domingo, 20 de mayo de 2018

RELATO: LAS AVENTURAS DE MARTINA


 Martina es un personaje muy especial, con una vida peculiar. Con estas primeras vivencias de su vida os lo doy a conocer. Aparecerá de vez en cuando, cuando así lo reclame, de manera discontinua en el blog.



Dicen que cuando nací expulsé una llamarada de fuego por la boca antes de comenzar a berrear. Una especie de luz infernal que chamuscó ligeramente los cuatro pelos de la matrona que tuvo a bien asistir a mi madre en el parto.
Ya sé que suena a fantasía barata salida de la boca de una vieja con pocas luces, pero he de decir que aquello me marcó la existencia durante bastantes años. La dragoncita endemoniada me decían de niña.
Esta leyenda, por llamarla de alguna manera, difícil de creer si hubiera tenido lugar en el seno de otro tipo de familia, en la mía fue acogida como la maldición que todos esperaban que recayera sobre mi madre, mujer liberada y libertina, envidiada y deseada en secreto por mujeres y hombres o viceversa, bella hasta decir basta, y perversa a su manera. Ya de pequeña apuntaba maneras; enemiga de la moderación y por tanto tendente a los excesos, era una seguidora acérrima y precoz de Epicuro de Samos a pesar de que sus oídos nunca escucharon nada acerca de escuelas filosóficas atenienses. Su búsqueda, sin pausas, de la vida feliz por medio de los placeres terrenales hacían de ella un ser especial, o cuanto menos, inaudito. Por poner un ejemplo: Un domingo, con tan solo cuatro años de edad, se escapó de la iglesia harta y aburrida de los sermones del cura. Se organizaron batidas para encontrarla durante todo el día. Cuando mis abuelos ya la dieron por perdida y se temía lo peor—incluso hubo varios señalados y un acusado, casi sentenciado y juzgado en el transcurso de dos horas— la encontraron ya al atardecer, sentada sobre las bragas y comiendo moras silvestres en el bosque contiguo al pueblo. Mi abuela, que ya intuía algo, la llevó a que confesara sus pecados, pero ella quiso dejar claro que su único error había sido comer demasiado y empacharse, que en lo sucesivo se guardaría de ser tan glotona. Imagínense a mi pobre abuela santiguándose, apurada y de rodillas junto a su pequeño diablo. El cura, don Alfonso, abochornado e intentando salvar la situación aludió a que, dentro del desastre, mi madre era conocedora de los siete pecados capitales, y que la gula no volvería a ser un problema para ella; qué equivocado estaba.
Apostando por la buena fe, la internaron en un colegio de monjas, que en aquel pueblo eran pequeños correccionales para mujercitas que se desviaban del camino correcto. Aunque, todo hay que decirlo, muchas de las que entraron supuestamente derechas, se torcieron en el transcurso de su estancia entre esas cuatro paredes, monjas incluidas. No en vano, mi madre aprendió a maquillarse gracias a una de las hermanas más jóvenes y con menos prejuicios, la famosa sor Clemencia. Y digo famosa, porque fue etiquetada en la familia como la precursora de todos los dislates de mi madre.
—Anda Martina, vete a comprarme la crema hidratante y la base de maquillaje. Si sobra, te compras un pintalabios, pero algo discreto por favor te lo pido, no vayamos a despertar rumores.
—Pero, ¿usted cree que Dios nos castigará por pintarnos la cara, hermana Clemencia? —Mi madre siempre fue muy directa para todo.
—Que quieres que te diga, hija. En el Antiguo Testamento, que es el que yo he leído, no se dice nada de eso, pero bueno, aquí hay unas normas y tenemos que respetarlas. Por lo menos tenemos que tratar de no transgredirlas demasiado, por si acaso.
Está de sobra decir que Clemencia no duró ni dos años en el convento. Y no porque la echasen, que motivos no faltaban según la mentalidad de la institución (“neocristiana”, según Clemencia) sino porque en una visita de unos familiares a una alumna, se quedó prendada del hermano de la misma. Una mirada furtiva y acto seguido estallaron fuegos artificiales. No es que el muchacho fuera un bellezón, ni tampoco la familia era de posibles, pero la lívido de la pobre monja, con veinte años y unas curvas imposibles de disimular debajo del hábito y que amenazaban con bambolearse en cualquier momento, estaba en la estratosfera. Se quitó el hábito en cinco minutos y en veinte ya había cruzado la frontera de la mano de su babeante y estupefacto enamorado con dirección a París.
