domingo, 27 de mayo de 2018

CINE: APOCALYPSE NOW


APOCALYPSE NOW (1979)

Francis Ford Coppola (Detroit, 1939)


 

En 1979, y tras tres tumultuosos años desde el comienzo del rodaje, se estrenó en Cannes la que sería la película icónica de la guerra de Vietnam y obra maestra indiscutible de Francis Ford Coppola junto a la trilogía de El Padrino (bueno aquí si hay discusión, mucha gente la tercera entrega no la ve al mismo nivel que las dos primeras, yo tampoco).

Un complejo y tortuoso rodaje que le dio fama mundial al director pero que estuvo plagado de contratiempos y que casi le arruinó. “Mi película no trata sobre Vietnam. Es Vietnam”, diría el director en la rueda de prensa de la presentación de la película. 


Apocalypse Now está basada, de manera muy independiente y adaptada a este escenario bélico en concreto, en la novela de Joseph Conrad El corazón de las tinieblas en la que el escritor describe el tiempo que pasó en el Congo colonizado por Bélgica. También se cuenta que otra de las inspiraciones del director es La odisea de Homero, toma ya. Años antes, Orson Welles había intentado la adaptación de El corazón de las tinieblas sin éxito por falta de presupuesto.

En 2001 Coppola presentó (de nuevo en Cannes), la nueva versión Apocalypse Now: Redux, con material inédito y cincuenta y tres minutos mas de metraje que sería la versión definitiva de la cinta y que, según él, aportaba un nuevo enfoque: “…, es más sexy, mas divertida, más extraña, más romántica, y más intrigante desde el punto de vista político”.

“This is the end, my only friend, the end” (“Este es el fin, mi único amigo, el fin”). Suena esta canción de The Doors, mientras observamos a un devastado, descontrolado y obsesivo Willard (Martin Sheen) peleándose con sus fantasmas en una habitación de hotel de Saigón. Está viviendo en un estado de aislamiento, en una insoportable soledad, los estragos de la guerra, que le hacen llorar, beber y alucinar.



El capitán Willard es arrancado de este estado de semiinconsciencia para encomendarle una terrible misión secreta de inteligencia: tiene que encontrar y matar al coronel Kurtz en Camboya, un militar con un expediente brillante que parece haberse vuelto un loco, y que se ha convertido en un asesino despiadado al mando de un ejercito irregular (es decir mata “sin cumplir órdenes”, aquí ya observamos la doble moral en la guerra).

Willard deberá navegar río arriba en una odisea interminable, en busca de este hombre y acompañado de una tripulación que “son unos críos roqueros con un pie en la tumba”. Mientras en su travesía lee el expediente del hombre al que tiene que liquidar (y que comienza a admirar), nos encontraremos con escenarios que tan solo la guerra y sus horrorosos vericuetos puede albergar: un ejemplo es el destacamento del Teniente Coronel Kilgore, un tarado, surrealista y caprichoso personaje que es capaz de ordenar el bombardeo de un pueblo al son de La cabalgata de las Valkirias de Wagner por el simple hecho de querer hacer surf en su playa. “Me encanta el olor del napalm por la mañana”, dice este indescriptible personaje interpretado por un, impresionante sería poco, Robert Duvall. En esta parte de la película es donde más se pone de manifiesto lo absurdo de la guerra. 



A medida que remontan el río, la inestabilidad emocional de los personajes se hace cada vez más patente, tan solo la coraza de Willard parece indestructible. La película se hace cada vez más sombría. La locura cobra protagonismo.

Llegarán al campamento donde se encuentra el coronel Kurtz, rodeado de cadáveres y fieles acólitos, y su aura de misterio no hace más que aumentar la sensación de zozobra. Kurtz finalmente se mostrará como un hombre atormentado que desea la muerte.

Martin Sheen protagonizó de manera impecable un personaje complejo que en principio no estaba destinado para él: Al Pacino, Robert Redford o Jack Nicholson se negaron a protagonizar la cinta viendo las condiciones de rodaje. El desconocido Sheen se haría cargo de interpretarlo en un momento complicado de su vida, tanto es así, que sufrió un ataque al corazón durante el rodaje y casi muere. Por su parte, Marlon Brando, que interpretó al coronel Kurtz, fue incapaz de aprenderse sus diálogos y en su mayoría están improvisados por él mismo. Se cuenta que hizo casi insoportable a Coppola el tiempo que duró su intervención en la película. (Recordemos que solo sale al final, durante 20-30 minutos aproximadamente). Como anécdota: aparecen unos jovencísimos Harrison Ford y Laurence Fishburne (este último casi irreconocible). 



