ha pasado nada hermana. —comenzó mi madre—Solo que cuando ha pasado la cacatúa, un chico la ha insultado. —dijo señalando a Gertru.
Aquellos imberbes causantes de todo aquel barullo, no fueron conscientes en ningún momento de las consecuencias que acarrearía su breve pero intensa estancia en el colegio. Mientras ellos se alejaban por los caminos inescrutables de Dios, lejos ya el temporal de lluvia pero no la tormenta colegial, Martina era enviada al cuarto negro de los silencios tras una ajetreada noche de insultos y reproches entre las alumnas, capones y collejas por parte de las monjas a las mismas y reprimendas de la Madre Superiora a todas por no haber sido avisada de la visita masculina.
Al final intentando simplificar la situación y sopesando que castigo o lección le iba a ser menos escandaloso al centro, optaron por lo fácil: acusar a mi madre de despertar la ira entre las chicas y de ser la tergiversadora de todo aquel asunto.
Cuando todo esto se puso en conocimiento de mis abuelos, se santiguaron una vez más e incidieron en la necesidad de correccionales hacia su hija, dando vía libre a las santas hermanas.
Martina estuvo siete días con sus siete noches a pan y agua, durmiendo en un suelo sin colchón con un camisón de lino y recibiendo la visita de una sola de las monjas, Sor Calpurnia, conocida por sus severos y crueles castigos. Todos los días a las ocho de la mañana entraba en la habitación con un palo, subía el camisón a la endemoniada (como comenzaron a llamarla; de ahí todo lo después) y le daba cien azotes mientras las dos recitaban padrenuestros alternados con Dios te salva María.
El cuarto medía tres metros cuadrados y no entraba apenas la luz natural por un minúsculo ventanuco, así que nadie fue consciente de la gravedad de las heridas en el trasero de mi madre, hasta que la tuvieron que sacar directamente de allí a la enfermería con cuarenta grados de fiebre.
Después de aquello, mis abuelos decidieron sacarla de allí definitivamente.

CONTINUARÁ…



lunes, 14 de mayo de 2018

OTRA VUELTA DE TUERCA Y SU ADAPTACIÓN CINEMATOGRÁFICA.






OTRA VUELTA DE TUERCA (1898)

Henry James (1843, Nueva York-1916, Londres)

Esta es una de esas novelas que he reevisitado varias veces porque siempre encuentro algo nuevo, dibujo nuevas interpretaciones en mi mente, y sobre todo porque sigue fascinándome a pesar de que se han cumplido ya ciento veinte años desde su publicación.

Y es que esta novela de fantasmas, una de las más influyentes en la historia de la literatura en este género e incluso en el cine, pudiera no ser de fantasmas. La gente que la haya leído seguro que me entenderá. Las primera vez que la leí (hace doscientos años por lo menos) sentí terror, las posteriores veces desasosiego o curiosidad, pero, desde luego, siempre inquietud.


Una institutriz, humilde pero con una educación exquisita, se traslada a una casa de campo a cuidar de dos niños aparentemente adorables y que están al cargo de un tío que no quiere saber nada de ellos (al menos eso parece, ya que la condición que exige es que “no quiere ser molestado”). Ella se siente fascinada (o enamorada) por este personaje. Con estas premisas se dirige a la mansión Bly a cuidar de los críos. Flora y Miles, son como ángeles caídos del cielo. Todo es perfecto hasta que comienza a tener visiones de antiguos empleados de la casa: Quint, el criado o ayudante del amo, y la señorita Jessel, la anterior institutriz, ambos fallecidos en extrañas circunstancias y que al parecer tenían una relación amorosa. Ella supone que la malignidad de estos fantasmas es total y que su objetivo es influir en la personalidad de los niños y arrastrarlos hacia un precipicio moral.

Nos encontramos ante una novela en que todo es sugestión, nada se contempla como cierto ya que se deja a la interpretación o intuición del lector.

Y es que hay que destacar que, salvo una pequeña introducción, el libro está escrito en primera persona, es un relato narrado por la propia institutriz que cuidó de los niños; un manuscrito que ha llegado a manos de un hombre que lo lee ante un grupo de conocidos: el relato dentro del relato. En este sentido, los lectores somos como ese conjunto de personas que escucha atentamente. Esta característica hace todavía más difícil la interpretación de los hechos, ya que solo conocemos la versión de la protagonista.

Ella ve fantasmas. Y son malos porque ella nos lo dice. Y nos cuenta que por esa causa tiene que “salvar” a los niños de su influencia, porque a pesar de las apariencias esos niños también ven a los muertos y tienen una relación perversa con ellos que viene del pasado. Por otro lado, la ama de llaves, la señora Grose, es una mujer sencilla que quiere creerla y parece estar muy sugestionada por la propia joven.