Fue un escándalo en su momento y mi madre lloró lo indecible ante la mancha repentina de su maestra y mentora. Es cuando sus padres, mis abuelos, se percataron de la especial relación que tenían ambas. Después de aquello, mentar a Clemencia en mi familia era como invocar al mismísimo demonio. Eso sí, era un buen asidero al que agarrarse en los momentos más difíciles de la educación de Martina. “Si no hubiese sido por aquella monja del infierno que se  cruzó en su camino…”
La pobre Martina se quedó sola en el convento con once años de edad y la pubertad a punto de florecer.  Aparte de la peculiar amistad que la unió durante un tiempo a Clemencia, no tenía más amigas dentro, nunca gustó a las niñas ni a sus madres, que prevenían a sus hijas de los males que podría atraer y sobre todo de la reputación que podría acarrear semejante amistad. Se replegó sobre si misma, se volvió una niña triste y poco habladora. Incluso hubo algún momento que se llegó a pensar que había sido iluminada por la fe y que su alma estaba aquejada de las dudas típicas que se afrontan al dejar aparte el mundo terrenal para embarcarse en el espiritual. Pero aquello duró poco tiempo; mi madre no había venido a este mundo para que su cerebro cavilase o divagara en exceso. Ni tampoco para sufrir o pasar  grandes calamidades, y lo quiso dejar patente en todos y cada uno de sus actos. En pocos meses volvió a estallar el escándalo.
Gertru era una niña de una beatitud extraordinaria, un dechado de virtudes digno de mención en los discursos de las hermanas sobre comportamiento ejemplar y buenas maneras. Patrón a seguir por todas las discípulas, su fotografía lucía destacada en los anuarios que había en cada una de las clases. Gertru era inteligente, pero poco agraciada; estirada, pero ligeramente asimétrica; repipi y por lo tanto, insulsa. Todas estas características no le pasaron desapercibidas a Martina que, siempre sumida en un mundo paralelo al de los demás, no entendía muy bien esa predilección de las monjas por tal espécimen. Tuvieron que pasar muchos años para que mi madre entendiera bien muchas de las cosas que pasan en la vida. Solo en ese momento, asumió como era la realidad y supo como actuar: la metió en un baúl junto con los malos recuerdos y lo tiró todo al mar del olvido. Solo así pudo seguir viviendo a su manera.
Es curioso como ciertas mujeres pueden convertirse en enemigas por el asunto más insustancial. Algunos “expertos” argumentan que la naturaleza nos ha dotado en grado mayor que a los hombres de un rasgo mortífero, dañino y poco útil: la envidia. Esta cualidad, que muchas veces la calificamos como “sana” para limpiar nuestras conciencias, nunca es así, ya que siempre conlleva la necesidad de hacer daño, o por lo menos de deseos poco satisfactorios para el ser envidiado. Se preguntarán quién fue la envidiada en esta historia: Gertru o Martina. Han acertado.
No es que mi madre fuera tonta, ni por asomo, simplemente no tenía la capacidad para desarrollar su potencial en un mundo que al principio de su vida no comprendía. No fue educada para ello. Y sin embargo era rebelde y no aceptaba las cosas porque sí. Si juntábamos todo obteníamos un totum revolutum bastante curioso cuyo resultado era Martina.
Un día lluvioso de invierno, un grupo de jóvenes peregrinos tocó a las puertas del convento. Se habían extraviado en su viaje a Santiago y estaban hambrientos y empapados. Las monjas fueron reacias a acogerles en un primer momento ya que, al fin y al cabo, se trataba de hombres y aquella era una institución femenina que debía evitar ese tipo de amalgamas para evitar incidentes y sobre todo para guardar las formas. Pero alguna alumna lumbrera y alborotada que ya se había hecho una idea del panorama, aludió a los Evangelios (Mateo 25:35, Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis) y las pobres hermanas, mirándose unas a otras, no tuvieron elección e invitaron a los zagales a pernoctar en el corral junto a los animales.