La película se rodó en su mayoría en la ciudad filipina de Pagsanjan. También en este sentido la película tuvo sus contratiempos, ya que al poco de iniciarse el rodaje comenzó la temporada de lluvias y un tifón acabó con gran parte de los decorados.

Apocalypse Now es un gran filme que nos habla de los efectos desastrosos de la guerra  sobre todo a nivel psicológico, algo que muchas películas ambientadas en Vietnam también intentaron retratar después, con mayor o menor acierto.

Temas como la locura, el deterioro y degeneración del ser humano en estas circunstancias, donde los vínculos emocionales entre las personas parecen no tener cabida, afloran como maldiciones en la historia. Como consecuencia de ello, la soledad en que acaban sumidos sus protagonistas y que se hace evidente en el capitán Willard, que no quiere volver a su país porque allí nadie le espera.

La película es un viaje hipnótico y de pesadilla, de disparate y de demencia. Contradictorio y sin remilgos. Ahonda en las profundidades del alma y más allá, donde pocos suelen llegar. Esa parte oscura y tenebrosa de la que luego es muy difícil salir.

Y al final solo queda el horror, el horror…

TRAILER de la película:


lunes, 14 de mayo de 2018

OTRA VUELTA DE TUERCA Y SU ADAPTACIÓN CINEMATOGRÁFICA.






OTRA VUELTA DE TUERCA (1898)

Henry James (1843, Nueva York-1916, Londres)

Esta es una de esas novelas que he reevisitado varias veces porque siempre encuentro algo nuevo, dibujo nuevas interpretaciones en mi mente, y sobre todo porque sigue fascinándome a pesar de que se han cumplido ya ciento veinte años desde su publicación.

Y es que esta novela de fantasmas, una de las más influyentes en la historia de la literatura en este género e incluso en el cine, pudiera no ser de fantasmas. La gente que la haya leído seguro que me entenderá. Las primera vez que la leí (hace doscientos años por lo menos) sentí terror, las posteriores veces desasosiego o curiosidad, pero, desde luego, siempre inquietud.


Una institutriz, humilde pero con una educación exquisita, se traslada a una casa de campo a cuidar de dos niños aparentemente adorables y que están al cargo de un tío que no quiere saber nada de ellos (al menos eso parece, ya que la condición que exige es que “no quiere ser molestado”). Ella se siente fascinada (o enamorada) por este personaje. Con estas premisas se dirige a la mansión Bly a cuidar de los críos. Flora y Miles, son como ángeles caídos del cielo. Todo es perfecto hasta que comienza a tener visiones de antiguos empleados de la casa: Quint, el criado o ayudante del amo, y la señorita Jessel, la anterior institutriz, ambos fallecidos en extrañas circunstancias y que al parecer tenían una relación amorosa. Ella supone que la malignidad de estos fantasmas es total y que su objetivo es influir en la personalidad de los niños y arrastrarlos hacia un precipicio moral.

Nos encontramos ante una novela en que todo es sugestión, nada se contempla como cierto ya que se deja a la interpretación o intuición del lector.

Y es que hay que destacar que, salvo una pequeña introducción, el libro está escrito en primera persona, es un relato narrado por la propia institutriz que cuidó de los niños; un manuscrito que ha llegado a manos de un hombre que lo lee ante un grupo de conocidos: el relato dentro del relato. En este sentido, los lectores somos como ese conjunto de personas que escucha atentamente. Esta característica hace todavía más difícil la interpretación de los hechos, ya que solo conocemos la versión de la protagonista.

Ella ve fantasmas. Y son malos porque ella nos lo dice. Y nos cuenta que por esa causa tiene que “salvar” a los niños de su influencia, porque a pesar de las apariencias esos niños también ven a los muertos y tienen una relación perversa con ellos que viene del pasado. Por otro lado, la ama de llaves, la señora Grose, es una mujer sencilla que quiere creerla y parece estar muy sugestionada por la propia joven.

La dicotomía está en saber si los fantasmas realmente existen o si solo están en la cabeza de la institutriz. Esto provoca una gran inquietud mientras leemos la historia, y todavía más al final, cuando no salimos de dudas. ¿Hay algo que va mal en la cabeza de la joven mujer? ¿Existen en ella deseos reprimidos por una sociedad puritana que a la menor oportunidad enjuiciaba a las mujeres? ¿Sus visiones son una respuesta de su mente en un intento de querer separar nítidamente el bien del mal, lo puro de lo insano?

No encontraremos respuestas a estas preguntas. Es más, cierto agobio y perturbación llegan a estar muy presentes. Es de destacar las conversaciones de la narradora con el pequeño Miles, que no hacen más que introducir más elementos de confusión a la historia, o la supuesta falsedad o doblez de Flora lo que nos lleva a otras preguntas sin respuesta: ¿son los niños realmente malos, le siguen el juego a su cuidadora, o están “defendiéndose” de una mente enferma?

