MIGUEL
Hace poco más de un año
tenía un amigo que se llamaba Miguel. Era fuerte y valiente, no se amedrentaba
con nada. Yo, al contrario, soy enclenque y tímido. Tan distintos como un
elefante y un pavo, hacíamos buenas migas. No pocas veces me sacó de un buen
apuro. Eran tiempos difíciles para un chico poco curtido como yo.
A sus doce años, era un
chico más alto de lo normal. Las niñas siempre comentaban lo guapo que les
parecía, a pesar de que no se atrevían a acercarse a él; estaban intimidadas
por la fama de su familia. Yo no sabía muy bien cuál era esa fama, solo sé que
a veces íbamos a su casa destartalada situada a las afueras del pueblo, y que
su madre, una mujer muy rígida y muy seria, le mandaba a hacer las compras sin
dinero. Miguel siempre le decía al tendero, "póngalo en la cuenta", y
este le miraba con severidad, pero mi amigo sabía aguantarle la mirada, y al
final volvía a casa con todo lo que su madre le había escrito en un trozo de
papel higiénico. Su padre estaba sin empleo y solía estar viendo la tele con
una lata de cerveza. A veces le acompañábamos, pero él nunca decía nada.
Cuando venía a mi casa a
jugar conmigo y a cenar, era la viva imagen de la felicidad. Y eso que mis
padres le hacían quitarse los zapatos y los calcetines, y le ponían unas
pantuflas de mi abuelo muerto. En invierno también le dejaban su bata. Yo le
miraba y no podíamos aguantar la risa, parecía un niño viejo. Cuando nos
sentábamos a la mesa se ponía muy serio y rezaba un padrenuestro antes de empezar
a comer. Mis padres, que se disponían a servir, le miraban anonadados, y con
una punzada de vergüenza le imitaban y rezaban también. Yo murmuraba algo con
la cabeza gacha porque no me sabía ninguna oración de memoria. Después con una
solemnidad inusitada en él, Miguel partía el pan en cuatro trozos. El más
grande se lo daba a mi padre.
La contención de la risa
era un problema para nosotros. Sobre todo en sitios prohibidos como la iglesia.
Siempre había una excusa perfecta para reírse: las mujeres cantando como
sopranos, la vieja Angelines entrando con su pata de palo en mitad de la eucaristía...,
lo intentábamos, no te rías, no puedes, no te rías, y al final explotábamos.
Nos habían echado ya como cuatro veces.
Me solía contar que de
mayor iba a sacar a su familia de la pobreza y todas esas cosas, pero cuando yo
le preguntaba cómo pensaba hacerlo, se quedaba ensimismado y después comentaba
que ya se le ocurriría algo. Era un buen muchacho Miguel.
Un día no apareció por el
colegio. Y al día siguiente tampoco. Don Antonio, el maestro, me preguntó a mí
por él, ya que era el único amigo que tenía, pero no supe qué contestarle. Una
semana después, su ausencia me pareció demasiado y fui a su casa. Su madre me
dijo que de momento Miguel no volvería a la escuela, tenía otras cosas que hacer.
Le pregunté qué cosas, pero liquidó el asunto con un portazo. Empecé a estar
preocupado y se lo comenté a mis padres. Me dijeron que eran cosas de familia.
Muchas tardes hacía
guardia enfrente de su casa, así que un día le vi de lejos; fue la única vez.
Estaba muy cambiado. Había adelgazado muchísimo y tenía la cara demacrada. Le
llamé y se dio la vuelta, pero al verme se fue corriendo. Yo no entendía nada.
Otras veces veía a señores entrar en su casa, muy elegantes, como de la alta
sociedad. Conducían coches muy caros. La madre de Miguel les atendía en el
porche sonriendo y les hacía entrar dentro. Una hora después salían.
Según supe, su madre
también liquidó todas las cuentas que tenía en las tiendas. Se compró unos vestidos
muy bonitos, e incluso un pequeño coche para desplazarse.
En el pueblo empezaron las
murmuraciones. En mi casa también. Un día sorprendí a mis padres hablando en la
cocina. Sabía que se trataba de Miguel:
—¿No crees que deberíamos
hacer algo? —decía mi madre.
—Sí, deberíamos .—Y así se
quedaron, mirándose.
Pasaron las semanas y
nadie hizo nada. Tampoco la policía.
Al poco tiempo Miguel
murió. No se supo de qué o cómo. Sacaron su cuerpo en un ataúd y se hizo un
funeral muy discreto. Su madre berreaba y parecía una perturbada. Al padre no
se le vio por ningún sitio ese día. Al cabo de una semana le encontraron
ahorcado de un árbol y le enterraron al lado de su hijo.