En el comedor fueron cenando a turnos, primero los hombres y después las mujeres. Pero cuando el último grupo de chicos estaba por salir para ir al sitio de hacer noche, alguna hermana se despistó, y un terremoto encabezado por Martina y compuesto por diez mujercitas entró por la puerta. La hermosura de mi madre no pasó desapercibida entre las hormonas revoltosas y apremiantes y hubo silbidos, aplausos e incluso vítores a su paso. Mi madre tuvo a bien sonreír y muy altanera pasó de largo por el paseíllo que le habían hecho los mozos, y se sentó en su lugar de siempre. El resto de chicas fueron pasando, ya con menos fortuna y caras más serias, e incluso algún que otro enfurruñamiento y mirada insidiosa hacia mi madre. Pero el verdadero cataclismo llegó cuando le llegó el turno a Gertru que, pestañeando sin parar y con cara de haba, hizo el recorrido como las otras. Se hizo un tenso silencio que fue seguido de alguna risa burlona. Entonces un chico, un poco envalentonado por la situación dijo algo así como:
—Joder vaya bicho, de dónde ha salido…
Su frase fue fulminada por una ristra de carcajadas, que comenzaron los compañeros del valiente, poco después se les unió Martina, y ya más tímidamente, algunas alumnas.
Gertru que no sabía donde meterse y roja de la vergüenza, comenzó a llorar mientras todo esto sucedía. Las monjas intentaron poner paz a aquel escándalo y tuvieron que amenazar a los chicos con echarles si no paraban con aquel circo que estaban montando. Las compañeras de la ofendida, a las que no se les escapaba ni una, tuvieron a tiro el vengarse del palmeo que mi madre y no ellas había recibido poniéndola al frente de la conjura:
—La culpa la ha tenido Martina —dijo Mercedes, una de las veteranas y por lo tanto con más recursos para hacer daño.
—¿Yo? —contestó mi madre mirándola de refilón.
—Sí tú, has mirado a ese gañan —dijo señalando a un muchacho con ojos de besugo y cara de poco espabilado. —Cuando has pasado por su lado le has guiñado un ojo, soliviantando al gallinero.
—A ese mequetrefe, ¿por quién me tomas? —observó mi madre intentado arreglar la situación.
—¡Bueno, basta de insultos! —intercedió sor Clarisa. —Ahora mismo que estos jóvenes cojan sus cosas y a la corraliza.
Los jóvenes pensando que aquello les podía acarrear una noche a la intemperie, recogieron sus hatillos y petates y sin hacer el más mínimo ruido salieron del comedor.
—Bueno y ahora, me vais a decir que es lo que está pasando aquí. —La voz de sor Clarisa sonaba grave, ceremoniosa y retumbaba en la estancia como un eco premonitorio.
—No ha pasado nada hermana. —comenzó mi madre—Solo que cuando ha pasado la cacatúa, un chico la ha insultado. —dijo señalando a Gertru.
Aquellos imberbes causantes de todo aquel barullo, no fueron conscientes en ningún momento de las consecuencias que acarrearía su breve pero intensa estancia en el colegio. Mientras ellos se alejaban por los caminos inescrutables de Dios, lejos ya el temporal de lluvia pero no la tormenta colegial, Martina era enviada al cuarto negro de los silencios tras una ajetreada noche de insultos y reproches entre las alumnas, capones y collejas por parte de las monjas a las mismas y reprimendas de la Madre Superiora a todas por no haber sido avisada de la visita masculina.
Al final intentando simplificar la situación y sopesando que castigo o lección le iba a ser menos escandaloso al centro, optaron por lo fácil: acusar a mi madre de despertar la ira entre las chicas y de ser la tergiversadora de todo aquel asunto.
Cuando todo esto se puso en conocimiento de mis abuelos, se santiguaron una vez más e incidieron en la necesidad de correccionales hacia su hija, dando vía libre a las santas hermanas.
Martina estuvo siete días con sus siete noches a pan y agua, durmiendo en un suelo sin colchón con un camisón de lino y recibiendo la visita de una sola de las monjas, Sor Calpurnia, conocida por sus severos y crueles castigos. Todos los días a las ocho de la mañana entraba en la habitación con un palo, subía el camisón a la endemoniada (como comenzaron a llamarla; de ahí todo lo después) y le daba cien azotes mientras las dos recitaban padrenuestros alternados con Dios te salva María.
El cuarto medía tres metros cuadrados y no entraba apenas la luz natural por un minúsculo ventanuco, así que nadie fue consciente de la gravedad de las heridas en el trasero de mi madre, hasta que la tuvieron que sacar directamente de allí a la enfermería con cuarenta grados de fiebre.
Después de aquello, mis abuelos decidieron sacarla de allí definitivamente.