Esa figura del “niño maligno”, aunque ahora pueda parecernos algo estereotipado o explotado hasta la saciedad sobre todo por las películas del género del terror, en aquella época era algo infrecuente en la literatura y, Henry James, también fue un precursor en eso. 

Para rematar, el final escalofriante fulmina cualquier expectativa que tengamos concebida “a priori”. Cerraremos la historia como más nos convenga o según la hayamos percibido. No es una tarea fácil.



Esta novela ha sido adaptada infinidad de veces en el cine. De todas las que he visto, la película que más me ha impresionado es la injustamente desconocida The innocents de Jack Clayton (1961) o como se tituló en España en todo un alarde de originalidad, Suspense (tócate los…, mariloles, para qué andarnos por las ramas).

La película es una fiel adaptación de la novela corta de Henry James aunque, quizás, un poco más explícita en algunos casos; también contiene situaciones que en el libro no se dan (Truman Capote participó en el guión). Esto lo achaco a que el cine tiene que “mostrar” un lenguaje diferente al de la literatura, dado su carácter visual o sensorial (esa canción infantil que suena una y otra vez y que no augura nada bueno).



La ambientación es exquisita con esa mansión plantada en mitad del campo, perfecta para el juego que nos va a presentar el director. Devorah Kerr hace una interpretación excelente como puritana institutriz. Su cara pasa de la adoración a la perplejidad y al pasmo, del pánico a la perturbación o la locura. Y lo hace admirablemente bien. Los niños también sacan adelante bastante bien unos papeles, que no son nada fáciles dada su complejidad, sobre todo el chico que interpreta a Miles, Martin Stephens, en ese rol de niño-hombre por la forma en que se expresa.

Como muestra de estos aspectos, esta hipnótica escena en la que Miles recita un poema:


Un suspense psicológico en blanco y negro llevado admirablemente a lo largo de la película con esa sugestión y ambigüedad presentes constantemente, igual que en la novela.

Una cinta cuya influencia es evidente en mucho del cine de terror y de fantasmas posterior, como podrían ser las españolas Los otros o El orfanato.

martes, 8 de mayo de 2018

RELATO: DESASTRE.







Tengo un compañero en mi cama. Acabo de descubrirlo al abrir los ojos. Está de espaldas y cuando estoy intentando recordar se da la vuelta: Ya, el de ayer del bar. Suena el teléfono fijo, damos un bote los dos al unísono. Con los ojos muy abiertos, que qué hora es, me pregunta. Revuelvo la ropa, no encuentro el móvil, no lo sé, le digo, pero tengo que ir a trabajar. El teléfono deja de sonar. Yo también, dice, tampoco encuentra su móvil. Removemos las sábanas hasta que no son más que un rebujo en el centro de la cama. Bueno yo me visto de momento. Él hace lo propio. No hay tiempo para duchas.

Su móvil ha aparecido sin batería, pero eso le relaja. Del mío no hay ni rastro, ni tampoco de las llaves de casa, tendré que abandonarla así, casi desnuda. Pero cuando vamos a abrir la puerta, resulta que no podemos, está cerrada con llave por dentro. Pero, ¿qué es esto?, masculla, ¿por qué cerraste la puerta? y tal. Yo creo que no fui yo, si no recordaría la ubicación de las llaves. Y para qué la cerraría yo, argumenta él, no es mi casa, ni sé donde están tus llaves. Hay que llamar a un cerrajero, dice, ni lo sueñes, le comento, me va a costar un pastón. Ya lo pago yo, vale, pues que lo pague él. No tiene batería en el móvil, no puede mirar en internet el número de alguno, pues yo no tengo páginas amarillas, siempre las tiro, ya no sirven para nada. Sí, ya veo. Se me ocurre aporrear la puerta: ¿hay alguien ahí, por favor? ¡Amelia, socorro! Pero ¿qué haces? Para por lo que más quieras, que se van a pensar otra cosa, a ver si llaman a la policía, joder. Pues que vengan, ya les explicamos. ¡Qué no hay tiempo, que hay que salir de aquí! En eso tiene razón, ni cerrajero ni hostias. Bien, le digo, vamos a intentar encontrar las llaves con tranquilidad, sin entrar en histerismos.

Al final aparecen debajo de la cama, vete tú a saber cómo aterrizaron allí. Salimos y apretamos el paso. En el portal nos despedimos con dos besos; bueno hasta luego, sí hasta otra.