La dicotomía está en saber si los fantasmas realmente existen o si solo están en la cabeza de la institutriz. Esto provoca una gran inquietud mientras leemos la historia, y todavía más al final, cuando no salimos de dudas. ¿Hay algo que va mal en la cabeza de la joven mujer? ¿Existen en ella deseos reprimidos por una sociedad puritana que a la menor oportunidad enjuiciaba a las mujeres? ¿Sus visiones son una respuesta de su mente en un intento de querer separar nítidamente el bien del mal, lo puro de lo insano?

No encontraremos respuestas a estas preguntas. Es más, cierto agobio y perturbación llegan a estar muy presentes. Es de destacar las conversaciones de la narradora con el pequeño Miles, que no hacen más que introducir más elementos de confusión a la historia, o la supuesta falsedad o doblez de Flora lo que nos lleva a otras preguntas sin respuesta: ¿son los niños realmente malos, le siguen el juego a su cuidadora, o están “defendiéndose” de una mente enferma?

Esa figura del “niño maligno”, aunque ahora pueda parecernos algo estereotipado o explotado hasta la saciedad sobre todo por las películas del género del terror, en aquella época era algo infrecuente en la literatura y, Henry James, también fue un precursor en eso. 

Para rematar, el final escalofriante fulmina cualquier expectativa que tengamos concebida “a priori”. Cerraremos la historia como más nos convenga o según la hayamos percibido. No es una tarea fácil.



Esta novela ha sido adaptada infinidad de veces en el cine. De todas las que he visto, la película que más me ha impresionado es la injustamente desconocida The innocents de Jack Clayton (1961) o como se tituló en España en todo un alarde de originalidad, Suspense (tócate los…, mariloles, para qué andarnos por las ramas).

La película es una fiel adaptación de la novela corta de Henry James aunque, quizás, un poco más explícita en algunos casos; también contiene situaciones que en el libro no se dan (Truman Capote participó en el guión). Esto lo achaco a que el cine tiene que “mostrar” un lenguaje diferente al de la literatura, dado su carácter visual o sensorial (esa canción infantil que suena una y otra vez y que no augura nada bueno).



La ambientación es exquisita con esa mansión plantada en mitad del campo, perfecta para el juego que nos va a presentar el director. Devorah Kerr hace una interpretación excelente como puritana institutriz. Su cara pasa de la adoración a la perplejidad y al pasmo, del pánico a la perturbación o la locura. Y lo hace admirablemente bien. Los niños también sacan adelante bastante bien unos papeles, que no son nada fáciles dada su complejidad, sobre todo el chico que interpreta a Miles, Martin Stephens, en ese rol de niño-hombre por la forma en que se expresa.

Como muestra de estos aspectos, esta hipnótica escena en la que Miles recita un poema:


Un suspense psicológico en blanco y negro llevado admirablemente a lo largo de la película con esa sugestión y ambigüedad presentes constantemente, igual que en la novela.

Una cinta cuya influencia es evidente en mucho del cine de terror y de fantasmas posterior, como podrían ser las españolas Los otros o El orfanato.

martes, 8 de mayo de 2018

RELATO: DESASTRE.







Tengo un compañero en mi cama. Acabo de descubrirlo al abrir los ojos. Está de espaldas y cuando estoy intentando recordar se da la vuelta: Ya, el de ayer del bar. Suena el teléfono fijo, damos un bote los dos al unísono. Con los ojos muy abiertos, que qué hora es, me pregunta. Revuelvo la ropa, no encuentro el móvil, no lo sé, le digo, pero tengo que ir a trabajar. El teléfono deja de sonar. Yo también, dice, tampoco encuentra su móvil. Removemos las sábanas hasta que no son más que un rebujo en el centro de la cama. Bueno yo me visto de momento. Él hace lo propio. No hay tiempo para duchas.

Su móvil ha aparecido sin batería, pero eso le relaja. Del mío no hay ni rastro, ni tampoco de las llaves de casa, tendré que abandonarla así, casi desnuda. Pero cuando vamos a abrir la puerta, resulta que no podemos, está cerrada con llave por dentro. Pero, ¿qué es esto?, masculla, ¿por qué cerraste la puerta? y tal. Yo creo que no fui yo, si no recordaría la ubicación de las llaves. Y para qué la cerraría yo, argumenta él, no es mi casa, ni sé donde están tus llaves. Hay que llamar a un cerrajero, dice, ni lo sueñes, le comento, me va a costar un pastón. Ya lo pago yo, vale, pues que lo pague él. No tiene batería en el móvil, no puede mirar en internet el número de alguno, pues yo no tengo páginas amarillas, siempre las tiro, ya no sirven para nada. Sí, ya veo. Se me ocurre aporrear la puerta: ¿hay alguien ahí, por favor? ¡Amelia, socorro! Pero ¿qué haces? Para por lo que más quieras, que se van a pensar otra cosa, a ver si llaman a la policía, joder. Pues que vengan, ya les explicamos. ¡Qué no hay tiempo, que hay que salir de aquí! En eso tiene razón, ni cerrajero ni hostias. Bien, le digo, vamos a intentar encontrar las llaves con tranquilidad, sin entrar en histerismos.

