CUANDO SALE LA RECLUSA (2017)
Fred Vargas (1957, Paris)
Por fin he podido disfrutar de la última novela de mi adorada (sí,
adorada) Fred Vargas. Y es que esta escritora se ha convertido en una de mis
imprescindibles de novela negra. Fred Vargas, seudónimo de Frédérique
Andouin-Rouzeau, era una arqueóloga a la que un día le dio por escribir y todos
sus seguidores le damos las gracias por ello. Es creadora de la famosísima
serie del comisario Adamsberg que ya la completan doce novelas si mal no
recuerdo. Destaco entre ellas tres: Huye rápido, vete lejos; La
tercera virgen, una auténtica obra maestra (esto siempre en mi opinión,
claro) y la penúltima de la serie Tiempos de hielo.
Leer una novela negra de Vargas es deleitarse con las conversaciones,
con los diálogos, y no tanto con la sensación de querer leer páginas y páginas
para saber quien es el asesino.
Adamsberg es un ser humano excepcional, adorable, intuitivo (ve más allá
de las brumas, intenta convertir las burbujas gaseosas de su cerebro en
pensamientos) y sensible, que no sensiblero. Está rodeado por una brigada que
la componen casi en su totalidad hombres con la excepción de dos mujeres que
son únicas. Es un gusto observar las relaciones entre el comisario y sus
agentes, desprovisto de ese compadreo tan masculino y cansino, sin palmaditas
en la espalda ni brotes de virilidad. Adamsberg tiene mucho tacto, no es
agresivo en sus interrogatorios, y tiene apariencia de despistado. Dentro de
los diálogos a veces insulsos, absurdos con un humor e ironía finos, hay mucha
profundidad. El comisario tiene el arte de incluir en una conversación sobre la
investigación, un apunte acerca de cómo están los mirlos que acaban de nacer en
el patio y de los cuales hay que hacerse cargo porque han nacido en el sitio
equivocado. Fred Vargas siempre introduce a los animales de una forma deliciosa (y
a veces surrealista) en sus novelas, como es el caso de Bola, el gato de
la brigada, al que miman como si fuera un bebé.
“—Cinco; es una gran nidada —comentó Voisenet con cierta gravedad—. El
patio está adoquinado. Y la base de los tres árboles está protegida con rejas.
No han escogido demasiado bien su sitio los padres. ¿Cómo van a encontrar las
lombrices?
—Froissy —dijo Adamsberg sacando un billete de su bolsillo—, hay
frambuesas en la tienda de la esquina; vaya usted a buscar unas cuantas. Y
añada cake también. Voisenet, búsqueles un cacharro para el agua. No ha llovido
desde hace más de diez días. Betancourt, vigile al gato. Noël, Mercadet, quiten
las rejas de los árboles. Justin, Lamarre, rieguen el suelo, que se
reblandezca. ¿Alguien conoce una tienda de pesca en los alrededores?
—Yo —contestó Kernokian—. A diez minutos en coche.
—Entonces, dese prisa y vaya a comprar lombrices.
—¿Grandes?
—Pequeñas, de las finas.
—Pero, ¿y la reunión? Es a las nueve.
—Le esperaremos.
Mordent miraba la escena, estupefacto. Adamsberg distribuía sus órdenes
como en plena investigación de un caso y los agentes obedecían inmediatamente…”
En esta novela, Adamsberg tiene que regresar de Islandia (donde le
dejamos en su anterior aventura en la que se tomó unas vacaciones) acuciado por
su brigada para resolver un caso. Sin embargo esta historia secundaria le
llevará, casi sin querer, a interesarse por la muerte de tres ancianos a
consecuencia de la mordedura de la araña denominada “reclusa”, algo en
principio imposible porque las mordeduras de esta araña no son fatales. La trama
que parece tener varias ramificaciones y puede parecer compleja y enmarañada
como una telaraña (valga la palabra), poco a poco va desenmascarando segundas
realidades. Y es que la palabra “reclusa” tiene dos acepciones: la de la araña,
y la de las mujeres que vivían recluidas voluntariamente en la Edad Media por
vergüenza o por lo que ellas creían una deshonra. ¿Cuál de los dos significados
tendrá más peso en la historia?
Venganzas y una encrucijada moral la que Fred Vargas nos propone y le
propone al comisario Adamsberg. Las decisiones que tome este singular
personaje, serán las que tomaríamos muchos de nosotros seguramente. Porque
Jean-Baptiste Adamsberg es, ante todo, un buen hombre.

