Llego al trabajo sin respiración. Y eso que el trayecto es en coche, pero es por los nervios, son las once de la mañana nada más y nada menos. Eli me mira con cara de no entender primero y con picardía después: Tú hueles a… No lo digas por favor, le advierto, no soporto esa frase. Sí, pues a ver si soportas esto, el jefe quiere hablar contigo, me suelta. Dos minutos después de respirar hondo y atusarme el pelo, doy dos toquecitos a la puerta de su despacho. Ah, buenas, dice ¿tenías médico? No, le respondo, un incidente doméstico, pero nada importante. Pues tienes mala cara. La realidad es que no me ha dado tiempo a maquillarme, pienso. Esta es mi cara real, quiero gritar, pero va a ser que no.

Está bien, te quería ver por lo del ascenso, lo que te comenté el otro día, ¿qué me dices? He tenido varias reuniones con los de arriba, y al final se ha decidido que se quiere apostar por una mujer, una mujer joven, ya sabes hoy en día... Ah…, eso. La verdad es que de momento no me interesa, tengo muchos líos fuera del trabajo, no puedo permitirme un trabajo con horas extra y más responsabilidades (es mentira, simplemente no me interesa). ¿Cómo?, ¿de momento? Pero tú no sabes lo que he peleado por ti, que eras la mejor opción, eficiente y con buena presencia. Otros querían a alguien mayor, yo he aludido a tu juventud, a la imagen que se puede ofrecer al exterior. Lo cierto, continúo yo, es que preferiría quedarme en mi puesto, me da tranquilidad, me gusta lo que hago (es mentira otra vez, quiero salir de allí pitando). Me parece increíble, sigue él, que tú como mujer… Ya no le escucho.

No sé cómo, pero al final he conseguido salir de su despacho; tampoco sé como saldré de esta, supongo que suena muy chungo lo de no ambicionar más en el trabajo. Pero ahora no tengo tiempo de pensar, tengo que ir a recoger a la niña, esta semana me toca a mí, y solo faltaría que la tendría esperándome sola a las puertas del colegio. Llego justa pero bien, todavía hay un grupito de niños y padres. Reconozco a mi hija de lejos y sonrío, está hablando con un chico de su edad. Pero de repente algo se tuerce y le pega un empujón. El crío se cae de espaldas y se queda sentado en el suelo. Empieza a hacer pucheritos. Voy corriendo hacía ellos. Pero, ¿qué pasa, cielo?, ¿qué te ha hecho este niño? A mí nada, mama; es a ti, te ha llamado promiscua. Uy, promiscua, ¿cómo ha añadido un niño de ocho años esa palabra a su vocabulario? Todavía está sentado, así que le cojo de la capucha de la sudadera y le zarandeo suavemente mientras le elevo hasta que encuentra su centro de gravedad. Al girar la cabeza, me encuentro con una mujer que me mira con severidad. Su hijo se ha caído, le digo, debería tenerlo más vigilado. Me aparta la mirada y sin decir una sola palabra, coge de la mano al crió y se lo lleva.

Yo hago lo propio con la mía que no deja de mirarme. Te va a dar tortícolis, le aviso. ¿Es promiscua un insulto?, me temía la cuestión. Dudo en la respuesta, ni siquiera lo sé. Dependerá del contexto, supongo, pero eso va a ser difícil de explicárselo a una niña.  ¿A ti que te ha parecido?, le pregunto. A mi me ha parecido que sí, me contesta, por eso le he empujado. Pues entonces has hecho bien, cariño. Dios, espero que no le cuente a su padre estas conversaciones.

¿Te apetece una pizza, cariño? Sí, pero a papá no le gusta que coma esas cosas. Joder con Don Perfecto. Solo hoy, hija, tampoco hace falta que le cuentes todo a papá ¿sabes?

Cuando voy a arrancar el coche me llega un mensaje al móvil. ¿Te miro lo que te ha llegado, mama? ¡¡Noo cariño! Yo, yo lo hago… Es de Pedro, ¿quién es Pedro? Será el de ayer, lo deduzco por el texto: ¿Quieres tomar una copa esta noche? Después podríamos seguir perdiendo cosas… Luego le contesto, aunque tendrá que ser mañana, hoy no puedo. Voy conduciendo y tengo una sonrisa boba en la cara. La niña me lo nota, es más lista de lo que creo. De repente suelta una carcajada: Mamá, acabas de pasarte la pizzería. Vaya día, en que estaré pensando. ¿Quieres que ponga una ensalada para la cena?, me dice ella a mi, sé cocinar, te lo juro. ¿No te importaría?, la miro con ternura, estoy muy muy cansada, cariño…



martes, 1 de mayo de 2018

LIBRO: CUANDO SALE LA RECLUSA.