Poco después mis padres me
mandaron internado a la ciudad. No volvimos a hablar del tema.
Ahora estoy solo, sentado
en una cama a oscuras en una habitación muy fría. Suelo pensar en mi amigo y en
las ganas que tenía de ser mayor y ayudar a sus padres. Siempre me pregunto por
qué nadie le ayudó a él.
Cada día miro a las caras de los muchachos que estudian
conmigo en busca de otro Miguel, pero no lo encuentro.
Triste relato Ziortza que refleja bien esas cosas que ocurren durante la infancia que uno no es capaz de explicar por su corta edad, pero que dejan huella, a veces demasiado profunda, como en este caso. Enhorabuena y un abrazo
ResponderEliminarMuchas gracias por tus palabras Eva. Hay cosas que nunca deberían ocurrir, y menos en la infancia. Como bien dices el protagonista es un niño y no sabe explicar bien lo que sucede, aunque intuye cosas. Los adultos, sin embargo, son bien conscientes. Eso es lo que he querido mostrar.
Eliminar¡Un abrazo!
Hola Ziortza, te felicito por tu entrada!. Has sacado un tema que tristemente está de actualidad. por desgracia vivimos en una sociedad en la que pesa más el miedo a entrometerse en la vida de los demás que actuar en un caso de explotación infantil, violencia de género o cualquier forma de maltrato.
ResponderEliminarMuchas gracias Norte. Es un tema tristemente de actualidad, pero me da la sensación que siempre ha existido. Y lo peor es que la sociedad no ha mejorado en ese sentido. Es más cómodo mirar para otro lado.
ResponderEliminar¡Un abrazo!
Puff... Ziortza me has dejado muerto. Una historia de las que se te agarra al pecho después de leerla, de esas que sabes que te acompañará durante días. Ahora tengo a mi hijo de ocho años al lado, viendo Star Trek conmigo y... bueno. Narración magnífica, Ziortza y un relato durísimo en el fondo pero que has manejado con maestría en la forma. Un abrazo!
ResponderEliminarMuchas gracias David. Cuando se trata de un relato duro intento no contar la crudeza de forma directa, sino de una manera por decirlo sutil, pero sin quitar un ápice de realidad. Me agrada que hayas visto eso.
Eliminar¡Un abrazo!
Hola Ziortza, el relato es fantástico, narrado desde la ignorancia de la niñez, pero aun cuando uno desconoce muchas cosas puede intuir otras. Es un tema duro, pero más común de lo que quisiéramos.
ResponderEliminarUn abrazo.
Muchas gracias Gildardo por tus palabras y por pasarte por mi blog. Efectivamente el que lo narre un niño, hace que nos sintamos un poco incomodos, porque él no sabe a ciencia cierta lo que pasa, pero nosotros sí. Y desde luego, es un tema demasiado común.
EliminarUn abrazo.
Ziortza, qué agradable que es leer un texto tuyo. Mira, tienes un estilo propio, un modo de narrar que se distingue de cualquier otro. Logras introducir con facilidad al que te lee, en la historia, en los sentimientos que pones en juego en lo que cuentas, y eso no es muy común. Sabes, con trazos claros, delinear las características esenciales de tus personajes. En este relato el protagonismo de Miguel aparece contrastando su figura con los personajes adultos secundarios, para resaltar las dos miradas sobre un suceso trágico. Una historia, como muchas, en las que las víctimas son los chicos, y cuanto más chicos peor. Un excelente trabajo literario que pone en cuestión los comportamientos que tenemos las personas reales en nuestra vida cotidiana. Me has conmovido compañera, de veras.
ResponderEliminarUn gran abrazo.
Ariel
Hola Ariel. Me emocionan siempre tus comentarios y las palabras que me dedicas. Eres muy amable. Además haces una análisis tan certero del relato que me dejas sin saber qué decir. En esta historia, como dices, es trágico lo que le sucede al chico, y es dramático la forma de actuar de los adultos. Me encanta que te haya llegado y te haya conmovido. A mi también me pasa con tus hermosos textos.
EliminarUn abrazo muy fuerte.
En nuestras vidas Miguel hay sólo uno pero hay millones de Migueles en este mundo que, súper poblado como está, parece ser la cuna de la soledad donde tantos seres son invisibles a los ojos de la indiferencia.
ResponderEliminarMuy buen post.
Muchas gracias por tu comentario y tu visita Egle. La indiferencia es una de las peores lacras de esta sociedad, y si encima las víctimas de esa indiferencia son los niños, es que hay muchas cosas que no funcionan.
EliminarUn abrazo.