CONTINUARÁ…



31 comentarios:

  1. ¡Hola Ziortza!

    Empezando por el final, diría eso "de a Dios rogando y con el mazo (palo) dando , ja,ja,ja, vaya como se las gastaba Sor Calpurnia, bello nombre ;-)

    Bueno y volviendo al comienzo, ha sido un gusto literario conocer a Marina y este universo tan particular que has recreado. La verdad que el mundo eclesiástico, mezclado con los impulsos sexuales da mucho juego y tú has sabido extraer con humor e ironía muchos matices que se puedan dar en este contexto tan particular.

    Bueno, y con gusto esperaremos nuevas aventuras de personajes tan peculiares. Un placer haberte leido. Un beso y enhorabuena por tu creatividad.

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    1. ¡Hola Miguel!
      Cuando pensaba en el nombre de las monjas, siempre me venían ese tipo de nombres, no sé porqué será..., además me he dado cuenta de que sin querer todas empiezan por "c".
      Martina ha tenido una entrada en el mundo en general un poco particular "con la iglesia ha topado", jeje. Lo cierto es que tienes razón, da mucho juego.
      En todo caso, ha salido de allí, a ver que le depara el destino (ni yo lo sé de momento, jeje).
      Un besazo, compi.

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  2. ¡Menudo ajetreo la vida de Martina, y eso que aún es solo una niña! :D Sin duda llegará a ser una mujer de armas tomar, tanto como para dar a luz a una chica-dragón.

    Me encanta tu historia, Ziortza, salpicada de anécdotas y curiosos episodios que nos sacan una sonrisa y nos hacen sentir simpatía por la alborotadora nata que has concebido en tu imaginación. Espero con ganas más aventuras; estoy segura de que van a convertirse en otro gran aliciente de tu blog. ¡Enhorabuena!

    ¡¡Besos a montones y feliz comienzo de semana!!

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    1. ¡Hola Julia! Es lo que tenía ser una mujer con carácter en otra época, jaja.
      Muchas gracias por tus palabras, guapa, espero que Martina siga teniendo ese desparpajo y siga causando esas pequeñas "revoluciones" casi sin querer. Me alegro de que te haya gustado el personaje.
      Un besazo y ¡feliz semana para ti también!

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  3. ¡Hola, Ziortza! Este personaje de Martina desde luego promete dar mucho juego. Locuaz, desenfadada, divertida, sin pelos en la lengua y dotada de una belleza que es la envidia del lugar.
    Tu dominio del lenguaje, unido a una gran imaginación te hace inimitable.
    Un fuerte abrazo, escritora ;)

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    1. ¡Muchas gracias Lola!, eres muy generosa con tus palabas, de verdad. Me alegra que te guste el personaje y le hayas descrito tan bien en una frase, desde luego es así (yo no sería capaz, jaja).
      Es un placer siempre que te pases por mi blog, querida.
      Un abrazo fortísimo.