CUANDO SALE LA RECLUSA (2017)

Fred Vargas (1957, Paris)

Por fin he podido disfrutar de la última novela de mi adorada (sí, adorada) Fred Vargas. Y es que esta escritora se ha convertido en una de mis imprescindibles de novela negra. Fred Vargas, seudónimo de Frédérique Andouin-Rouzeau, era una arqueóloga a la que un día le dio por escribir y todos sus seguidores le damos las gracias por ello. Es creadora de la famosísima serie del comisario Adamsberg que ya la completan doce novelas si mal no recuerdo. Destaco entre ellas tres: Huye rápido, vete lejos; La tercera virgen, una auténtica obra maestra (esto siempre en mi opinión, claro) y la penúltima de la serie Tiempos de hielo.


Leer una novela negra de Vargas es deleitarse con las conversaciones, con los diálogos, y no tanto con la sensación de querer leer páginas y páginas para saber quien es el asesino.

Adamsberg es un ser humano excepcional, adorable, intuitivo (ve más allá de las brumas, intenta convertir las burbujas gaseosas de su cerebro en pensamientos) y sensible, que no sensiblero. Está rodeado por una brigada que la componen casi en su totalidad hombres con la excepción de dos mujeres que son únicas. Es un gusto observar las relaciones entre el comisario y sus agentes, desprovisto de ese compadreo tan masculino y cansino, sin palmaditas en la espalda ni brotes de virilidad. Adamsberg tiene mucho tacto, no es agresivo en sus interrogatorios, y tiene apariencia de despistado. Dentro de los diálogos a veces insulsos, absurdos con un humor e ironía finos, hay mucha profundidad. El comisario tiene el arte de incluir en una conversación sobre la investigación, un apunte acerca de cómo están los mirlos que acaban de nacer en el patio y de los cuales hay que hacerse cargo porque han nacido en el sitio equivocado. Fred Vargas siempre introduce a los animales de una forma deliciosa (y a veces surrealista) en sus novelas, como es el caso de Bola, el gato de la brigada, al que miman como si fuera un bebé.

 “—Cinco; es una gran nidada —comentó Voisenet con cierta gravedad—. El patio está adoquinado. Y la base de los tres árboles está protegida con rejas. No han escogido demasiado bien su sitio los padres. ¿Cómo van a encontrar las lombrices?

—Froissy —dijo Adamsberg sacando un billete de su bolsillo—, hay frambuesas en la tienda de la esquina; vaya usted a buscar unas cuantas. Y añada cake también. Voisenet, búsqueles un cacharro para el agua. No ha llovido desde hace más de diez días. Betancourt, vigile al gato. Noël, Mercadet, quiten las rejas de los árboles. Justin, Lamarre, rieguen el suelo, que se reblandezca. ¿Alguien conoce una tienda de pesca en los alrededores?

—Yo —contestó Kernokian—. A diez minutos en coche.

—Entonces, dese prisa y vaya a comprar lombrices.

—¿Grandes?

—Pequeñas, de las finas.

—Pero, ¿y la reunión? Es a las nueve.

—Le esperaremos.

Mordent miraba la escena, estupefacto. Adamsberg distribuía sus órdenes como en plena investigación de un caso y los agentes obedecían inmediatamente…”

 En esta novela, Adamsberg tiene que regresar de Islandia (donde le dejamos en su anterior aventura en la que se tomó unas vacaciones) acuciado por su brigada para resolver un caso. Sin embargo esta historia secundaria le llevará, casi sin querer, a interesarse por la muerte de tres ancianos a consecuencia de la mordedura de la araña denominada “reclusa”, algo en principio imposible porque las mordeduras de esta araña no son fatales. La trama que parece tener varias ramificaciones y puede parecer compleja y enmarañada como una telaraña (valga la palabra), poco a poco va desenmascarando segundas realidades. Y es que la palabra “reclusa” tiene dos acepciones: la de la araña, y la de las mujeres que vivían recluidas voluntariamente en la Edad Media por vergüenza o por lo que ellas creían una deshonra. ¿Cuál de los dos significados tendrá más peso en la historia?

Venganzas y una encrucijada moral la que Fred Vargas nos propone y le propone al comisario Adamsberg. Las decisiones que tome este singular personaje, serán las que tomaríamos muchos de nosotros seguramente. Porque Jean-Baptiste Adamsberg es, ante todo, un buen hombre.

jueves, 26 de abril de 2018

RELATO: 1, 2, 3...




