Mi vida dio un giro radical cuando empecé a hablar con los muertos. Fue
un día gris y lluvioso en el que no tenía grandes cosas que hacer. Recuerdo que
estaba sentado en el sofá sin ningún plan preestablecido, ni pendiente de
llamadas inesperadas, ni mucho menos visitas por sorpresa. El primero que se me
apareció fue un animal, en concreto mi perro Sócrates. No Pluto,
ni Roy, ni Aníbal. No entiendo por qué, tampoco había sido el
último en morir, ni había sido un perro especial en nada. Pero fue él el que
entró por la puerta de la sala con su andar cansino de bulldog inglés, para
sentarse después y posar su mirada de párpados caídos en mi careto. Como
conclusión pensé que la aparición de muertos es más bien aleatoria o sujeta al
azar. Sus primeras palabras no fueron nada consoladoras:
—No esperes nada en el otro lado, todo acaba aquí.
Yo le pregunté sorprendido:
—Y entonces, ¿por qué has venido? ¿Por qué te has hecho visible si ya no
eres nada?
—Yo no he venido, tú eres el que me ves, no te confundas.
El perro se fue por el sitio por donde había venido, no sin antes darse
la vuelta y añadir con pesimismo:
—Solo sé que no sé nada.
Aquello me dejó de piedra. ¿Se me habría ido la pinza?
Afortunadamente aquella deducción que saqué inicialmente era errónea.
Las manifestaciones de los difuntos comenzaron a ser más gratas y agradecidas.
Con lo cual rechacé la teoría del azar para inclinarme por algo más bien
preestablecido por las fuerzas que se sitúan en el más allá. Un día estaba
llorando en la cocina y mi abuela se sentó junto a mí:
—¿Por qué lloras hijo?
—Tengo miedo abuela, ¿la muerte duele?
—Qué va hijo. Simplemente dejas de sentir, y pasas a ser lo mismo que
eras cuando no habías nacido: algo así como una estrella en el cielo.
—¿Y eso del túnel con la luz al final?
—Tonterías. Inventos de algún vivo sin imaginación.
Puse mi cabeza sobre su pecho y me dejé acunar, al igual que cuando era
un niño e iba a comer a su casa cuando mi madre tenía que trabajar. Siempre he
sido muy familiar. Mi abuela tarareó una canción horas y horas…
Mi padre tenía un carácter muy reservado, grave, de esas personas que te
miran de refilón al pasar porque intuyen que has hecho algo malo. Cuando le
intuía cerca siempre pensaba que me iba a llevar alguna colleja o algo, pero
incomprensiblemente, a pesar de su dureza y rigidez, nunca me pegó.
A él me lo encontré sentado en el sofá mirando la televisión apagada. La
muerte no parecía haberle cambiado su expresión, que seguía siendo ruda y
taciturna:
—Papá me alegro de verte; nunca tuvimos una conversación de más de
cuatro palabras.
—Bueno, tampoco es que yo haya cambiado mucho.
—Ya veo.
—¿Qué tal tu madre?
—Igual. Igual de mal ¿no la ves?
—No, solo te veo a ti. Mejor dicho: tú me ves a mí. —Otra vez las mismas
palabras, igual que el perro.
Pasó un tiempo; pudieron ser minutos u horas. Luego habló de nuevo:
—Algo me dice que esa conversación va a tener que esperar. No me salen
las palabras. Quizás en otro momento.
—Solo una cosa papá, ¿se sufre ahí… dónde estás?
Y entonces me miró con un especial cariño por primera vez en su vida,
quiero decir… en su muerte.
—El sufrimiento es solo una percepción de nuestra mente, hijo, de
nuestra consciencia. La muerte es la última etapa de la vida, cuando todo deja
de ocurrir…
Lo cierto es que nunca me había encontrado mejor en toda mi larga
existencia. Yo, que soy un ser solitario, me sentía muy acompañado con estas
conversaciones que nunca acababan en un punto y final. Mi madre estaba
muriéndose por aquel entonces y con su partida no me quedaba nadie cercano. No
me había casado, ni había tenido hijos. Mi mejor amigo, Manuel, había muerto también de forma prematura en un
accidente de tráfico. La muerte, que me había acompañado a lo largo de mi vida
en su versión más cruel, ahora parecía resarcirme de todo el dolor sufrido.
Fue toda una alegría cuando encontré a Manuel jugando solo al fútbol en
un terreno abandonado del pueblo.
—¡Manuel! Qué gusto me da verte…—Intenté abrazarle, pero algo me lo
impidió.
—¡Eusebio! Quién me lo iba a decir.
Estuvimos jugando toda la tarde, fue uno de los días más felices de mi
vida. Al anochecer, cuando Manuel se despidió, me di la vuelta casi sin
resuello por el ejercicio. Estaba tan excitado que no me percaté de la escena
hasta que levanté la cabeza y vi a un grupito de gente compuesto por niños y
adultos que me miraban estupefactos.
—¿Estás bien, Eusebio? Los niños nos han avisado de que andabas gritando
solo con un balón…
—Oh, no os preocupéis, estaba haciendo un poco de deporte.
Aquel revuelo que se montó por mi causa me molestó, más que preocuparme.
Nunca se habían interesado en mi vida y cuando parecía que me había trastornado
venían los muy morbosos… A partir de aquel día tuve más cuidado con los vivos a
la hora de hablar con mis muertos. Tendría que encontrar el espacio y el
momento adecuados.
Cuando murió mi madre, casi fue un consuelo. Llevaba en coma mucho
tiempo, y tenía ganas de verla otra vez en su plenitud. Al principio tuve
miedo, ¿y si no se me aparecía? En el cementerio me quedé solo observando su
nicho, mientras dos ancianas chismorreaban detrás de mí. A esas alturas ya se
había corrido el rumor de que estaba zumbado. Cuando vieron que todo permanecía
inalterable, se fueron cogidas del brazo.
Me marché a la playa, el zumbido del viento golpeaba mis oídos, las olas
se acercaban y removían la arena, yo también lo hacía con mi zapato intentado
destapar algún recuerdo: quizás el de una mujer que se acerca a la orilla con
un vestido corto de verano; lleva un niño de la mano. Juegan a querer y no querer
tocar el agua…, está muy fría. Sonríen nerviosos. Corren, tropiezan y caen en
la arena rotos de la risa…
Una figura femenina se acercó a mí. Era inconfundible: el pelo rubio
suelto, andar desgarbado, arrugas incipientes, sonrisa confortante. Por fin, un
suspiro infinito.
Volví a llorar de nuevo, pero esta vez era de emoción, de gratitud.