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  4. Vaya con Martina, es de las que no deja para nada indiferente. Me ha dado rabia que se hace cierto eso que siempre nos achacan a las mujeres y es esa envidia y mal hacer que se dice que tenemos las mujeres con las mujeres, yo no creo que sea una característica femenina sino algo que algunas y también algunos hacen.
    Estas aventuras prometen.
    Besos

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    1. ¡Gracias Conxita! Desde luego yo tampoco creo que haya un gen en concreto que haga a las mujeres más envidiosas (y menos hoy en día), pero si creo que hubo otra época en que a las mujeres se les hacía creer eso y por circunstancias, acababa por ser verdad en algunos casos. En el relato se alude a una historia que siempre ha estado ahí, sea cierta o no.
      Espero que en sucesivas entregas, se cumplan las expectativas con Martina, jeje.
      Gracias por tu comentario y un besazo, guapa.

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  5. No es solo la envidia hacia Martina, es la serendipia que desprendía. Ser buena, ser correcta dentro de lo correcto, con cierta rebeldía para con la situación de todas. Debería de haber habido un bien común. O yo lo veo así , estaban todas en la misma situación o en parte, pero lo curioso es que no hace falta mucho para encontrarse esas situaciones. Muy bien planteado además de que logra transmitir el primer mensaje. Un gran saludo! Oye

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    1. ¡Gracias Keren! Desde luego no es un lugar para pasarlo bien y menos en otras épocas. Quizás, hoy en día, si que se hubieran unido para lograr hacerse escuchar, pero antes la represión era más fuerte, quizás por eso se daban estas situaciones.
      Muchas gracias por tu enriquecedor comentario.
      Un fuerte abrazo.

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  6. Una historia que promete ser aparte de entretenida por todo lo que acontece en la vida de Martina, sin duda será según avance la historia, aprendizajes y experiencias que seguramente, ojalá, harán de esa niña tan peculiar, una mujer fuerte, valiente.

    Encuentro en el relato aspectos significativos que hacen pensar, sobre la dañina envidia, tratos crueles y otros sinsentidos con los que se "juega" inconscientemente la mayoría de veces en muchos hogares y fuera de ellos.

    Has sabido muy bien adentrarte en todos esos entresijos que forjan la personalidad de unos seres que de leyenda o no, los conviertes en reales gracias a tu creatividad.
    Un placer leerte, Ziortza.

    ¡Un fuerte abrazo!

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    1. ¡Hola Mila! Todavía no sé que va a pasar con Martina, jeje, pero desde luego que va a ser una mujer fuerte está claro, porque todo lo indica.
      He tratado de hacer un relato ameno de esta parte de la historia, pero sí que es cierto que hay aspectos muy dañinos en la narración que, desafortunadamente, en una institución como aquella se solían dar, y seguro que también en muchos lugares hoy en día.
      Muchas gracias, Mila, por tus cariñosas palabras, eres siempre muy amable.
      Un besazo, guapísima.

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  7. Bueno,bueno Martina la llevaron al sitio más idóneo para convertirse en una rebelde sin causa, ya, ya la veo venir. El mundo correccional, jeje, lo que yo te digo alli o te pegan el hábito o te despegas para vivir el mundo real. Espero a ver esa niña que le pasa fuera... un beso Ziortza.

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    1. ¡Hola Eme! Creo que en este caso el despegue va a ser total, no me imagino a Martina de monja, jeje. Espero que viva experiencias más enriquecedoras.
      Un besazo, guapísima, y gracias por pasarte por aquí.

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  8. Una historia que promete, y es que ese ambiente religioso y familiar estricto seguramente propiciará toda clase de desventuras. De momento, has sembrado la semilla de la curiosidad.
    Un abrazo.

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    1. ¡Hola Josep! Muchas gracias por tus palabras, espero que en próximas entregas te siga interesando la vida de este personaje. (Aunque todavía no sé ni por asomo qué va a ser de ella, jeje).
      Un abrazo muy fuerte.

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  9. ¡Encantada de conocerte, Martina! Bueno, espera, que con las vivencias tormentosas del convento, no sé yo si ella estará tan encantada y feliz...
    Me ha gustado mucho el tono de la historia y que nos hayas presentado a un personaje que va a tener continuidad en el blog.
    A ver qué le depara el futuro a Martina :)
    Un besazo.