Ha contado ovejas blancas, ovejas negras y hasta ovejas eléctricas, nada funciona. No hay manera de dormirse, los nervios han dado paso al insomnio y a la desesperación. A su lado, su mujer respira con lentitud; cinco segundos para inhalar, casi diez para exhalar, lo ha cronometrado. Ahora ha empezado a roncar. Esto más que molestarle le entristece, la placidez del durmiente. Es entonces cuando se imagina una escena: se levanta, coge el paquete de pitillos y sale al balcón a fumar uno. En un balcón de la casa de enfrente, apoyada en la barandilla, hay una mujer que también fuma un pitillo. No la había visto nunca.

La mujer sonríe mientras exhala el humo seductora. Femme fatale de novela negra, es lo primero que le viene a la mente. Las más problemáticas, pero también las mejores. Todo esto lo piensa en un segundo. Un cliché demodé, como diría su mujer, y también machista, como diría su hija. Quizás estén en lo cierto, pero a él le gusta. Es una mujer inteligente, se le nota a la legua. Puede entrever su figura curvilínea a pesar del camisón de seda y de los metros que les separan. Van acompasados, meten el pitillo en la boca, sostienen el humo unos segundos y lo expulsan a la vez. Es una sincronía perfecta. Una fantasía maravillosa.

Mira por última vez el reloj. Son las cuatro y veinte. Cada vez está más somnoliento.

Que les den a las ovejas, ya ha encontrado la cuenta perfecta.

Coge el paquete de pitillos y sale al balcón a fumar uno. En un balcón de la casa de enfrente, apoyada en la barandilla, hay una mujer que también fuma un pitillo. No la había visto nunca.

Coge otro paquete de pitillos y sale al balcón a fumar otro. En un balcón de la casa de enfrente, apoyada en la barandilla, hay otra mujer que también fuma un pitillo. No la había visto nunca.

Coge otro paquete de pitillos…


viernes, 20 de abril de 2018

CINE: STANLEY KUBRICK Y SU ODISEA CINEMATOGRÁFICA








2001: UNA ODISEA EN EL ESPACIO (1968)

Stanley Kubrick (1928-1999)



Se cumplen cincuenta años desde que el director Stanley Kubrick revolucionara el cine con 2001: una odisea en el espacio. Película clasificada como de ciencia-ficción y basada en un texto de Arthur C. Clarke, es odiada o venerada sin término medio por gran parte del público que se decide a verla. En mi caso, y con escasos precedentes de este tipo, no sé que decir, hay momentos y escenas que me gustan y otras que no, o simplemente no las entiendo (luego están las personas que te intentan explicar lo que tú no has captado para que se te quede cara de gili, pero eso ya no mola). Teniendo en cuenta que han pasado cinco décadas y que por el carácter visual de la película es más para contemplarla (los diálogos no llegan a los treinta y cinco minutos de los ciento cuarenta que tiene) que para spoilearla, paso a comentar su argumento.


Hablando en términos prácticos la película se puede dividir en cuatro partes: los inicios de la humanidad o como es más conocida: “la parte de los monos”, donde vemos los primeros pasos de los humanos y su evolución de carroñeros a cazadores con el famoso lanzamiento de hueso. Aquí nos encontramos por primera vez con el dichoso monolito; el hueso (en una escena magistral) se convierte en una nave que orbita la tierra miles de años después. Un equipo de investigadores descubre otro monolito en la luna que emite una señal desde algún lugar de Júpiter; en la tercera parte que es mi favorita con la primera, una nave tripulada por dos astronautas herméticos y aparentemente insensibilizados (junto a seis criogenizados) sufre el amotinamiento de la maquina que controla la nave, Hall. Finalmente en la última y más incomprensible o simbólica de las partes, Bowman (superviviente de la nave) entra en contacto con otro monolito en la órbita de Júpiter, en lo que parece un juego de espacio-tiempo. Después de pasar por todas las fases de la vida en una especie de habitación de hotel, vuelve a renacer en otro plano de la existencia en forma de niño-estrella. Ahí queda dicho.


Quizás la parte a destacar en la película (y a descifrar) es el protagonismo de la piedra rectangular (por si no ha quedado claro, el monolito) en la historia y que puede representar la existencia de vida extraterrestre y de su implicación en el progreso de la humanidad. Cada vez que entra en contacto con los monolitos, la especie humana parece sufrir una manipulación en su evolución. Aún así, y siendo una película fría, distante y sobre todo visual, hay escenas emocionantes, escalofriantes, fascinantes y casi poéticas, como las que representan la vida primigenia del ser humano en los quince primeros minutos del film, o la angustiosa desconexión de esa máquina tan “humana” que es Hall. Y, como no, escenas para admirar por su valor casi artístico, como el baile de la estación espacial y esa rueda que gira sin cesar. En este sentido no podemos dejar de mencionar su banda sonora, especialmente los temas clásicos Así habló Zaratustra de Richard Strauss o El Danubio azul de Johann Strauss.