Al final aparecen debajo de la cama, vete tú a saber cómo aterrizaron allí. Salimos y apretamos el paso. En el portal nos despedimos con dos besos; bueno hasta luego, sí hasta otra.

Llego al trabajo sin respiración. Y eso que el trayecto es en coche, pero es por los nervios, son las once de la mañana nada más y nada menos. Eli me mira con cara de no entender primero y con picardía después: Tú hueles a… No lo digas por favor, le advierto, no soporto esa frase. Sí, pues a ver si soportas esto, el jefe quiere hablar contigo, me suelta. Dos minutos después de respirar hondo y atusarme el pelo, doy dos toquecitos a la puerta de su despacho. Ah, buenas, dice ¿tenías médico? No, le respondo, un incidente doméstico, pero nada importante. Pues tienes mala cara. La realidad es que no me ha dado tiempo a maquillarme, pienso. Esta es mi cara real, quiero gritar, pero va a ser que no.

Está bien, te quería ver por lo del ascenso, lo que te comenté el otro día, ¿qué me dices? He tenido varias reuniones con los de arriba, y al final se ha decidido que se quiere apostar por una mujer, una mujer joven, ya sabes hoy en día... Ah…, eso. La verdad es que de momento no me interesa, tengo muchos líos fuera del trabajo, no puedo permitirme un trabajo con horas extra y más responsabilidades (es mentira, simplemente no me interesa). ¿Cómo?, ¿de momento? Pero tú no sabes lo que he peleado por ti, que eras la mejor opción, eficiente y con buena presencia. Otros querían a alguien mayor, yo he aludido a tu juventud, a la imagen que se puede ofrecer al exterior. Lo cierto, continúo yo, es que preferiría quedarme en mi puesto, me da tranquilidad, me gusta lo que hago (es mentira otra vez, quiero salir de allí pitando). Me parece increíble, sigue él, que tú como mujer… Ya no le escucho.

No sé cómo, pero al final he conseguido salir de su despacho; tampoco sé como saldré de esta, supongo que suena muy chungo lo de no ambicionar más en el trabajo. Pero ahora no tengo tiempo de pensar, tengo que ir a recoger a la niña, esta semana me toca a mí, y solo faltaría que la tendría esperándome sola a las puertas del colegio. Llego justa pero bien, todavía hay un grupito de niños y padres. Reconozco a mi hija de lejos y sonrío, está hablando con un chico de su edad. Pero de repente algo se tuerce y le pega un empujón. El crío se cae de espaldas y se queda sentado en el suelo. Empieza a hacer pucheritos. Voy corriendo hacía ellos. Pero, ¿qué pasa, cielo?, ¿qué te ha hecho este niño? A mí nada, mama; es a ti, te ha llamado promiscua. Uy, promiscua, ¿cómo ha añadido un niño de ocho años esa palabra a su vocabulario? Todavía está sentado, así que le cojo de la capucha de la sudadera y le zarandeo suavemente mientras le elevo hasta que encuentra su centro de gravedad. Al girar la cabeza, me encuentro con una mujer que me mira con severidad. Su hijo se ha caído, le digo, debería tenerlo más vigilado. Me aparta la mirada y sin decir una sola palabra, coge de la mano al crió y se lo lleva.

Yo hago lo propio con la mía que no deja de mirarme. Te va a dar tortícolis, le aviso. ¿Es promiscua un insulto?, me temía la cuestión. Dudo en la respuesta, ni siquiera lo sé. Dependerá del contexto, supongo, pero eso va a ser difícil de explicárselo a una niña.  ¿A ti que te ha parecido?, le pregunto. A mi me ha parecido que sí, me contesta, por eso le he empujado. Pues entonces has hecho bien, cariño. Dios, espero que no le cuente a su padre estas conversaciones.

¿Te apetece una pizza, cariño? Sí, pero a papá no le gusta que coma esas cosas. Joder con Don Perfecto. Solo hoy, hija, tampoco hace falta que le cuentes todo a papá ¿sabes?

Cuando voy a arrancar el coche me llega un mensaje al móvil. ¿Te miro lo que te ha llegado, mama? ¡¡Noo cariño! Yo, yo lo hago… Es de Pedro, ¿quién es Pedro? Será el de ayer, lo deduzco por el texto: ¿Quieres tomar una copa esta noche? Después podríamos seguir perdiendo cosas… Luego le contesto, aunque tendrá que ser mañana, hoy no puedo. Voy conduciendo y tengo una sonrisa boba en la cara. La niña me lo nota, es más lista de lo que creo. De repente suelta una carcajada: Mamá, acabas de pasarte la pizzería. Vaya día, en que estaré pensando. ¿Quieres que ponga una ensalada para la cena?, me dice ella a mi, sé cocinar, te lo juro. ¿No te importaría?, la miro con ternura, estoy muy muy cansada, cariño…