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    1. ¡Muchas gracias Sofía! Bueno de momento no ha comenzado bien su historia, esperemos que fuera de esa institución le vaya mejor.
      Me alegro de que te haya gustado, guapa y espero que sus futuras peripecias también lo hagan.
      Un besote.

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  10. Aupa Ziortza! Me encanta esta presentación que haces de Martina. Un personaje muy interesante y que preveo dará mucho juego.
    Algún pasaje me ha recordado a la historia de sor Isabel, la monja que protagoniza "Jesús de Nazaré" un relato que publiqué hace mucho en el blog.
    Deseando seguir conociendo a Martina y lo que ocurre después de abandonar el convento.
    Un abrazo.

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    1. Aupa Andoni! Me alegra que te pases por mi blog y que hayas conocido a Martina, creo que a esta mujer le puede pasar cualquier cosa, con estos precedentes, jeje.
      Me has dejado con la intriga de tu relato Jesús de Nazaré, en cuanto pueda me paso a echarle un ojo.
      ¡Un abrazo muy fuerte!

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  11. Aupa Ziortza! Me encanta esta presentación que haces de Martina. Un personaje muy interesante y que preveo dará mucho juego.
    Algún pasaje me ha recordado a la historia de sor Isabel, la monja que protagoniza "Jesús de Nazaré" un relato que publiqué hace mucho en el blog.
    Deseando seguir conociendo a Martina y lo que ocurre después de abandonar el convento.
    Un abrazo.

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  12. Estupenda presentación de personaje, cuyas andanzas nos narra con gracia su hija. Una acertada ambientación y unos nombres muy conseguidos. En realidad, siempre se envidia a los más cercanos y un convento es un lugar cerrado en el que es inevitable ese juego de roles y conflictos por marcar territorio.
    Unos estupendos andamios que, quién sabe, pueden terminar en novela a juzgar por la idea de profundizar en el personaje. De aquí a un tiempo ¡a ver qué caminos toma!
    Un abrazo!

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    1. ¡Gracias David! No sé por qué, pero últimamente tengo tendencia a ambientar los relatos en el pasado, situaciones que yo no he vivido, pero que de alguna manera me vienen a la cabeza.
      Bueno de momento se quedan en unas simples (o complejas, según se mire, jeje) aventuras, todavía no sé que dará de sí el personaje.
      Un fuerte abrazo.

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  13. un relato lindo me he quedado con ganas de mas
    abrazos desde Miami

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    1. Muchas gracias por tu atención Recomenzar, me alegra que te haya gustado el relato.
      ¡Muchos abrazos hasta Miami!

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  14. Toda una declaración de intenciones la de Martina, un personaje lleno de matices y aristas que seguramente nos dará muchas alegrías.
    Buen fin de semana!

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    1. ¡Muchas gracias Norte! Me alegra que hayas visto esos matices, desde luego compleja es sin duda alguna, jaja.
      Un fuerte abrazo.

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  15. ¡Hola Ziortza!

    Curioso y entrañable personaje Martina, me he leído el relato de un tirón y ya estoy deseando volver a leer nuevas aventuras de Martina. Es un relato muy ameno.

    Siempre es un placer leerte aunque no siempre comente.

    Un saludo

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    1. Muchas gracias J., me alegra que te haya resultado tan ameno. Y siempre resulta una alegría que te pases por mi blog.
      Muchas gracias por tus amables palabras.
      Mil abrazos.

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  16. Hola guapa! Qué buena la introducción de Martina. La pobre, desde pequeña ya se ha visto salpicada de la envidia, que como dices, es malvada en cualquiera de sus expresiones, y de la excesiva educación religiosa.
    Estaré esperando a ver cómo sigue la vida de este personaje tan carismático!!
    Besitos preciosa!!! :*

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    1. ¡Muchas gracias María! Espero que, aunque su vida no se haya iniciado con las alegrías que la infancia debería deparar, el futuro le traiga agradables sorpresas, ya veremos, jaja.

      Gracias por tus cariñosas palabras, guapísima.

      Besazos mil.

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