Mención aparte en este épico (y lento) viaje merecen los sobresalientes, innovadores e impensables efectos especiales para la época que ganaron un oscar y que fueron diseñados por el propio Kubrick y supervisados por Douglas Trumbull.  Aquí es donde la película merece el calificativo  de espectáculo en el sentido más amplio del término.


Stanley Kubrick fue un director que tocó muchos géneros y que era muy ambicioso y perfeccionista en sus proyectos. Tardaba varios años en sacar adelante sus películas ya que le gustaba controlar todo el proceso, tanto es así, que su filmografía apenas cuenta con una docena de películas. Yo tengo sensaciones contradictorias con su cine; mis dos favoritas de él, casualmente, son dos que casi venero: ese profundo alegato antibélico  que supone la excelente Senderos de gloria y la superproducción Espartaco, una cinta grandiosa y emocionante que cuenta en época romana, la rebelión de los esclavos al mando del que un día fue gladiador, Espartaco. Curiosamente las dos están protagonizadas por un sublime Kirk Douglas. Hay dos que no me gustan nada: la moderna y fea (en estética) La naranja mecánica y la adaptación literaria del excelente libro de Stephen King El resplandor (y menos doblada). Son dos filmes que mucha gente adora, pero que a mí me cuesta digerir. La chaqueta metálica, Lolita (la adaptación del libro de Navokov) y su último proyecto Eyes wide shut me gustan bastante. El resto de sus películas o no las he visto o no tengo un recuerdo nítido de ellas.


                              



Soy consciente de que soy un poco simplista a la hora de hablar de películas, pero es que yo “no sé” de cine, disfruto con él, simplemente.

TRAILER de la película:


domingo, 15 de abril de 2018

RELATO: VÍRGENES Y DEMONIOS.







Cuando a mi hermana le volvieron las convulsiones, mi madre me miró atónita:

—Dios mío, este cura es un farsante. Quién le habrá dado la autorización para realizar…, pienso mandarle una carta al obispo denunciándole por mala praxis. ¡Y tú qué haces ahí parada! Vete a buscarle…, ¡vamos!

En el momento en que salía de la casa, mi madre sujetaba a Mercedes la cabeza para evitar que se golpeara contra el suelo. Contorsionaba la espalda formando una C perfecta e imposible. Babeaba.

—Es absurdo. —me dijo Don Pedro, el cura, mientras se tomaba una manzanilla salpicada con anís del Mono.— Dos posesiones en menos de un mes no es factible. Ni el innombrable tiene tanto tiempo libre.

—Los síntomas son los mismos padre, por favor, salve a mi hermanita.

Yo por aquel entonces era una sinsorga de mucho cuidado.

—Está bien… Espérame en tu casa. Voy a vestirme y a buscar los utensilios. Pero si es como dices, dile a tu mamá que esto puede deberse a que algo pecaminoso ocurre en esa casa. Las indulgencias ya sabe que se pagan. Una vez extraído el mal, estaría bien que hiciera una donación. Pero bueno, ve anda, ya hablaré yo con ella.

Volví a recorrer el mismo camino pero en sentido inverso. Mi madre había conseguido llevar a Mercedes a la cama y le pasaba un paño húmedo por la cara.

—¿Dónde está el cuervo? —me preguntó.

—Ya viene…, no debería llamarle así madre, usted misma abre la puerta a posibles peligros. Ahora quiere que le pague.

Ella me miró de tal manera que empecé a pensar que el maligno había entrado en su alma pecadora también. Don Pedro la sacó de sus pensamientos impuros cuando entró en casa a regañadientes.

—Adela, a ver, vamos a tranquilizarnos…

—¿Qué es esa historia de que le tengo que pagar?

—No se preocupe de eso en estos momentos. No es un pago, son donaciones, pero ya habrá tiempo para hablar. Comencemos con el procedimiento.

Mi madre le observaba de refilón con mala saña cuando inició por segunda vez el proceso: In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti… Repetimos con él varias frases en latín. “Ahora empezará con el dichoso nombre” me susurró mi madre. “Shh, qué le va a oir, y va a salir otra vez mal, ya verá”. Ella suspiró.

—¡Dime tu nomb…! Esperen necesito el crucifijo. —El cura se puso a rebuscar dentro de la bolsa negra que había traído. Se volvieron a escuchar susurros maternales. Mercedes parecía estar en estado de duermevela en ese momento.

—¡Joder! Perdón…, no encuentro mi crucifico señora Adela, tendremos que construir uno. Si tuviera a bien facilitarme unos cubiertos.

Se fueron los dos a la cocina. Me quedé a solas con Mercedes. Sentía un terror indescriptible. Aún así, saqué fuerzas para mirarla una vez más. Tenía los ojos cerrados. Giró la cabeza hacia donde yo estaba y los abrió de par en par, yo di un bote en la silla y me puse de pie. Fue entonces cuando me guiño un ojo y dentro de mí la estupefacción cobró protagonismo.

El cura apareció por la puerta con dos cuchillos que, atados con una cuerda, formaban una cruz; aquello me resultó del todo siniestro. Mi madre venía tras él arrastrada por la desidia.

—¡Dime tu nombre, demonio! —le gritó Don Pedro a mi hermana mientras alargaba el brazo, cruz en mano. Mercedes se irguió y le escupió en la cara.



Horas después, la misma Mercedes sonreía en la cama mientras me contaba sus propósitos:

—He tenido que inventarme algo. Mamá quería mandarme a ese internado para chicas pobres y no pienso ir, lo tengo muy claro.

Yo la observaba con una mezcla de incredulidad y admiración. Pero también con tristeza por mi inocencia, por tener tan poca malicia para la vida.

—¿De dónde has sacado ese nombre, Barrabás? Al cura le ha parecido raro.

—El otro día la maestra nos leyó un pasaje de la Biblia. Barrabás fue un hombre muy malo, por el mataron a Jesucristo, nuestro señor.

—Ahh…

Yo me quedé pensativa. Mi hermana contemplaba el techo henchida de gozo, orgullosa de sus ocurrencias, con la satisfacción de ser ganadora.

—Tengo miedo Mercedes. —le comenté entonces— Si no te manda a ti al internado, me mandará a mí. ¡No quiero, hermanita!

Se sentó en la cama y me miró con perspicacia.

—No te preocupes, renacuaja, ya ingeniáramos algo.

—Sí, haz algo por favor.



Adela cocinaba unas tristes acelgas para la cena. Eran tres en casa, tres mujeres menudas, una adulta y dos niñas que a pesar de esto, comían como bellacas. No pasaban por una buena racha. Y ahora, teniendo a su hija mayor enferma de malignidad, ya no podía enviarla al colegio interno para niñas sin recursos

No sabía cómo iba a salir adelante. La habían echado del bar donde trabaja como cocinera por haber hablado mal a un cliente que se había propasado. A veces pensaba que todo lo malo que les pasaba era culpa suya, por descarada, por no saber comportarse. Y pensó en la pequeña, aquella criatura timorata e inocente. Sería demasiado para ella mandarla fuera, pero llegado el caso…

Notó que algo se interponía en la luz que se reflejaba en la pared; una sombra había cruzado la puerta en dirección al baño. Fue al  pasillo y miró a la izquierda. Su hija pequeña se encontraba frente al espejo del pasillo, inmóvil, sin expresión alguna en los ojos.

—Hija, ¿qué haces?

No obtuvo respuesta.

—¡Niña!

Nada.

Adela no era propensa a miedos sin fundamento, pero en ese momento sintió un escalofrío. Aun así, se dirigió con paso firme hacia el sitio donde se encontraba su hija. La zarandeó.

—¡Despierta nena! Ahora eres sonámbula o que coño...

La niña pareció reaccionar, giró la cabeza y miró a su madre con expresión beata.

—¡Madre querida! La más bella y dulce de todas. ¡Mi santa madre! He sido testigo de algo excepcional, algo reservado a los espíritus más limpios, más puros.

—Pero…

—Se me ha aparecido… ¡La Virgen Santísima! A mí, a una simple niña pobre e ignorante. Y yo me he postrado ante ella. Y me ha hablado, y han sido las palabras más hermosas que han escuchado estos oídos.

—No puede ser.

—Tenemos que permanecer juntas, mamá. Solo así podremos vencer al maligno. Por eso ha venido, a advertirnos. Aunque no tengamos donde vivir, aunque no tengamos un mísero garbanzo que llevarnos a la boca, aunque la vida quiera jugar con nosotras, tenemos que ser fuertes y valientes. La unión es la única manera de derribar las adversidades. Eso ha dicho.

—Hij…

—Ahora he de volver a la cama, mami. Reflexiona sobre estas palabras. Anda, dame un abrazo.

Observó a la niña mientras se dirigía con porte sereno a su habitación y cerraba la puerta tras de sí. Le pareció escuchar unas risas; pero no, sería el desconcierto que la agitaba por dentro.

Adela se fue a la cocina y se sentó; lloraba, no sabía si de emoción o de desesperación.